Trump agrieta a la derecha dura europea con sus injerencias territoriales

Amenazas como la invasión de Groenlandia rompen el alineamiento de los partidos ‘patrióticos’ europeos con la Administración estadounidense Leer Amenazas como la invasión de Groenlandia rompen el alineamiento de los partidos ‘patrióticos’ europeos con la Administración estadounidense Leer  

Los países europeos, y en especial los miembros de la OTAN, se han visto fuertemente sacudidos por la pretensión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tomar posesión «por las buenas o por las malas» de Groenlandia, la gigantesca isla del Ártico que es un territorio autónomo del Reino de Dinamarca. En las últimas jornadas, Davos ha sido el escenario donde se han acelerado las negociaciones en busca de un «marco para un futuro acuerdo», como anunció el inquilino de la Casa Blanca, que aún ofrece más dudas que certezas.

El asunto ha provocado que los partidos de la derecha dura europea, tan alineados con la Administración Trump en otros frentes, hayan expresado en su mayoría su rechazo a una aspiración que atenta contra un principio básico como el de la soberanía territorial. Voces como la de la francesa Le Pen han sido muy contundentes; en cambio, formaciones como Vox se han puesto de perfil.

Días después de que Donald Trump ensalzara, a finales del año pasado, la labor de «los partidos patrióticos europeos» ante la «decadencia» del Viejo Continente, la líder de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, decidió plantarse y decir las cosas claras al amigo americano: «La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, poder o continente».

Y, más recientemente, mientras el presidente galo Emmanuel Macron escribía en las redes que «el pueblo venezolano sólo puede regocijarse» por la caída de Nicolás Maduro, la líder histórica de Agrupación Nacional (RN) recalcaba el principio «inviolable y sagrado» de la soberanía y marcaba de paso el camino a otros líderes europeos de su misma cuerda, para sorpresa del común de los votantes. «Él es muy de Estados Unidos, yo soy muy francesa», argumentó Le Pen a la hora de marcar sus diferencias con Trump. No tuvo necesidad de añadir mucho más, volcada como está en su propia defensa para intentar darle la vuelta a la sentencia de cinco años de inhabilitación para cargos públicos por malversación de fondos de la UE. Curiosamente, al tiempo que exhibía ante el Tribunal de Apelación una imagen moderada, su mano firme en política exterior le hizo ganar puntos ante los franceses en el momento más crítico de su vida política.

Su delfín, Jordan Bardella, recogió días después el testigo por cuenta de Groenlandia y denunció abiertamente «las ambiciones imperialistas» del inquilino de la Casa Blanca. «Las amenazas de Donald Trump contra la soberanía de una Estado, y especialmente uno europeo, son inaceptables», proclamó.

Hasta Nigel Farage, bautizado en su día por Trump como «Mr. Brexit«, se atrevió a alzar la voz desde el otro lado del Canal de la Mancha. «Los amigos pueden discrepar en privado. Pero tener un presidente que amenaza con aranceles salvo que pueda quedarse con Groenlandia, es un acto muy hostil. No puedo decirlo de otra manera», declaró el líder de la formación ultra británica Reform UK.

La líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch, rivalizando con Farage por ganarse a los votantes de la derecha dura, criticó también las amenazas de Trump y advirtió de que el Reino Unido corre el riesgo de convertirse en «el caniche de Estados Unidos» si no marca distancias con el norteamericano.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, destaca por ser un puente entre Washington y Bruselas y, por tanto, una de las principales aliadas de Donald Trump dentro de la Unión Europea. La sintonía personal entre ambos mandatarios es evidente, algo que se pudo comprobar desde que la italiana visitó por primera vez al estadounidense en la Casa Blanca el pasado abril. Trump se deshizo en elogios y aseguró que Meloni es «una persona excepcional».

Eso, aunque el objetivo de aquel viaje de Meloni a Washington era que Trump cambiara de idea acerca de la aplicación de los aranceles y finalmente no lo consiguiera. La mandataria sí logró defender, en el Despacho Oval -eso sí, de forma sutil-, su postura ante Trump en relación con Ucrania, alineada con la postura del resto de países de la UE.

La cuestión de Groenlandia está consolidando el giro de Meloni, quien, aun dentro de su actitud mediadora. Y se está mostrando crítica y contundente contra Trump sobre la isla más grande del mundo. Si en un principio la italiana se mostró escéptica acerca de las intenciones del presidente estadounidense, días atrás lamentó que «el posible aumento de aranceles hacia los países que han decidido contribuir a la seguridad de Groenlandia es un error». Unas palabras muy simbólicas, pronunciadas con gesto de circunstancia, que representan un antes y un después en su postura ante Estados Unidos: era la primera vez que criticaba públicamente a Trump.

La primera ministra del país transalpino defiende la existencia de «un problema de comprensión y de comunicación» entre Estados Unidos y Europa. Trata además de hacer una lectura alternativa del envío de tropas de algunos países europeos a Groenlandia, subrayando que es algo que no puede verse «en clave antiamericana», sino como una forma de ofrecer «mayor seguridad» frente a «otros actores». En este punto, Meloni, más que un puente, pasa a ser una equilibrista entre las dos orillas del Atlántico.

A pesar de las críticas veladas, Trump sigue considerando a Meloni una aliada válida y, de hecho, ha mantenido la invitación para que Italia participe en la Junta de Paz para Gaza. «Creo que Italia puede desempeñar un papel destacado, estamos dispuestos a aportar nuestra contribución a la elaboración del plan de paz», aseguró la dirigente de la derecha dura italiana.

