Cientos de miembros del IS huyen de las cárceles de Siria aprovechando el caos que provoca la guerra, que amenaza con desestabilizar a Turquía e Irak Leer Cientos de miembros del IS huyen de las cárceles de Siria aprovechando el caos que provoca la guerra, que amenaza con desestabilizar a Turquía e Irak Leer
Walat Afrin lleva peleando contra el Estado Islámico (IS) desde 2011. Dice que participó en muchas de las grandes confrontaciones bélicas que se libraron durante años en estos mismos territorios hasta la derrota del grupo extremista en 2019: Kobani, Manbij, Tel Abyad o Ras el Ain. A sus 49 años, el miembro de las Unidades de Defensa del Pueblo (YPG) kurdas no puede esconder su indignación. Señalando a las inmundicias que se prodigan en el colegio en el que ha sido acogido junto a su familia, el antiguo combatiente afirma elevando el tono: «¡Mire cómo hemos terminado!».
«¡Los americanos (EEUU) nos han traicionado! ¡(Donald) Trump nos ha vendido! ¿Para qué perdimos tantos miles peleando contra el IS?», agrega con el mismo tono amargo.
La familia kurda es una de las casi 600 -varios miles de personas- que han recalado en las últimas jornadas en la ciudad de Derik, en el este de Siria, escapando de la guerra abierta en la que ha derivado la pugna entre el ejército de Siria y las fuerzas kurdas que controlaban lo que se llamó Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria, que ha quedado reducida en escasas jornadas a dos bolsones aislados.
Como el resto del antiguo territorio controlado por las fuerzas kurdas, Derik, una localidad de unos 40.000 habitantes -ubicada no lejos de la frontera con el Kurdistán iraquí- se encontraba sumida en el caos.
Decenas de camionetas de sirios desplazados intentaban instalarse en colegios y habitáculos vacíos. Se les reconoce fácilmente porque llevan sus enseres cubiertos con lonas plásticas de color blanco, adornadas con el emblema de Naciones Unidas.
«Hemos tenido que habilitar 16 colegios y cinco salas para recibirlos», explicó Wafa Ali, una vecina de la población que dirigía a un grupo de voluntarios establecido a toda prisa para lidiar con la creciente crisis humanitaria.
Por enésima vez, Siria vuelve a describirse en términos trágicos. Gente que huye de la guerra y otros que se preparan para ella.
Al caer la noche, grupos de jóvenes armados con kalashnikov comenzaron a patrullar las calles. Se les veía agrupados en torno a pequeñas hogueras o conduciendo con aparatosas ametralladoras antiáereas a los largo de lo que aquí llaman la Corniche, la cercana Avenida del Bazar o la conocida Iglesia siriaca de Mar Shamone.
Al lado del templo, un árbol de Navidad continuaba iluminado como testimonio de la significativa presencia cristiana en esta localidad.
Todos los recién llegados expresaban su enorme aprehensión por estar viviendo una recreación de lúgubres jornadas que creían archivadas en el pasado.
Especialmente, cuando se conoció que un significativo número de presos del Estado Islámico (IS) había conseguido huir de al menos una de las prisiones controladas por los uniformados kurdos y otros muchos de sus familiares habían hecho lo mismo en el conocido campo de Al Hol, sito en la provincia de Al Hasaka.
A media tarde, la directora de este último recinto, Jihan Hinan, admitía en una conversación telefónica que tanto sus acólitos como los guardias de seguridad habían huido del enclave.
«Han quemado y saqueado las instalaciones administrativas. Hemos tenido que huir», precisó la responsable del lugar, que alberga a decenas de miles de familiares de miembros del ISIS, incluidos muchos menores que durante años han sido instruidos en el ideario radical de esa formación.
La suerte de los miles de presos del IS encarcelados en Siria se ha convertido en un arma arrojadiza entre Damasco y las llamadas Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), la alianza controlada por los kurdos y dirigida por Mazloum Abdi.
Fuentes del HTS admitieron la huida de un amplio número de allegados y militantes de esa agrupación de la cárcel de Al Shaddadi y el complejo de Al Hol pero acusaron a las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) -el nombre de la coalición dirigida por los kurdos- de haber abandonado el control de esos recintos, facilitando la huida.
El ministro del Interior sirio estimó que habían escapado 120 militantes del IS de Al Shaddadi pero dijo que al menos 80 habían sido recapturados.
Por su parte, los kurdos reconocieron su retirada de Al Hol y la achacaron a la «indiferencia internacional hacia la cuestión de la organización terrorista ISIS» y su «fracaso.. a la hora de asumir sus responsabilidades para abordar este grave asunto».
El FDS también indicó que los militares leales al presidente Ahmed al Sharaa habían atacado Al Shaddadi y también la penitenciaría de Al Aqtaan.
Un experto iraquí en la nebulosa extremista, Raed Ahmed, estimó que el FDS regentaba una docena de prisiones en las tres provincias que controlaba en el este del país -Raqqa, Hasaka y Deir Ezzor- donde vigilaba a más de 9.000 ex combatientes del IS.
«El contingente más importante, unos 4.000, había sido trasladado recientemente a la prisión de Ghweiran», comentó.
Según su opinión, hasta ahora el IS tan sólo disponía de una reducida presencia en Siria en las regiones desérticas próximas a Deir Ezzor, Homs y Sweida, y su número no excedía «unos pocos cientos de militantes».
Pero también recordó que en 2013, la huida de tan sólo medio millar de presos fundamentalistas de la cárcel de Abu Greib en Irak fue la antesala para el retorno de este movimiento y su subsiguiete expansión en ese país y Siria hasta ocupar un territorio de dimensiones similares a Gran Bretaña.
