Enrique V, el gran rey medieval inglés que ofrece un incómodo ejemplo de nobleza y liderazgo a la actual monarquía de los Windsor

El historiador Dan Jones, fotografiado en la terraza del hotel Catalonia Ramblas de Barcelona.

Se ha dicho de Enrique V (1386-1422) que fue el hombre más grande que jamás haya gobernado Inglaterra, nada menos. El historiador británico Dan Jones está de acuerdo con este juicio, pero no solo por lo que suele valorarse especialmente del monarca, su aplastante e inesperada victoria sobre los franceses en la batalla de Azincourt en 1415, una gesta militar que consolidó el dominio inglés sobre Francia. El estudioso, autor de una nueva y electrizante biografía sobre el quinto Enrique, subraya que este fue mucho más que el rey guerrero que brilla en las crónicas de sus contemporáneos y que mitificó Shakespeare en la obra que le dedicó, y que para entender por qué alcanzó un éxito tan deslumbrante en su época y el reconocimiento de la posteridad (se le colocó entre los legendarios Nueve Valerosos, junto al troyano Héctor, Alejandro Magno, Julio César, el rey Arturo, Carlomagno, Godofredo de Bouillon, Josué, el rey David y Judas Macabeo) hay que contemplar su vida en conjunto. Una vida esplendorosa pero corta: 35 años de los que reinó solo nueve.

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Dan Jones posa para la entrevista en el hotel Catalonia Ramblas de Barcelona.

 El historiador Dan Jones publica una electrizante biografía del monarca matizando el retrato que le hizo Shakespeare: la famosa arenga en Azincourt habría sido solo un “¡vamos allá, muchachos!”  

Se ha dicho de Enrique V (1386-1422) que fue el hombre más grande que jamás haya gobernado Inglaterra, nada menos. El historiador británico Dan Jones está de acuerdo con este juicio, pero no solo por lo que suele valorarse especialmente del monarca, su aplastante e inesperada victoria sobre los franceses en la batalla de Azincourt en 1415, una gesta militar que consolidó el dominio inglés sobre Francia. El estudioso, autor de una nueva y electrizante biografía sobre el quinto Enrique, subraya que este fue mucho más que el rey guerrero que brilla en las crónicas de sus contemporáneos y que mitificó Shakespeare en la obra que le dedicó, y que para entender por qué alcanzó un éxito tan deslumbrante en su época y el reconocimiento de la posteridad (se le colocó entre los legendarios Nueve Valerosos, junto al troyano Héctor, Alejandro Magno, Julio César, el rey Arturo, Carlomagno, Godofredo de Bouillon, Josué, el rey David y Judas Macabeo) hay que contemplar su vida en conjunto. Una vida esplendorosa pero corta: 35 años de los que reinó solo nueve.

En Enrique V, el extraordinario ascenso del rey guerrero de Inglaterra (Ático de los libros, 2026), Jones, que no rehuye la fascinación por el “esbelto, fuerte, atlético y apuesto” Enrique, al que un monje de Westminster describió como “revestido de apariencia angelical”, trata de equilibrar la parte de la vida del personaje a la que se le ha prestado más atención, la de su reinado, con los años de meticuloso aprendizaje, en unos tiempos convulsos de enorme y peligrosa inestabilidad política. Recuerda que Enrique V no nació destinado a ser rey (su padre, Enrique IV logró el trono tras derrocar a Ricardo II). En el apasionante libro de Jones descubriremos que el joven príncipe recibió en su primera batalla, en Shrewsbury, a los 16 años, un flechazo casi mortal en pleno rostro; que usaba una espada ceremonial que se creía que había blandido el caballero Tristán, que su planificación militar contemplaba llevar tres arqueros por cada hombre de armas, que era un artista con el arpa o que el rey Segismundo le regaló el corazón preservado de San Jorge.

¿Se parecía el verdadero Enrique V al que retrató Shakespeare en tres de sus obras (La primera parte del rey Enrique IV, La segunda parte del rey Enrique IV y El rey Enrique V) y han encarnado en el cine, con gran majestuosidad los dos primeros, Laurence Olivier, Kenneth Branagh y Timothée Chalamet? “Shakespeare lo trata como un personaje en dos partes, el príncipe calavera Hal y el más maduro rey Enrique, pero eso es mayormente una invención del dramaturgo, que crea un contraste entre el joven libertino, mujeriego y bebedor, y el rey esplendoroso para resaltar al segundo a través del cambio en la personalidad”, señala Jones, en el que se contraponen asimismo el reputado historiador de Cambridge y un aspecto desenfadado y juvenil, con zapatillas de tenis y elaborados tatuajes en los antebrazos, incluida una gran salamandra en el derecho. “En la personalidad del príncipe Hal, al describirlo en las dos obras sobre Enrique IV, Shakespeare puso elementos que son más bien de los hermanos del rey, Juan y sobre todo Tomás. El rey Enrique V es una obra más fidedigna sobre el personaje, pero se centra demasiado en la batalla de Azincourt, y no es ahí donde está el mayor interés del monarca”.