La crisis de Groenlandia ha puesto en evidencia la bipolaridad de Alternativa para Alemania (AfD) en política exterior, dividida entre el acercamiento a Trump y al universo político que representa, y el rechazo a cualquier injerencia en la soberanía de otros Estados. Lo que parecía un episodio lejano -una disputa entre Estados Unidos y Dinamarca por un territorio autónomo- ha terminado revelando hasta qué punto el partido sigue sin una línea definida en materia internacional.

Dentro de la AfD, el debate ha ido mucho más allá de una reacción puntual. Groenlandia ha reactivado tensiones que ya venían aflorando en otros frentes, desde la guerra de Ucrania hasta la relación con Rusia, la OTAN o China. La pregunta de fondo es siempre la misma: ¿debe la AfD acercarse a figuras como Trump y al populismo transatlántico, o marcar distancias frente a cualquier potencia externa para preservar su propio discurso nacional?

Un sector no tiene dudas. El eurodiputado Maximilian Krah, referente del populismo MAGA de la AfD y defenestrado como cabeza de lista en las últimas europeas tras varios escándalos, ha defendido en redes sociales que Alemania no debería enfrentarse a Trump por este asunto. Llegó a afirmar que Groenlandia «es geográficamente América» y que Berlín no tiene nada que ganar entrando en una crisis que considera ajena a los intereses europeos.

Para esta ala del partido, mantener una relación pragmática con Washington es prioritario, sobre todo con una Administración a la que ven como aliada frente al establishment europeo y la presión institucional que pesa sobre la AfD en Alemania.

Otras voces, en cambio, han optado por un tono mucho más europeísta. Jean-Pascal Hohm, dirigente de la organización juvenil Generation Deutschland, reclamó que «Europa no debe dejarse chantajear» y pidió a Alemania y a la UE que respalden a Dinamarca y a Groenlandia.

Ese mensaje ha sido reforzado por dirigentes de primer nivel. El copresidente del partido, Tino Chrupalla, calificó la política de Trump hacia Groenlandia de «imperialista» y propia del «Lejano Oeste», y defendió que los conflictos internacionales deben abordarse mediante el diálogo y la diplomacia. Alice Weidel, copresidenta del grupo parlamentario, subrayó que Groenlandia «pertenece a Dinamarca«, rechazando todo intento de legitimar una injerencia estadounidense.

Incluso Beatrix von Storch, una de las figuras históricas de la AfD y habitual defensora del estilo de Trump, ha reconocido que el partido y el presidente estadounidense no comparten necesariamente los mismos intereses geoestratégicos, e insistió en que la soberanía danesa sobre Groenlandia no está en cuestión.

La confusión interna de la AfD se refleja también en la sociedad alemana. Según una encuesta representativa del instituto Forsa, el 62% de los alemanes apoyaría una intervención militar en caso de emergencia si Dinamarca la solicitara como aliado frente a una amenaza externa, frente a un 32% que se opondría.

Esa inclinación general hacia la defensa de la soberanía de un socio europeo convive con la persistente división sobre el papel de Estados Unidos en la política exterior, evidenciando que el debate abierto por la crisis de Groenlandia no sólo atraviesa a la AfD, sino que refleja una tensión más amplia en la opinión pública alemana.

Por su parte, el referente europeo de AfD, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), ha clarificado su postura sobre Groenlandia defendiendo la «neutralidad, la moderación y la oposición a toda intervención militar». En una declaración reciente, la portavoz de política exterior del FPÖ defendió el interés de la población local y el respeto por la soberanía local.

A Vox le penalizó su alianza con Donald Trump, demoscópicamente hablando, cuando el republicano amenazó con imponer aranceles a los productos europeos. Pero Santiago Abascal no criticó entonces al presidente estadounidense, y tampoco lo hace ahora, pese a los diversos frentes que ha abierto Trump y que podrían chocar con el discurso de defensa de la soberanía nacional que Vox lleva por bandera. «Confiamos«, trasladan en el partido español.

Así lo dijeron preguntados por el plan que la Casa Blanca ha puesto en marcha en Venezuela. Vox fue el único partido español que no cuestionó de forma alguna la intervención que culminó en la detención de Nicolás Maduro y su puesta a disposición de la Justicia estadounidense. «Creo que hay que agradecer al presidente Trump la acción», sostuvo Abascal, alegando que «el derecho internacional está para defender a los pueblos y no para proteger a los tiranos». El portavoz del partido, José Antonio Fúster, situó la soberanía de las naciones como «una parte esencial» de su ideología, pero rechazó que esto entre en conflicto con apoyar la intervención de Trump: «Ya me dirá usted qué soberanía nacional había en Venezuela».

El presidente estadounidense también obligó a hacer equilibrios a Vox cuando decidió confiar la transición en el país sudamericano a Delcy Rodríguez, ex número dos de Maduro. Pese a la dureza con la que los de Abascal siempre se han referido al régimen chavista y el apoyo cerrado que han trasladado a la líder opositora, María Corina Machado, ningún dirigente del partido ha censurado que Rodríguez tome el mando hasta que haya «elecciones libres». «¿Quién puede controlar para que no se desmanden ciertas instituciones que estaban desde hace 26 años al servicio del chavismo?», reflexionó Fúster, dando veladamente su visto bueno al plan de Trump. «Las cosas no pueden cambiar de la noche a la mañana», asumió Abascal, sin referirse en concreto a Rodríguez.

De las amenazas del republicano a la soberanía de Groenlandia, Vox esquiva pronunciarse. «Nos declaramos incompetentes en esta materia», llegó a decir su portavoz, y Abascal, que ha venido deslizando críticas a que se les pregunte por esta cuestión, sentenció: «Nos interesan nuestras cosas en primer lugar». En Vox enmarcan la amenaza de Trump sobre Groenlandia en «su forma de negociar».

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