Andy Warhol reaparece en la gran pantalla

Tras años de trabajo sistemático e intenso para preservar las películas de Warhol, un proyecto de colaboración entre The Warhol Museum de Pittsburg y el MoMA donde está depositado el material, en el museo neoyorquino se han encontrado unos metros de material inédito del artista pop que ha vuelto a poner sobre el tapete lo importante de su faceta fílmica, la que a principios de la década de 1970 resaltó David Bowie tras su viaje a Nueva York, al dedicar el cantante un tema a la otra estrella de la modernidad andrógina, Andy Warhol.

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 El MoMA proyecta este lunes material fílmico inédito del artista, que confirma su pulsión por rodar todo lo que le rodeaba  

Tras años de trabajo sistemático e intenso para preservar las películas de Warhol, un proyecto de colaboración entre The Warhol Museum de Pittsburg y el MoMA donde está depositado el material, en el museo neoyorquino se han encontrado unos metros de material inédito del artista pop que ha vuelto a poner sobre el tapete lo importante de su faceta fílmica, la que a principios de la década de 1970 resaltó David Bowie tras su viaje a Nueva York, al dedicar el cantante un tema a la otra estrella de la modernidad andrógina, Andy Warhol.

Por aquella época, momento en el cual sale a la venta Hunky Dory —donde se incluye la canción Andy Warhol—, Bowie había visitado la Factory. Allí, su pelo largo de la portada del álbum (peinado hacia atrás, cierto aire espectral) se convertía frente a la cámara polaroid de Warhol en una bella melena bajo un sombrero oscuro, aire hippy. El atuendo no podía ser más acorde con la época: pantalón campana claro, jersey fino, muy ajustado con aspecto de licra. En los pies, merceditas amarillas de tacón cuadrado y bajo que, dicen las habladurías, fueron muy comentadas: Londres era una ciudad mucho más moderna que Nueva York.

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Hasta aquí nada raro: una estrella visita la Factory y Warhol le hace unas polaroids, su modo de dejar constancia de la vida que va pasando. Incluso es verosímil que los zapatos dieran que hablar: esa prenda fascinó a Andy desde sus inicios publicitarios. En busca del zapato perdido, llama a una de estas obras primorosas con una clara alusión a Proust. Tampoco fue extraño que, tras visitar a su admirado Warhol, David Bowie decidiera dedicarle una canción. Al fin y al cabo, no solo se encontraban dos estrellas andróginas, sino dos tipos muy listos. Tan listos, que en su canción Bowie no habla de sopas ni de botellas. Ni siquiera de zapatos. En una de las estrofas apela directamente a la que hoy parece una de las facetas más brillantes de Warhol: el cine. “Andy Warhol, silver screen”, decía Bowie. Andy Warhol, la gran pantalla.

Pocos lo han sabido expresar de manera tan contundente. Warhol es el cine porque, él mismo lo escribió, las películas enseñaron a su generación lo que debían sentir y qué cara poner mientras lo estaban sintiendo. El cine ofrecía al artista pop sus modelos a seguir, fuente de glamur por persona interpuesta desde Marilyn Monroe a Elizabeth Taylor, las que solo con reproducirlas le impregnaban con su fama. El cine de Warhol sigue desvelando la parte menos obvia de su talento, la que subvierte las reglas del propio cine. En las llamadas películas minimalistas de los años sesenta —un ejemplo es Empire, ocho horas de plano fijo—, desmonta el montaje: el tiempo ocurre en tiempo real. Por otro lado, en sus películas más comerciales, acuchilla los finales felices y los personajes perfectos del Hollywood clásico a través de sus protagonistas trans o de escenas demasiado explícitas con Joe Dallesandro, telón de deseo.

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Warhol empezó a producir dichos trabajos comerciales junto a Paul Morrissey en 1972, y hasta buscaron respaldo económico. Justo entonces, recordaba Callie Angell a mediados de los noventa, Warhol retiraba del mercado sus películas de entre 1963 y 1968, nunca distribuidas y almacenadas en la Factory y, por tanto, inaccesibles. Se trataba de otra de sus fabulosas estrategias: el secuestro del material buscaba aumentar el valor simbólico, no económico. Secuestrando el material, el mundo se dividía entre quienes lo habían visto y quienes no lo habían llegado a ver y propiciaba la paradoja, básica en su habitual puesta en escena: tantos podían esgrimir su familiaridad con ese cine sin haber llegado jamás a visionar el contenido. La imagen se reducía a comentario; el comentario a recuerdo; el recuerdo a habladuría y, por fin, la habladuría a leyenda.

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Este lunes el MoMA hará un pase del material inédito encontrado y regresarán el misterio y expectación, regusto a las operaciones de marketing cultural en Andy: el hallazgo volverá a dividir el mundo (del arte y el cine) entre quienes han visto el material inédito y quienes no lo han visto. El metraje contiene, entre otras cosas, algunas pruebas de pantalla que Warhol solía hacer a los visitantes de la Factory hasta ahora desconocidas; y secuencias de la vida cotidiana del artista, como visitas a exposiciones, tipo la de Leo Castelli, entre otras. Son muestras de ese material corriente que le fascinaba y que ha sido piedra de toque del cine soviético, entre otras apuestas documentalistas.

Obsesión por registrar el mundo

Warhol vivía obsesionado por registrar el mundo, preservarlo a través del cine; la foto, también esencial en su trabajo; las casetes (cientos), donde grababa el ruido de la calle, conversaciones… conservadas en la biblioteca del Warhol Museum; o las famosas cápsulas del tiempo, decenas de cajas de cartón conservadas y poco a poco catalogadas en el propio museo, donde Warhol guardaba todo tipo de objetos de la vida corriente —otra faceta de su proyecto autobiográfico—, entre los cuales camuflaba un dibujo, un objeto, una tira de fotomatón… La sorpresa que encontrarían los hipotéticos coleccionistas de dichas cápsulas.

Quizás la acumulación que gobierna el proyecto Warhol —incluida la colección de objetos artísticos— es lo que posibilita la sorpresa fortuita, la que presenta el MoMA. A la vez, en su paradoja al estilo de Ciudadano Kane, subraya cómo el mundo nunca está del todo dicho. De manera que, seguro, el material inédito no hará sino añadir misterio al misterio, viviendo prendidos de eso que podría estar y tal vez no esté: prendidos del dibujo que podría custodiar la caja lacrada, vértigo que sentirán los espectadores del MoMA, sentados en sus asientos durante la hora larga que durará la proyección de fragmentos. El cine mismo.

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