Lo que la agricultura debe a Europa

La agricultura es probablemente el sector que más se ha beneficiado de estar en Europa. Quién lo iba a decir escuchando las cosas que se dicen por ahí. Leer La agricultura es probablemente el sector que más se ha beneficiado de estar en Europa. Quién lo iba a decir escuchando las cosas que se dicen por ahí. Leer  

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Ahora que se cumplen 40 años de la adhesión de nuestro país a la Unión Europea (UE), a la vieja Comunidad Económica Europea, es preciso recordar que, gracias a ello, y a nada más, España se ha convertido en una potencia agroalimentaria global.

En este tiempo la industria alimentaria ha ganado fuerza multiplicando por ocho su facturación y aumentando su empleo un 51% respecto a 1985. También ha ganado peso sobre el total de la producción industrial. El sector agrario y la industria alimentaria generan conjuntamente el 9,7% del PIB y el 11% del empleo.

El mejor indicador de la formidable transformación de la agricultura gracias a Europa ha sido la apertura de nuestro sector agrario al exterior. Desde 1986, las exportaciones agroalimentarias españolas se han multiplicado por 19 hasta superar los 78.000 millones de euros en 2025. Como en años previos, en 2025 la balanza comercial agroalimentaria tuvo un saldo positivo de casi 20.000 millones de euros.

Europa permitió revertir el saldo negativo de la balanza comercial heredada del sector agrario deficitario, empobrecido y poco competitivo de la dictadura. España no era autosuficiente sino un país que dependía de las importaciones para alimentar a su población y ganado. Para los nostálgicos del pasado, en la década de los años 60 del siglo XX, los hogares españoles destinaban a la alimentación casi el 50% de su gasto total, el 30% en 1985, frente al 15,8% actual. En 1986 todavía enviamos más de 50.000 temporeros a Francia.

Cuando España entró en Europa era el octavo exportador agroalimentario de sus 12 miembros, hoy es el cuarto de una Unión de 27 estados a dónde van dos tercios de sus ventas.

Desde 1986 la renta agraria por unidad de trabajo es un 70% más alta en términos constantes -descontando el efecto de la inflación-. Así mismo, aunque como en otros países desarrollados el empleo agrario ha perdido peso frente a otros sectores, hay 750.000 ocupados de media en el sector primario (un 27% inmigrantes, además de otros 200.00 trabajadores inmigrantes irregulares adicionales estimados).

Europa permitió transformar las explotaciones, hoy menos de la mitad de entonces pero con más superficie (21%) y producción. Gracias a España la Política Agraria Comunitaria (PAC) hizo suya la visión mediterránea – aceite de oliva, vino, frutas y hortalizas-, aceleró la introducción del principio de sostenibilidad e introdujo las reformas necesarias para afrontar las consecuencias del cambio climático como país secularmente azotado por la sequía y la desertización.

¿Y por qué? Porque la UE, y nadie más, tiene como principios fundacionales (Tratado de Roma) incrementar la productividad agrícola; fomentar el progreso técnico; garantizar el nivel de vida de la población agraria; estabilizar los mercados; y garantizar al consumidor la seguridad de abastecimiento y precios razonables.

La PAC ha sido un instrumento clave para modernizar y dinamizar el sector agrario mejorando su competitividad y sostenibilidad, así como el principal motor del desarrollo rural y la cohesión territorial conforme a los principios que han guiado históricamente esta política: preferencia por los productos europeos (proteccionismo como en ningún otro sector), solidaridad financiera entre países (presupuesto común europeo) y unidad de mercado garantizando la libre circulación de productos.

La realidad global ha puesto en valor estos objetivos en repetidas ocasiones como demuestran la pandemia, superada sin desabastecimientos alimentarios, la inflación generada por la guerra, y las consecuencias del cambio climático.

La agricultura española recibe tantas ayudas de la UE cada año como el resto de sectores de nuestra economía juntos. Unos 7.000 millones de euros sumados a la cofinanciación estatal y autonómica, un grandísimo apoyo para más de 600.000 agricultores y ganaderos, empresas y cooperativas agroalimentarias de nuestro amplio y diverso medio rural.

El apoyo que reciben es inmenso, justo, pero radicalmente distinto al que recibe cualquier otro sector productivo, también por los consumidores que generosa y solidariamente pagan en muchos productos precios más altos de los que tendrían que pagar si éstos se importaran, aunque se trate de productos de calidad en los que Europa vela por su seguridad alimentaria.

Por estas razones no sólo no se entiende el fervor antieuropeo que surge de algunos ámbitos agrarios, o la xenofobia. Tampoco se entiende la insolidaria oposición a acuerdos comerciales como Mercosur donde los potencialmente beneficiados son otros sectores como la industria o los servicios, acuerdos que contemplan cláusulas de total blindaje y salvaguardia de toda índole para nuestra ultraprotegida agricultura. Tampoco tiene sentido alguno la oposición y nula disposición desde planteamientos anticientíficos a colaborar en la preservación de bienes públicos globales como la biodiversidad -lobo ibérico-, la lucha contra el cambio climático, o la restauración la naturaleza y los ríos en beneficio del conjunto de la sociedad, la misma sociedad que los protege de manera absolutamente excepcional. La sociedad europea es la más generosa del planeta con sus agricultores.

*Juan Moscoso del Prado es senior Fellow de EsadeGeo.

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