Tokio anuncia un refuerzo en su «capacidad de contraataque» en medio de tensiones con China Leer Tokio anuncia un refuerzo en su «capacidad de contraataque» en medio de tensiones con China Leer
Japón ha dado un paso decisivo hacia la transformación de su postura de seguridad al desplegar por primera vez misiles de largo alcance de fabricación nacional en dos bases estratégicas, situadas en el suroeste y el centro del archipiélago. El anuncio, realizado el martes por el Ministerio de Defensa, subraya que Tokio ha adquirido «capacidad de contraataque con el objetivo de reforzar la disuasión», marcando un giro que rompe con décadas de estricta política pacifista consagrada en la Constitución heredada de la posguerra.
En campamento Kengun, en la prefectura de Kumamoto, las Fuerzas Terrestres de Autodefensa han instalado una versión terrestre del misil guiado tierra-buque Tipo 12 mejorado, con un alcance estimado de 1.000 kilómetros, suficiente para llegar a zonas costeras de China y a las aguas que rodean Taiwan. En campamento Fuji, en Shizuoka, se han desplegado proyectiles planeadores hiperveloces, una tecnología que eleva notablemente la capacidad de Tokio para neutralizar amenazas a distancia.
«Este es un esfuerzo crucial para fortalecer nuestra capacidad de disuasión y respuesta frente al entorno de seguridad más severo y complejo de la posguerra», afirmó el ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi, adelantando además que este año se prevé expandir el despliegue de misiles a otras bases.
El rearme japonés no surge en el vacío. Tras la derrota de 1945, la ocupación estadounidense impuso una Constitución que eliminaba el ejército y consagraba el pacifismo. Sin embargo, el estallido de la Guerra de Corea en 1950 alteró esa estrategia: Washington comenzó a considerar a Japón como un aliado clave en Asia, lo que permitió la creación de las actuales Fuerzas de Autodefensa, un ejército con limitaciones estrictas en doctrina y armamento.
Desde entonces, Tokio ha ido ampliando gradualmente su margen operativo. En 2015, bajo el Gobierno de Shinzo Abe, se reinterpretó la Constitución para autorizar la «legítima defensa colectiva». En 2022, con el ex líder Fumio Kishida, se aprobó un plan para aumentar el gasto militar hasta el 2% del PIB y dotar a Japón de misiles de contraataque de largo alcance.
Aquel año, se actualizaron las políticas de seguridad nacional introduciendo formalmente el concepto de «capacidades de contraataque»: la capacidad de atacar emplazamientos de lanzamiento de misiles enemigos u otros objetivos militares si el país es atacado.
La actual primera ministra conservadora, Sanae Takaichi, parece dispuesta a acelerar este proceso de rearme. El año pasado desencadenó una crisis diplomática con Pekín al sugerir que un ataque chino a Taiwan podría justificar la intervención militar japonesa. La respuesta de China fue inmediata: presiones económicas y un recrudecimiento de la tensión en el estrecho de Taiwan, que mantiene a Tokio en alerta máxima.
El Gobierno de Takaichi aprobó un presupuesto de defensa récord, superior a nueve billones de yenes (alrededor de 50.000 millones de euros) para 2026, un 9,4% más que el año anterior, destinado a reforzar las citadas capacidades de contraataque y defensas costeras mediante misiles tierra-buque y drones. Los nuevos misiles nacionales desplegados el martes se suman a los Tomahawks estadounidenses ya operativos en varias islas, creando un sistema de defensa integrado sin precedentes en el país asiático.
El cambio de percepción en la sociedad japonesa, en cuestios bélicas, también es notable. Una encuesta gubernamental de finales de 2025 reveló que el 45,2% de los ciudadanos apoyaba el fortalecimiento de las Fuerzas de Autodefensa, frente al 9% registrado en 1991.
«Japón no se está volviendo militarista en el sentido clásico, pero sí abandona el pacifismo estricto que definió la posguerra. Es un cambio histórico, aunque gradual», explicaba en una entrevista con este periódico Hiroshi Tanaka, politólogo de la Universidad de Tokio. Keiko Matsuda, investigadora del Japan Institute for International Affairs, añadía que el aumento del gasto militar se entiende en el contexto de amenazas concretas: China, Corea del Norte y la guerra en Ucrania han modificado la percepción de riesgo entre los japoneses.
El sur del archipiélago, especialmente el conjunto de islas Ryukyu, se ha convertido en el epicentro de esta transformación estratégica. La isla más grande, Okinawa, alberga la mayor concentración de bases estadounidenses y recientemente vio desplegar un regimiento con misiles antibuque.
Las Ryukyu se extienden hacia Yonaguni, apenas a 112 kilómetros de Taiwan, lo que sitúa a Japón en una posición crítica frente a cualquier conflicto en el estrecho. Además, Tokio mantiene una disputa territorial con China en las islas Senkaku. Aunque están controladas por los japoneses, desde Pekín envían habitualmente barcos de la guardia costera a las aguas que las rodean para hacer valer su reclamación. La seguridad marítima es vital en todas estas aguas: cualquier conflicto que bloquee estas rutas interrumpiría un comercio que es esencial para la economía japonesa.
El despliegue actual de misiles de largo alcance nacionales va más allá del hito tecnológico: simboliza un cambio de paradigma en la seguridad japonesa y una transición hacia un modelo de disuasión más agresivo.
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