1992

La Transición española orbita en torno a dos fechas. La primera, y más obvia, es 1978. Los antiguos griegos daban el mismo nombre al régimen que a la Constitución que lo rige, politeía, de ahí que el 78 se haya convertido en la referencia obligada. Nuestra norma fundamental fue la culminación formal de la que habría de derivarse toda nuestra arquitectura institucional tras años de dictadura.

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 Aquel año nos convenció a los españoles de que, además de vivir en paz, podíamos ser felices  

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Aquel año nos convenció a los españoles de que, además de vivir en paz, podíamos ser felices

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Diego S. Garrocho

La Transición española orbita en torno a dos fechas. La primera, y más obvia, es 1978. Los antiguos griegos daban el mismo nombre al régimen que a la Constitución que lo rige, politeía, de ahí que el 78 se haya convertido en la referencia obligada. Nuestra norma fundamental fue la culminación formal de la que habría de derivarse toda nuestra arquitectura institucional tras años de dictadura.

Pero hay otra fecha con un valor más simbólico que jurídico: 1992. La Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron la gran celebración de la España contemporánea, la constatación de que queríamos y sabíamos ser un país moderno. El 78 nos demostró que podíamos vivir en paz, pero el 92 nos convenció de que, además, podíamos ser felices. La España guapa, desarrollista y próspera sedujo al mundo entero en el año en el que conmemorábamos los 500 años de la llegada de Colón a América o de la publicación de la gramática de Nebrija. La historia no paraba de hacernos guiños y algunos se emborracharon de optimismo hasta que la crisis del 93 encendió las luces.

Pero los signos perduran incluso cuando la realidad se rompe. Aunque después se impusiera una recesión económica, el 92 mantuvo su influencia como premisa simbólica. De todos los iconos e infraestructuras que marcarían el tiempo nuevo, el AVE fue la bandera que habría de representar aquella España: un medio de transporte rápido, limpio, llamado a impugnar la diferencia entre el Norte y el Sur. Aquellos trenes brillantes nos emparentaban con Europa y nos permitieron ejercer como ejemplo, y no solo como copia, de aquello que admirábamos.

El accidente de Adamuz es una tragedia en la que debe primar, por encima de todo, el cuidado y la memoria de las víctimas y sus familias. Cuanto se haga o se diga debe partir de ahí. También la rendición de cuentas y la debida transparencia en las explicaciones. Pero esta catástrofe ferroviaria, a su vez, adquiere una dimensión civil porque podría certificar el fin de un sueño: el de una nación que fue capaz de conjurarse para vivir un tiempo nuevo y mejor.

Cada vez hay más evidencias de que el 78 requiere una actualización. Necesitaremos una ambiciosa agenda reformista que nos libre de los Bárcenas, los Correas, los Cerdanes o los Ábalos. Pero también es necesario el surgimiento de una nueva élite capaz de crear signos y condiciones tangibles que devuelvan la esperanza a una ciudadanía cada vez más fatigada. Este accidente, además de una tragedia, puede ser el final de muchas cosas.

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