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Un hilo invisible une los misiles intercontinentales Minuteman III en su silo de Montana (EEUU) con la subvención de nuestro abono de transportes o el coste de la consulta en el centro de salud del barrio. Las miles de cabezas nucleares estadounidenses explican, en parte, que los europeos hayamos disfrutado durante décadas de un modelo de bienestar social que un tipo de Wyoming jamás podría soñar.
Ahora intuimos que ese lujo se acaba y que escondía una trampa. «Hemos sido infantilizados», lamentaba hace unos días el ex director del servicio británico de inteligencia MI6 Alex Younger. Se refería a que la «generosidad estadounidense» ha brindado una protección que desde Europa hemos dado por garantizada. Según Younger, «eso ha hecho que no desarrollemos un conjunto de habilidades vitales realmente importantes».
Aunque nos hagamos los sorprendidos ante la brutalidad de Trump, hace años que deberíamos saber que todo ha cambiado y que el debate sobre la seguridad se impone en un mundo que solo desde nuestra perspectiva es ahora más desordenado y hostil.
El asunto de los cañones ocupa un gran espacio mediático, pero la infantilización europea emite muchas más señales de vulnerabilidad que se vuelven especialmente inquietantes en esta etapa de ruptura. De los sistemas de pago del otro lado del Atlántico, como Visa y Mastercard, dependen dos tercios de las operaciones con tarjeta de crédito en Europa, sin contar la penetración de métodos digitales como PayPal o Apple Pay.
En el nuevo mundo multipolar, los países BRICS tratan de reducir su dependencia del dólar. Liquidan parte de sus relaciones comerciales en moneda local y buscan un sistema de transferencia de dinero alternativo a SWIFT. Pero Europa no puede desligarse tan fácilmente. Sus bancos y fondos de pensiones suman más de tres billones de dólares en bonos del Tesoro de EEUU y cruzan los dedos para que el gran aliado mantenga un rumbo mínimamente sensato.
Pero, sobre todo, Europa se ha convertido en un protectorado digital de Washington, al que hemos confiado casi todos nuestros interruptores críticos. Nos enfrentamos a la revolución tecnológica y al reto de la inteligencia artificial sin apenas soberanía real. No controlamos el procesamiento de las materias primas necesarias en esa carrera. Es China quien domina el 90% del refinamiento mundial de tierras raras. Estamos en desventaja en la producción de chips que necesitan nuestros frigoríficos, coches y satélites.
Ni siquiera poseemos el control último de nuestros propios datos. El 70% de ellos se almacenan en servidores de grandes tecnológicas de EEUU, como Amazon, Google y Microsoft, con centros que florecen en nuestro propio suelo, en España y otros países. La alternativa europea más potente apenas alcanza el 2 % de ese almacenamiento.
«Hemos perdido internet», dijo el director del Centro de Ciberseguridad de Bélgica, Miguel De Bruycker, en una entrevista a Financial Times en enero. «Hemos perdido la nube». Europa ha externalizado su sistema nervioso digital y lo ha dejado a la intemperie ante fallos externos y represalias.
Es cierto que lo cede a grandes corporaciones privadas, pero la frontera entre lo privado y el poder del Estado es ya muy difusa. Una de las cosas que define al gobierno de EEUU es el perfecto alineamiento de su visión del mundo con los intereses de esas plataformas, hoy sometidas al empuje de su movimiento político. En su segunda entronización en el Capitolio, Trump estuvo acompañado por la élite de Silicon Valley al completo, que aplaudió disciplinadamente. La imagen de un presidente escoltado por 10 portaviones no habría sido tan imponente.
*Carlos Franganillo es periodista y ex corresponsal en Washington.
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