Jones explica que Falstaff, el disoluto mentor y compañero de francachelas del joven príncipe, es una invención de Shakespeare, aunque este se inspiró en el amigo de Enrique V John Oldcastle (1375-1417) y de hecho ese era el nombre original de Falstaff hasta que la familia le obligó a Shakespeare a cambiarlo para no ser asociados con el personaje teatral. Oldcastle le causó problemas de otro tipo a Enrique al profesar la herejía de los lolardos e incurrir en traición, y fue ahorcado y quemado.

¿Es menos interesante el Enrique V real que el de Shakespeare? “En absoluto, pero hay que reconocer que los historiadores tenemos en Shakespeare al mejor publicista, como sucede con Ricardo III. Shakespeare sintetiza maravillosamente la historia con enormes dramatismo y romanticismo. Aunque simplifica mucho y no olvidemos que mira al pasado medieval con la lente distorsionada del renacimiento y de la dinastía de los Tudor, a la que debía propiciar”. La famosa escena shakespeariana del Enrique hijo tomando la corona de su padre en el lecho de muerte de este pudo haber ocurrido en realidad, apunta el historiador, al igual que la broma insolente del delfín de Francia de enviarle pelotas de tenis para que se dedicara a jugar en lugar de a pensar en la guerra.

¿Qué hay de la sexualidad de Enrique?, un cronista dijo que “ardía en las llamas de Venus” cuando era príncipe. Jones hace una mueca. “No es un hombre de pasiones eróticas, la sexualidad no es una parte importante de su personalidad, sus pasiones son más políticas que sexuales, es más un monje que un rey”. En esto quizá el historiador se deja influir por su interés por los templarios, a los que ha dedicado otro de sus libros (el espléndido Los templarios, auge y caída de los guerreros de Dios, Ático, 2021), además de ser el asesor histórico de la serie Knightfall, sobre la caída de la orden. Jones sonríe. “Puede, pero Enrique V habría sido un buen templario. De hecho su muerte prematura, a causa de la disentería y quizá viruela, nos privó del tercer acto de su biografía: planeaba hacerse cruzado y reconquistar Jerusalén. Toda su vida fue un hombre extremadamente piadoso. Consideraba que hacía el trabajo de Dios”. El timing de la muerte de Enrique V fue muy malo: “Se creó un gran vacío de poder. Su hijo Enrique VI era un niño. Si hubiera muerto más tarde hubiera sido más fácil para Inglaterra”.

Curiosamente, cuando Dan Jones se lanza durante la entrevista a declamar un fragmento de Shakespeare no lo hace del famoso discurso del musculado y guerrero monarca antes de entrar en batalla y vencer a los franceses en Azincourt (la célebre arenga del día de San Crispín de la “band of brothers”), sino del tan triste y melancólico, devastador parlamento de Ricardo II (1367-1400) ante su destronamiento, que posibilitó, precisamente, el reinado de Enrique IV y de su hijo Enrique V. “Que nadie hable de consuelo. Hablemos de tumbas, de gusanos y de epitafios…”. Jones (Reading, 44 años) se sorprende cuando su interlocutor continúa las líneas: “Hagamos del polvo nuestro papel y con la lluvia de los ojos escribamos dolor en el seno de la tierra”. Es un momento singular, con el historiador y el periodista unidos por el Bardo (esa sí es una band of brothers) y remedando aquella situación en al que, en medio de la Segunda Guerra Mundial en Creta, el general alemán Heinrich Kreipe comenzó unos versos de Horacio y para su asombro el oficial británico que lo había apresado, Patrick Leigh Fermor, los continuó.

El rey Ricardo II, que cuenta la abdicación de ese monarca y el ascenso de Enrique IV, el padre de Enrique V, y los Lancaster no es una obra tan conocida como El rey Enrique V, pero es mi favorita, con esos monólogos de Ricardo tan poéticos”, explica inesperadamente Jones, que señala que ese parlamento en concreto, Shakespeare, “que era capaz de coger un pergamino viejo y darle vida”, lo sacó de las fuentes, de un discurso auténtico del rey cuando estaba prisionero en la Torre de Londres.

En todo caso, es mucho más popular la arenga de Azincourt. Jones escribe en su libro que Winston Churchill tenía sentimientos encontrados hacia el rey. ¿Sería por envidia de su gran discurso de guerra?: al cabo Churchill destacó por los suyos, como el de “sangre, sudor y lágrimas”, el “lucharemos en las playas”, etcétera, o el de los pocos, en los que parecía parafrasear a los “few” de Enrique. El historiador ríe. “No creo que fuera por eso, más bien porque las ambiciones de Enrique V en Francia causaron grandes problemas a Inglaterra en los siglos que vinieron. De hecho, el discurso shakespeariano de Enrique V se usó en la Segunda Guerra Mundial para estimular el espíritu de lucha británico en las horas difíciles de la contienda, al igual que se usó la propia personalidad del rey en la propaganda bélica, como en la película de Laurence Olivier de 1944”.

