La agonía demográfica de Oriente: de las prisiones llenas de ancianos en Japón a las aplicaciones de ligar del Partido Comunista Chino

Japón tiene unos 36 millones de personas de más de 65 años, Corea del Sur tiene una de las tasa de natalidad más bajas del mundo y en China el número de nacimientos el año pasado fue el más bajo desde 1949 Leer Japón tiene unos 36 millones de personas de más de 65 años, Corea del Sur tiene una de las tasa de natalidad más bajas del mundo y en China el número de nacimientos el año pasado fue el más bajo desde 1949 Leer  

En la cárcel de Fuchu, la más grande de Japón, uno de cada cinco reclusos supera los 65 años. Muchos de ellos, apenas pisan la calle, vuelven a delinquir porque la libertad significa regresar a un mundo donde nadie les espera.

«Vuelven a casas vacías, a días enteros sin hablar con nadie, sin saber si sus pensiones alcanzarán para comer o pagar los medicamentos», comenta Tachi, una voluntaria de una ONG que ayuda en la reinserción de ancianos para los que la soledad pesa más que los barrotes.

Esa misma soledad se extiende también entre la creciente población anciana de la vecina Corea del Sur. Allí, como en Japón, han empezado a multiplicarse empresas especializadas en una tarea tan necesaria como desoladora: limpiar los apartamentos de personas mayores que murieron solas y cuyos cuerpos permanecieron días, a veces semanas, sin que nadie advirtiera su ausencia. «Es el rastro silencioso de una vejez cada vez más larga y solitaria», señala Park Ji-hoon, sociólogo de la Universidad Nacional de Seúl.

En China, el envejecimiento de la población se ha vuelto tan evidente que cada vez hay más fabricantes de pañales para bebés que ahora hacen pañales para ancianos, respondiendo a una demanda que no deja de crecer.

La misma tendencia -con los pañales- se observa entre los fabricantes de Corea del Sur y Japón. En este último país, el fenómeno se está filtrando incluso en ámbitos donde, en teoría, la juventud siempre había sido el ideal. Los medios locales han informado que en la industria pornográfica japonesa están apareciendo cada vez más actores y actrices de mayor edad.

Los motores del crecimiento del noreste de Asia afrontan simultáneamente una enorme crisis demográfica que amenaza con redefinir su peso global. Japón, el más adelantado en el proceso, tiene unos 36 millones de personas de 65 años o más, aproximadamente el 30% de la población total. La tasa de natalidad de Corea del Sur es una de las más bajas del mundo y en China, donde sufren las consecuencias acumuladas de décadas de control demográfico radical, el número total de nacimientos el año pasado fue el más bajo desde 1949.

Hace unos días, en la provincia china de Hubei, una organización juvenil vinculada al gobernante Partido Comunista celebró un multitudinario evento de citas al que fueron invitados más de un centenar de solteros. En otras regiones, las autoridades locales han recurrido incluso a la tecnología, impulsando aplicaciones para ligar al estilo de Tinder. Ante el actual shock demográfico, en el gigante asiático gana terreno la idea de que la solución pasa por fomentar la formación de parejas y, mediante campañas oficiales, animar a los jóvenes a tener hijos cuanto antes.

Según los últimos datos difundidos por Pekín, el número de nacimientos se desplomó más de un 17% entre 2024 y 2025, y el año pasado se registraron más de cuatro muertes por cada tres nacimientos. Entre las medidas más recientes y llamativas para estimular la natalidad figura la eliminación de la exención del impuesto al valor agregado para los anticonceptivos, vigente desde la introducción del IVA en 1993. «Estamos ante un choque demográfico sin precedentes», advierte Li Wei, investigador del Centro de Estudios de Población de la Universidad de Pekín. «No es solo un problema económico: es un cambio social profundo».

En Seúl, el fenómeno que más señalan los observadores locales se percibe en escenas cotidianas: cafeterías y restaurantes donde cada vez es más común ver a hombres y mujeres mayores comiendo o bebiendo solos. En los suburbios, ancianos que sobreviven con pensiones mínimas buscan compañía en salas de karaoke, pagando por cantar junto a desconocidos. La soledad se ha vuelto tan habitual que incluso ha generado nuevas palabras: honbap (comer en soledad) y honsul (beber en soledad).

El año pasado, el gobierno municipal de la capital surcoreana presentó un plan integral para abordar el aislamiento social entre los ciudadanos de más edad, que incluye, entre otras medidas, un centro de llamadas disponible las 24 horas del día.

El rápido envejecimiento de estos tres países asiáticos está impulsando la llamada economía dorada, un mercado orientado casi en exclusiva a la población mayor. En Tokio, los negocios se adaptan cada vez más a las necesidades y preferencias de este grupo: empresas de cuidados, seguros médicos e incluso el sector del ocio han encontrado en los ancianos a un consumidor dispuesto a invertir en su calidad de vida. En Corea del Sur, las cadenas de gimnasios para mayores y los dispositivos de tecnología asistida crecen a ritmos de dos dígitos. En China, robots humanoides dotados de inteligencia artificial y diseñados para el cuidado empiezan a aparecer con mayor frecuencia en residencias.

Europa también enfrenta grandes desafíos demográficos, pero los expertos aseguran que el envejecimiento es más gradual que en los citados países asiáticos. En España, por ejemplo, la proporción de personas mayores ronda el 21%, significativamente inferior a la de Japón, y la tasa de fertilidad es de alrededor de 1,2 hijos por mujer, por encima de Corea del Sur (0,75).

Muchos países europeos cuentan con sistemas de bienestar más sólidos, pensiones más altas y servicios sociales más engrasados en el cuidado de ancianos que las potencias asiáticas, además de políticas migratorias mucho más abiertas.

Volvemos a Japón, a sus prisiones, pero esta vez a la cárcel de mujeres de Tochigi, al norte de Tokio. Allí, como en el resto del sistema penitenciario del país, la población reclusa mayor de 65 años se ha cuadruplicado en las últimas dos décadas. En Tochigi, las internas más jóvenes obtienen puntos ayudando a las de más edad a bañarse, comer, caminar o tomar sus medicamentos, en una rutina que recuerda, cada vez más, a la de una residencia de ancianos tras los muros de una prisión.

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