Desde el avance de Washington hacia el control del petróleo hasta el nuevo orden mundial que está creando la carrera por la IA

Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer  

Si algo ha dejado claro Donald Trump es que la política exterior estadounidense se orienta sobre todo a asegurar el suministro de energía y minerales estratégicos. Aquí entra en juego Venezuela, que concentra las mayores reservas probadas del planeta. Si Washington consolida su influencia sobre la producción regional -el 35 % del total mundial, frente al 31 % de Oriente Próximo— tendría una fuerza inédita para influir en los precios globales del barril y en su comercio, reforzando el uso como herramienta de poder del petróleo. La misma lógica se aplica a minerales críticos. Groenlandia posee 39 de 50 minerales considerados estratégicos por EEUU, esenciales tanto para tecnologías verdes, como para chips y armamento. Más allá del discurso proteccionista de Trump, la ofensiva en Venezuela y las amenazas a Groenlandia revelan una maniobra geopolítica clásica: usar sanciones, bloqueos e incautaciones para desplazar a competidores estratégicos.

El interés de Donald Trump por el petróleo venezolano y minerales críticos de Groenlandia asoma como síntoma de una transformación estructural de la economía mundial: lejos de desmaterializarse, el capitalismo es cada vez más dependiente de la extracción intensiva de recursos naturales. Según datos de la ONU, las extracciones globales alcanzaron en 2024 los 106.000 millones de toneladas anuales. La extracción per cápita ha pasado de 23 en 1970 a 39 kilos diarios, y ya representa el 20% del comercio global . Esta voracidad persiste con la IA y los centros de datos, que consumen cantidades masivas de energía y agua. En este contexto, China lleva dos décadas ejecutando una estrategia sistemática de control de los recursos del subsuelo a escala global a través de inversiones estatales, préstamos y el dominio del refinado -en tierras raras concentra 90 % de la capacidad global-, lo que convierte a los minerales en una palanca geopolítica de Pekín.

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Según expone el escritor Nick Srnicek en Silicon Empires: The Fight for the Future of AI (Polity Prses), la actual disputa geopolítica en torno a la inteligencia artificial apunta a un mundo digital fragmentado en grandes «pilas» tecnológicas hemisféricas, lideradas por Estados Unidos y China. Ambos países ya avanzan hacia un desacoplamiento selectivo, como muestra el proyecto chino Delete A, ideado para expulsar tecnología estadounidense de sus cadenas de suministro, así como las restricciones de Washington contra Huawei y los modelos de IA chinos. Srnicek dice que Europa, para no quedarse fuera de este «nuevo orden» mundial, debe reaccionar rápido mediante enormes inversiones públicas y privadas para asegurar su autonomía en esta nueva tecnología.

Tras la ratificación del acuerdo con Mercosur, todo apunta a que la Unión Europea (UE) intenta reactivar su política de libre comercio en un contexto cada vez más adverso. El impulso dado por Alemania al acuerdo con India ilustra esta estrategia: tras dos años de recesión y estancamiento, Berlín busca nuevos mercados y ve en la potencia demográfica india una salida clave. Aunque las negociaciones se iniciaron en 2007 e intensificaron desde 2022, siguen bloqueadas por desacuerdos técnicos y la dureza de Nueva Delhi. Aun así, Bruselas acelera para cerrar el pacto, en un momento en que el retorno del proteccionismo de Trump y la ofensiva comercial china obligan a Europa a diversificar alianzas, incluso rebajando exigencias agrícolas o ambientales. El avance con Indonesia muestran un cambio de etapa tras años de parálisis: la Comisión asume que, pese a las críticas internas, los acuerdos comerciales son un elemento central para frenar su pérdida de peso comercial.

Irán atraviesa una oleada de protestas que se originaron por el colapso del contrato económico entre el régimen y la sociedad. Lo que comenzó a finales de diciembre como manifestaciones dispersas en provincias empobrecidas se ha transformado en un movimiento nacional. El deterioro del nivel de vida es el detonante central: inflación persistente, caída acelerada del rial, escasez de alimentos, electricidad y agua, y un empobrecimiento estructural que ha desplazado a unos 15 millones de iraníes de la clase media a la clase trabajadora en apenas 15 años. Hoy, cerca del 30% de ellos vive en la pobreza, mientras los comerciantes acaparan bienes ante una moneda que se deprecia casi a diario. A todo esto se le suma la reactivación de presión de EEUU, que ha vuelto a estrangular las exportaciones de petróleo y el acceso de Irán a sus ingresos en divisas, limitando la capacidad del régimen para subsidiar bienes básicos y contener el malestar social.

Japón vive una paradoja creciente: rechaza cada vez más a los extranjeros justo cuando más los necesita. El envejecimiento extremo y la caída demográfica (alrededor del 30% de los japoneses tienen más de 65 años y la población pasará de 125 a unos 87 millones de habitantes en 2070) amenazan su economía y su sistema de bienestar. Aun así, el discurso político se ha endurecido. Partidos populistas como Sanseito y sectores del gobernante PLD han impulsado una narrativa de «Japón primero», culpando a migrantes, turistas e inversores extranjeros de problemas sociales y culturales. Se proponen impuestos al turismo (según análisis oficiales, la nación asiática recibió alrededor de unos 40,2 millones de turistas extranjeros en 2025, marcando un nuevo récord=, límites a la compra de propiedades y mayores restricciones migratorias. Los residentes extranjeros son unos 3,7 millones, apenas el 3% de la población, muy por debajo del promedio de la OCDE (15%).

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