En realidad, matiza Jones, y esto será un disgusto para los mitómanos y shakespearianos pertinaces, no está claro qué fue lo que dijo el rey aquel 25 de octubre de 1415, cabalgando ante su ejército montado en un caballo blanco y gris, vestido con cota de malla y armadura de placas, luciendo, como lo describieron las crónicas, una deslumbrante sobreveste con los leones cuartelados de Inglaterra y las flores de lis de Francia, y un bacinete rematado por una corona de oro (casco que le chafaría de un hachazo en el posterior combate el duque de Alençon). Conociendo bien a su biografiado, el historiador duda de que hiciera un discurso muy largo, lírico y grandilocuente antes de entrar en batalla y se inclina, basándose en un testimonio de la época, por un más breve y verosímil: “Vamos allá, muchachos”. Jones considera que eso iba más con su carácter. “Era muy directo, lo ves en sus cartas; Shakespeare consideró las distintas versiones de lo que dijo aquel día y eligió la más pomposa”.

El libro de Jones está lleno de escenas de gran violencia (la quema de John Badly en un tonel, la decapitación del conde de Arundel, de la que se cuenta que el descabezado se levantó y se mantuvo erguido “el tiempo de rezar un padrenuestro”), ¿le ha influido al narrarlas ser también autor de una serie de novelas, la trilogía de Los perros de Essex (Ático), ambientadas en la guerra de los Cien Años? “Bueno, en realidad llevo 20 años escribiendo libros de historia y solo últimamente he hecho novela histórica. Ya en mis primeras obras, como las dedicadas a los Plantagenet o a la Guerra de las dos rosas, mi forma de narrar era bastante cinematográfica. Siempre pongo empeño en tratar de emplear maneras nuevas de hacer historia, y en Enrique V cuento su vida en presente, una forma heterodoxa de explicarla pero que nos lo aproxima”. Jones añade que no cree que sus novelas estén influenciadas por Bernard Cornwell (autor de una serie en la misma época, Arqueros del rey, en Edhasa). “Aunque me gusta mucho Cornwell, que ha popularizado el género de la ficción medieval y al que le agradezco que me haya apoyado, y es el mismo territorio narrativo, nuestra aproximación es distinta: mías novelas son de muchos personajes y la descripción de la violencia es distinta, más cercana a la de los hooligans”.

Un tema polémico con respecto a Enrique V y que ha perjudicado a su imagen de gran rey es la matanza de los prisioneros franceses tras la batalla de Azincourt. Es provocador preguntarle a Jones si el hecho de que los hiciera matar no puede compararse a la masacre de prisioneros en Malmedy por tropas de las SS del Kampfgruppe Peiper durante la Batalla de las Ardenas, en 1944. “No creo que sea comparable”, resopla el historiador, “son dos épocas distintas, con leyes de la guerra diferentes. Aquello era la Edad Media y significativamente, como muestran las fuentes de la época, no se reaccionó negativamente a la decisión de Enrique, ni siquiera lo hicieron los propios franceses (que, por cierto, portaban la oriflama, el estandarte que significaba que ellos no darían cuartel). Se entendió que los ingleses se sintieron amenazados por la posible llegada de otro ejército francés al que se podrían haber sumado los prisioneros. Los ingleses estaban en franca minoría y la orden de eliminar a los cautivos se tuvo por una necesidad militar. Compararlo con la acción de las SS en Malmedy no tiene sentido, ahí sí se rompieron tabúes y las reglas de la guerra”.

Jones vuelve a reír cuando se le pregunta si no es una papeleta para la monarquía británica actual de los Windsor mirarse en el espejo de Enrique V: a Carlos III le ha de doler. “Ciertamente, Enrique V era el rey medieval considerado perfecto, ejerció espectacularmente bien el liderazgo en tiempos de crisis, y tuvo mucha suerte de cómo lo apoyaron y ayudaron sus hermanos, mientras que cuando piensas en el príncipe Andrés…. Aunque también es verdad que no es lo mismo un rey de la Edad Media que uno actual, por supuesto”.

Cuando se le apunta que él, Jones, parece más Hal que Enrique V, ríe de nuevo. “Gracias, lo tomo como un cumplido, sobre todo si se refiere al príncipe de Shakespeare y al rey de verdad. Prefiero que me vean más como un tipo alegre y animado que como un monje”.

Ya que estamos, ¿los templarios andan de baja? “A la gente le siguen fascinando y se venden bien los libros sobre ellos, pero es cierto que no hay película sobre el tema desde hace tiempo, aunque para que veas lo que aún interesan, conocí a un grupo en Tennessee que se consideraban templarios”.

Enrique V, como otros reyes y líderes de entonces, eran guerreros que mataban por su propia mano y se involucraban físicamente en el combate. “Sí y con gran riesgo, Enrique fue herido un par de veces de gravedad y podría haber muerto. Comandaban desde primera línea. Las cosas han cambiado, no me veo a Trump pilotando un cazabombardero en una oleada de ataques a Teherán, pero con él nunca se sabe”.

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