En 1608 Johannes Kepler inventó, sin darse cuenta, el género de la ciencia ficción. Con su novela Somnium, un viaje a la Luna tan adelantado a su tiempo que tardó 26 años en publicarse, el astrónomo y matemático demostró que la realidad siempre tiene dos caras. Kepler llamó Subvolva a la parte visible de nuestro satélite natural y Privolva al lado oculto que solo la imaginación nos permite explorar. Desde entonces, el hemisferio invisible de la Luna ha recibido tal avalancha de ficciones que, según Reid Wiseman, comandante de la misión Artemis 2, lo que verán mañana desde las ventanillas de la nave Orión habrá de parecerse necesariamente a un sueño.
La misión Artemis 2 reaviva el interés por la cara oculta de nuestro satélite natural como fuente inagotable de creaciones artísticas en las que la ciencia y la ficción libran su particular carrera espacial
En 1608 Johannes Kepler inventó, sin darse cuenta, el género de la ciencia ficción. Con su novela Somnium, un viaje a la Luna tan adelantado a su tiempo que tardó 26 años en publicarse, el astrónomo y matemático demostró que la realidad siempre tiene dos caras. Kepler llamó Subvolva a la parte visible de nuestro satélite natural y Privolva al lado oculto que solo la imaginación nos permite explorar. Desde entonces, el hemisferio invisible de la Luna ha recibido tal avalancha de ficciones que, según Reid Wiseman, comandante de la misión Artemis 2, lo que verán mañana desde las ventanillas de la nave Orión habrá de parecerse necesariamente a un sueño.
Todas las artes, sin excepción, han sucumbido al hechizo de lo que la Luna esconde en su rotación sincrónica alrededor de la Tierra. Los griegos la convirtieron en diosa (Selene o Artemisa, hermana de Apolo) pero fue el poeta Ludovico Ariosto quien se atrevió a girar el espejo. En Orlando furioso la Luna funciona como depósito de todo lo que la humanidad desecha o pierde: el tiempo malgastado y las promesas incumplidas. Cyrano de Bergerac dedicó muchas páginas a descifrar el enigma, pero hubo que esperar dos siglos más para que Julio Verne iluminara su cara oculta con el fogonazo de un meteorito y uno de sus personajes creyera vislumbrar allí un osario de selenitas.
En Los primeros hombres en la Luna, H. G. Wells critica tanto el modo de vida alienante de una sociedad de insectoides como el impulso imperialista de sus visitantes. Contra los clichés del género y la tecnoverborrea de los imitadores de Arthur C. Clarke e Isaac Asimov se reveló Vladímir Nabokov en 1952 con un cuento, Lance, que explora los límites del lenguaje a través de un narrador que no consigue poner en palabras lo que un joven astronauta se va encontrando durante su travesía interplanetaria. Todo lo contrario a lo que sucede en Las cosmicómicas, donde Italo Calvino nos describe la superficie lunar como una costra de escamas que apesta a salmón ahumado.
En mayo de 1969, mientras orbitaban el lado oscuro de la Luna, los astronautas del Apolo 10 se sobrecogieron al escuchar la música del espacio exterior. Puesto que no hay sonido en el vacío, la NASA concluyó que debía de tratarse de alguna interferencia de radio. Inaudible es también el zumbido que Pitágoras asignó a la Luna en su escala cósmica y que cada compositor ha interpretado a su manera. En la ópera bufa Il mondo della luna, Haydn utilizó la tonalidad de mi bemol mayor como telescopio para escudriñar los cráteres y mares de nuestra vecina celeste, donde según el falso astrónomo Ecclitico habita una sociedad lunática de lo más avanzada.
No es la Luna, sino su reflejo lo que algunos críticos reconocieron en la famosa sonata de Beethoven. En cambio, en el ciclo de canciones Pierrot lunaire, Schoenberg convierte la oscuridad del astro en potencia irracional de un subconsciente disonante. Seis décadas después, en 1972, la banda Pink Floyd se encerró en los estudios de Abbey Road para grabar The Dark Side of the Moon, un álbum imperecedero que pone rumbo al espacio para ocuparse de las angustias modernas de los terrícolas. La compositora Unsuk Chin eligió el mismo título para su segunda ópera, recién estrenada en Hamburgo, sobre un físico brillante consumido por sus propios fantasmas.
La razón por la que la Luna no dejó rastro alguno en el archivo fílmico de los Lumière es sencilla: las emulsiones de la época no captaban la luz nocturna. Al final fue Méliès el primero en ponerle cara (una con un cohete incrustado en el ojo) y Fritz Lang quien conquistó su reverso en La mujer en la Luna (que los nazis confiscaron por revelar secretos de su programa militar). Las salas siguieron llenándose con las versiones de Irving Pichel y Nathan Juran. En 1995 Apolo 13 de Ron Howard recaudó 355 millones de dólares. La temática del lado oscuro no se agota, solo muta: del cine independiente de Duncan Jones a la tercera entrega de la saga Transformers de Michael Bay.
Lo que la Luna esconde encuentra un equivalente cinematográfico en el fuera de campo: eso que la cámara no muestra pero que el espectador percibe, intuye o teme. Kubrick no solo fue maestro de esta técnica (que explotó hasta el extremo en El resplandor), sino que su enfermiza obsesión por el detalle lo llevó a emplear las carísimas ópticas Zeiss diseñadas para la NASA y a contratar a un ejército de ingenieros para supervisar el imponente decorado de la Luna en 2001: Odisea en el espacio. La leyenda cuenta que Nixon presionó al director para que aceptara rodar un falso alunizaje en caso de que fracasara la misión capitaneada por Neil Armstrong.
Hay huellas de los ciclos lunares en las cuevas de Altamira que datan de hace más de 20.000 años: marcas en la roca y calendarios grabados en hueso. Los egipcios, grandes astrónomos, ajustaron los rituales a sus fases. Pero la primera pintura naturalista (sin contar los dibujos de Leonardo da Vinci) se suele atribuir a Jan van Eyck en el siglo XV. Después vendrían muchos otros (Cigoli, Goya, Turner, Van Gogh, Klee…), pero ninguno se atrevió a dar la vuelta a la Dama de Plata, que mantuvo su forma de moneda brillante hasta que, en 1959, la sonda soviética Luna 3 transmitió las primeras imágenes (granuladas, borrosas, casi abstractas) de la cara B de nuestro satélite.
En El libro de la Luna (Blackie) la astrofísica Fatoumata Kébé explica que la Unión Soviética aprovechó la hazaña para bautizar algunas formaciones topográficas con referencias propias, como el Mar de Moscú. A partir de entonces, el lado no visible de la Luna entró en fase de desmitificación. La fantasía dio paso a la geología, los monstruos cobraron forma de montañas y se descartó la presencia de civilizaciones perdidas en sus cráteres. La nueva carrera espacial ya no busca resolver el misterioso origen de la Luna, sino averiguar si nuestro destino tiene cabida allí. Los astronautas de la NASA dispondrán de apenas seis horas para escribir este nuevo capítulo de la historia.
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