Con el espectáculo Lo inédito de la Compañía Flamenca La Lupi, concluye hoy sábado la XXX edición del Festival de Jerez, que durante dos semanas largas ha convertido a la ciudad andaluza en epicentro del baile flamenco, la danza clásica española y sus evoluciones. En la recta final del evento, dos bailaoras, la gaditana María Moreno y la jerezana Leonor Leal han presentado creaciones muy personales con su baile en solitario como protagonista, una elección muy fundamentada y afianzada, con la que también se presentó la bailarina madrileña Sara Calero la semana anterior. Tres millenials de la danza que, en distintas convocatorias, fueron distinguidas con el Premio Revelación de este ciclo y que, con sus conversaciones con EL PAÍS, configuran un rico y plural mosaico del baile flamenco contemporáneo.
En la recta final de la cita, brillan las bailaoras María Moreno y Leonor Leal, con propuestas de distinto protagonismo
Con el espectáculo Lo inédito de la Compañía Flamenca La Lupi, concluye hoy sábado la XXX edición del Festival de Jerez, que durante dos semanas largas ha convertido a la ciudad andaluza en epicentro del baile flamenco, la danza clásica española y sus evoluciones. En la recta final del evento, dos bailaoras, la gaditana María Moreno y la jerezana Leonor Leal han presentado creaciones muy personales con su baile en solitario como protagonista, una elección muy fundamentada y afianzada, con la que también se presentó la bailarina madrileña Sara Calero la semana anterior. Tres millenials de la danza que, en distintas convocatorias, fueron distinguidas con el Premio Revelación de este ciclo y que, con sus conversaciones con EL PAÍS, configuran un rico y plural mosaico del baile flamenco contemporáneo.

Calero (42 años) lo recibió en 2014 por El Mirar de la Maja, una de las primeras obras de su trayectoria en solitario. La antecedía una amplia carrera como primera bailarina en el Ballet Nacional de España, entre otras formaciones. La decisión de emprender un camino propio la entiende como el tránsito natural de ser intérprete a creadora. Califica de “muy nutritiva” su etapa en compañías, y valora el aprendizaje de los procesos creativos o el hecho de poner en pie un espectáculo, pero reconoce que siempre sintió “una voz interior muy potente por hacer coreografías propias”.
Ahora confiesa sentir la preparación y dirección de espectáculos propios como lo más emocionante y se siente orgullosa de llevar sus ideas a los escenarios. Bailar en solitario para ella es primero una necesidad, pero también una exigencia del sistema: “Me gustaría formar compañía, pero es algo inviable en las condiciones actuales”. Quizás a modo de ensayo, en su último trabajo, Taberna femme, estrenada en la última Suma Flamenca, incorporó a tres bailaoras.
A la cita jerezana, Calero trajo su última obra, El renacer, complemento y continuidad de la anterior, La finitud, presentada en este mismo ciclo en 2023. Se trata de dos montajes en las que la bailarina, más allá de la búsqueda de la perfección formal de la juventud, “cuando todo tenía que ser perfecto o bonito»» persigue una trascendencia, producto de “una urgencia expresiva”, que coincide con su propio proceso vital y mental: “Estoy en romperme por dentro, en reír, llorar, emocionarme…“. La pluralidad de sentimientos fue consonante con la variada muestra de bailes que exhibió sobre las tablas del Teatro Villamarta (25 febrero), un compendio de su rica y plural sintaxis dancística.