«Es evidente que EEUU determina los objetivos que pueden alcanzar las fuerzas del Gobierno. Al perder el control de Al Hol, las FDS ya no son prácticamente aliadas de EEUU y el Gobierno (de Ahmed al Sharaa) es ahora su único socio. Las FDS han perdido su influencia sobre las prisiones del IS y EEUU ya no les necesita», agregó.
La escalada de violencia entre el ejército sirio y las Fuerzas Democráticas Sirias amenaza con desestabilizar también a naciones vecinas como Turquía e Irak, después de que miles de kurdos se manifestaran en las últimas horas en favor los miembros de su comunidad y anunciaran que pretenden cruzar las fronteras para unirse a ellos.
Ciudades del norte de Irak como Duhok, Suleimaniya, Zakho o Kirkuk asistieron durante la noche del lunes al martes a significativas concentraciones donde la población kurda exigió a las autoridades autonómicas del Kurdistán iraquí (KRG) que abrieran las fronteras, mientras que numerosos grupos se dirigían de forma individual hacia la linde para cruzar incluso sin permiso.
Cientos de sirios se congregarnos a lo largo del camino que une el paso que comunica el Kurdistán iraquí y el espacio que todavía dominan las FDS para recibir con banderas kurdas y aplausos a los «voluntarios» que comenzaron a llegar a ese enclave durante la jornada.
Personajes como el carpintero Haji Muslim Baki, de 40 años, que se presentó en el paso de Semalka a media mañana junto a una docena de jóvenes para ser acogido por gritos de alegría de niños y féminas congregadas en ese lugar.
Muchos agitaban banderas kurdas y gritaban consignas como «¡Larga vida a la revolución de Rojava! (el nombre que dan al territorio del este de siria)!».
«Nuestra gente está siendo asesinada y no podía quedarme en Erbil (el Kurdistán iraquí) sin hacer nada. Vengo a pelear», manifestó el kurdo.
Al menos uno de los grupos armados kurdos instalados en el territorio de la KRG, el Ejército de la Libertad del Kurdistán de Irán (PAK), liderado por Hussein Yazdanpanah, anunció que está «negociando» para unirse a las fuerzas del FDS.
El propio Yazdanpanah, un veterano líder kurdo que no esconde sus aspiraciones para establecer un estado independiente de esa comunidad dividida por las fronteras de tres países, arremetió contra EEUU a la que acusó de aliarse con Sharaa y «cambiar sus valores morales por intereses».
Una declaración especialmente significativa ya que los uniformados del PAK fueron entrenados y armados por Washington durante los combates que se libraron en Irak y Siria para acabar con la égida del Estado Islámico (ISIS).
Murat Karayilan, un alto cargo del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK) -cuyo fundador Abdullah Ocalan permanece en una cárcel turca desde 1999- también indicó que pese a que sus milicianos habían aceptado desarmarse y disolverse el año pasado no «abandonarán» a los kurdos sirios.
«Cueste lo que cueste, nunca los dejaremos solos. Nosotros, todo el pueblo kurdo y el movimiento, haremos lo que sea necesario», señaló en declaraciones a la agencia Afp.
Karayilan, como ya había dicho Ocalan horas antes, opinó que la presente crisis pone en peligro la continuidad de las negociaciones entre Ankara y su formación armada para poner fin a una historia de antagonismo que se remonta a la década de los 70 y 80 del siglo pasado.
«Este ataque también tiene como objetivo destruir el proceso. Deja sin sentido ese proceso», indicó el dirigente, instalado en las montañas del norte de Irak.
Miles de kurdos de Turquía -que representan casi un 20% de la población de ese país- se unieron también a las movilizaciones en favor de lo que ellos llaman Rojava -el este de Siria- con el apoyo de partidos como el DEM, la tercera formación del Parlamento turco. Esta agrupación convocó nuevas protestas para la jornada del martes en la villa de Nusaybin, justo enfrente de la localidad siria de Qamichli, el principal enclave bajo control kurdo.
En Derik, los huidos se apelotonaban ante los visitantes a la hora de relatar las terribles vivencias. Hablan de carreteras donde se multiplican los cadáveres tirados en las cunetas. De ejecuciones sumarias, robos y golpizas.
Son legión los que suman desplazamiento tras desplazamiento. «Esta es la cuarta ocasión en la que tenemos que escapar de la guerra en los últimos ocho años. Estamos cansados», precisó Sultana Kama, de 44 años, originaria de Afrin.
Sarbas Murad tuvo que viajar durante tres días para llegar desde Mansura -al oeste de Raqqa- hasta Derik. Cuando avanzaba junto a un convoy de 50 vehículos en las cercanías de Hasaka, sus vehículos fueron alcanzados por otro cargado de uniformados leales al gobierno de Damasco.
«Nos pararon y comenzaron a sacar violentamente a la gente de los coches. Éramos civiles pero también había combatientes kurdos. A cuatro chicas que iban con el uniforme las ejecutaron allí mismo. Los cadáveres quedaron tirados a un lado de la carretera. Hicieron lo mismo con otros 15 jóvenes», relata el kurdo de 41 años.
Dice que el salvó la vida porque uno de los militantes se compadeció cuando le dijo que tenía hijos. «Me dejó marchar, pero ya me tenían tirado en el suelo», puntualiza.
«Odian a los kurdos. Muchos se reían y nos decían ‘¿dónde están ahora los americanos (EEUU)? ¡Trump está con nosotros!’. Una vez más, los kurdos hemos sido traicionados», sentenció Sharmin Alush, de 40 años.
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