Fatiga de país

El Gobierno puede intentar convencernos de que todo se hace bien en la gestión de los trenes en España: el mantenimiento de las vías ha sido perfecto; el tren siniestrado acababa de pasar la revisión; las conversaciones grabadas entre el maquinista y Atocha reflejan una corrección extraordinaria. Pero lo cierto es que un tren descarriló, que otro chocó con él sin que Adif se diera cuenta y que 45 personas murieron. Y lo cierto es que otro tren chocó con un muro y otra persona murió. Todo se hizo bien todo el rato, nos dicen. ¿Entonces nada falló? ¿Todo fue una fatalidad?

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 Si todo funcionó bien y nada falló, entonces es que están saltando las costuras  

Columna

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Si todo funcionó bien y nada falló, entonces es que están saltando las costuras

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Berna González Harbour

El Gobierno puede intentar convencernos de que todo se hace bien en la gestión de los trenes en España: el mantenimiento de las vías ha sido perfecto; el tren siniestrado acababa de pasar la revisión; las conversaciones grabadas entre el maquinista y Atocha reflejan una corrección extraordinaria. Pero lo cierto es que un tren descarriló, que otro chocó con él sin que Adif se diera cuenta y que 45 personas murieron. Y lo cierto es que otro tren chocó con un muro y otra persona murió. Todo se hizo bien todo el rato, nos dicen. ¿Entonces nada falló? ¿Todo fue una fatalidad?

Eso no existe. Los accidentes se pueden evitar con la suficiente prevención y los técnicos y jueces dirimirán qué falló. Pero la sensación de quienes amamos, admiramos y sufragamos este país con nuestros impuestos es que nos enfrentamos a una fatiga de materiales, de los materiales más inmateriales que nos unen, una fatiga de país.

Durante décadas pudimos estar orgullosos de una sanidad pública, unos servicios e infraestructuras y una calidad de vida en las ciudades que nos colocaron por encima de grandes países vecinos a los que solemos envidiar. Hoy, esa sanidad se deteriora a marchas forzadas. Muchas carreteras renquean. El apagón también desnudó nuestra fragilidad. Las grandes ciudades ya no son para sus ciudadanos. Y el servicio ferroviario está a todas luces desbordado. Tres compañías compiten y circulan por donde antes solo iba una, que también ha multiplicado sus viajes. Las estaciones no dan de sí. Los transportes parecen estar al borde del colapso desde la pandemia. Y el gasto en mantenimiento no ha crecido al ritmo en que han crecido los viajeros. Celebramos que estamos a punto de llegar a los 100 millones de turistas, pero las costuras estallan.

En los primeros días tras el accidente ha funcionado la contención en las reacciones, huir de las mentiras que aireó el PP en la dana del Ventorro y de los bulos que circularon por las redes-cloacas. Esta vez es diferente. Aquí son los maquinistas y profesionales los que nos están hablando: no hay suficiente mantenimiento ni suficiente seguridad. Hay vibraciones, baches, incidencias. Si tienen razón y estos accidentes están relacionados con ello, o bien las exigencias de mantenimiento no han sido suficientes o los materiales utilizados no han aguantado o debemos cuestionarnos esa sobreexplotación.

Los técnicos hablarán. Pero los ciudadanos también hablamos, sentimos, pensamos. Y una inmensa fatiga de país empieza a brotar cuando apenas aún seguíamos celebrando la modernidad de nuestra democracia y nuestra vitalidad. Estas son ciertas. Pero la necesidad de repensar España, también.

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