María Moreno (39 años), Premio Revelación 2017 en Jerez con su primer trabajo, Alas del recuerdo, reconoce que desde pequeña tuvo muy clara la idea de una carrera en solitario: “Soy muy inquieta y siempre me he visto bailando sola”. Antes se había rodado en compañías como la de Eva Yerbabuena, pero incluso en esa etapa confiesa que “cuando veía a la maestra o a otras bailar, ya pensaba en cómo lo haría yo”. También simultaneó colaboraciones con otros artistas revelando su vocación de protagonista, que nunca la ha asustado.
Tras su segunda obra, De la revelación (2018), Giraldillo Revelación de la Bienal de Sevilla de ese año, su salto cualitativo vendría con el espectáculo More (no) More (2020), del que reconoce haber tenido “un sentimiento de plenitud y de voz propia”, sensaciones que se pueden relacionar con el entendimiento que encontró en el director operístico Rafael R. Villalobos, al que había reclamado para la dirección escénica. Él también dirigiría su experimental desestructuración del baile de la soleá en o../o../..o/o../o (2022) y le ha aportado su visión externa para el último trabajo, Magnificat, estrenado en la pasada Bienal de Madrid y presentado en el Teatro Villamarta el pasado jueves.
La obra es una fiesta, que fue la manera como se concibió. Moreno, a raíz de la observación de una pintura de La Visitación, que recogía el encuentro entre la Virgen María y su prima Santa Isabel comunicándose su mutuo embarazo, se preguntó cómo celebraría ella la noticia de su propia maternidad. Recorrió fiestas populares para poder plasmar en el baile una celebración de esa magnitud y, en una etapa vital difícil, poner en pie esa idea se convirtió en una catarsis.
Ella, que se reconoce muy egoísta, quiso, por primera vez, compartir escena y para ello convenció a la intérprete y performer Rosa Romero, que pone el toque de humor y un punto de irreverencia. También la acompañaron Raúl Cantizano (guitarras), Miguel Lavi (cante) y Roberto Jaén (compás). Juntos, con ella permanentemente en escena, regalan un festín en el que el flamenquísimo baile de María, desbordante o recogido, con bata, mantón o sin él, lo ilumina todo.

La bailaora Leonor Leal (45 años y Premio Revelación en 2011) reconoce que, tras iniciarse profesionalmente con Andrés Marín y en el Ballet Flamenco de Andalucía, no le cuadró el mundo de las compañías. Aún hoy, declara que no le interesan los cuerpos de baile y que su visión del flamenco es individual, como expresión de una búsqueda personal, con nombre y apellidos: “No me saldría montarle una coreografía a nadie”, afirma con rotundidad.
Su carrera, que acumula más de una docena de pequeñas producciones, se fue construyendo así en solitario, con una excepción llamativa, la obra J.R.T. Pintor y flamenco (2016), junto a Úrsula y Tamara López, que supuso un giro radical en sus planteamientos, porque con ella entró en contacto con María Muñoz, de la Compañía de danza Malpelo: “Aquello me abrió la cabeza, porque me transmitió una nueva mirada hacia la escena y aprendí a hablar desde mi lenguaje, que es el flamenco”.
También en ese espectáculo conoció al que es hoy su marido, el profesor y percusionista Antonio Moreno, que ha colaborado en la mayoría de sus producciones. La obra estrenada en Jerez, Martinicos le di a mi cuerpo (C.S. Blas Infante, 6 de marzo) es, sin embargo, un trabajo desarrollado de forma conjunta con el cantaor David Lagos, unidos para este proyecto casi por un azar. Él la califica como una bailaora abierta que “conoce bien la tradición, pero encaja muy bien el baile cuando hablamos de un concepto”.
En este caso, ese concepto gira en torno a la teoría del duende lorquiano, del que cada uno ofrece una visión propia con sus respectivos lenguajes. Lagos pone un cante vibrante, que gira en torno a la muerte, con poemas de Hernández, Bergamín o Lorca. Ella busca la visión corporal de ese duende con una expresividad diríamos que minimalista (menos, es más). Los dos, con la complicidad del Proyecto Lorca (J. Jiménez, vientos y A. Moreno, percusión) y la guitarra de Manuel Valencia, se conjugan y conjuran para perseguir la emoción, el aire conmovido del duende. Y a fe que lo consiguen.
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