Lucian Freud o el dibujante que forjó al pintor

La exposición que la National Portrait Gallery de Londres dedica a Lucian Freud hasta el próximo 4 de mayo escarba en los cuadros del gran artista figurativo del siglo XX para rescatar su no tan reconocida faceta como exquisito dibujante. Un paseo por las salas donde cuelgan las más de 170 obras reunidas en esta muestra, muchas de ellas nunca expuestas al público hasta ahora, permite reconocer la visión y técnica del lápiz, la cera, el carboncillo, la acuarela e incluso el grabado que, como una corriente subterránea, caló entre las capas de sus lienzos, algunos de los cuales también están en esta exposición.

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 La National Portrait Gallery de Londres recorre el trabajo del artista desde su infancia hasta sus últimos años con el dibujo como hilo conductor  

La exposición que la National Portrait Gallery de Londres dedica a Lucian Freud hasta el próximo 4 de mayo escarba en los cuadros del gran artista figurativo del siglo XX para rescatar su no tan reconocida faceta como exquisito dibujante. Un paseo por las salas donde cuelgan las más de 170 obras reunidas en esta muestra, muchas de ellas nunca expuestas al público hasta ahora, permite reconocer la visión y técnica del lápiz, la cera, el carboncillo, la acuarela e incluso el grabado que, como una corriente subterránea, caló entre las capas de sus lienzos, algunos de los cuales también están en esta exposición.

Lucian Freud: Drawing into Painting se aleja del relato biográfico al uso y recorre desde una perspectiva fundamentalmente pictórica la larga trayectoria del artista: desde las cartas coloreadas y con dibujos que de niño enviaba en Berlín a sus abuelos —el legendario padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, y su esposa Martha— hasta las últimas obras que acometió en el siglo XXI, ya octogenario. Fue en esos últimos años cuando Sarah Howgate, comisaria de esta muestra, trató con el artista y su asistente, David Dawson, para preparar la gran exposición que en 2012 abrió en la misma National Portrait Gallery, un proyecto centrado en su trabajo como retratista. “Nos reunimos en el Clarke’s, donde siempre acudía a tomar el desayuno, y diseñamos con cuidado aquella muestra que sólo incluyó un par de dibujos”, recuerda en conversación telefónica la especialista. “Ha habido tantas exposiciones de su obra desde entonces que no queríamos replicar lo que ya se ha hecho, ni centrar este nuevo proyecto en su compleja vida personal. Recorremos su historia, pero a través del dibujo. Sus cuadernos son un diario visual, algo muy privado que revela otra cara del artista. Pensaba sobre el papel, y estos bocetos muestran sus ideas sobre cómo crear arte”.

Nacido en Berlín en 1922, los dibujos infantiles de Freud que cuelgan en la National Portrait Gallery fueron guardados con mimo por su madre, Lucie, una figura central en su desarrollo artístico que fomentó sus dotes y alentó su vocación, y a quien el artista pintó en numerosas ocasiones. Los retratos que hizo, cuando ella enviudó se encuentran en las últimas salas de la muestra, también Large Interior W9 (1973), el inquietante doble retrato en el que aparece sentada con Jaquetta Eliot desnuda en una cama a sus espaldas.

La familia Freud se había trasladado desde Alemania a Reino Unido en 1933, cuando Lucian contaba 10 años y apenas hablaba inglés. En el dibujo encontró una forma de comunicación y su querencia por el dibujo tuvo un buen encaje en las escuelas progresistas donde se formó. Tras su paso por el internado Dartington Hall, por el Bryanston School, donde se forjó su amistad con el poeta Stephen Spender que impartía clases allí, y por el East Anglian School of Painting and Drawing, una suerte de colonia de artistas creada por Cedric Morris, Freud despuntaba como joven creador. Los dibujos a tinta, con un toque expresionista, que hizo a finales de 1939 en un cottage de Gales donde trabajaba junto a su amigo David Kentish así lo muestran. En muchos de ellos, de trazo rápido, asoma su talento como retratista y esa capacidad que tuvo de plasmar imágenes que son casi como frases en una conversación, o principios de una historia.

La siguiente década, Freud se volcó con ahínco en el dibujo, centrado en el retrato, sí, pero también en la reproducción de fauna y la flora. Estas obras muestran las dotes de un joven y talentoso artista más permeable a la influencia de otros grandes creadores, desde Picasso hasta Balthus, de lo que sería más adelante, pero alguien, que sabe crear atmósferas. ¿Hay algo surrealista en estas obras? “Él rechazaba el surrealismo. Dijo aquello de qué hay más surrealista que una nariz entre dos ojos. Muchos también señalaron esa zebra que pintó dentro de un salón, pero lo cierto es que estaba realmente en su estudio”, matiza Howgate. “Freud sostenía que todo era un retrato y observaba el mundo de forma exhaustiva, con mucha atención. Y quizá ese hiperrealismo está al borde de lo surreal”.

Uno de los postulados que la nueva exposición desmonta es el que sostiene que Freud abandonó el dibujo al final de la década de los cuarenta. Según explica el catálogo, su amistad con Francis Bacon, a quien conoció en 1944 y a quien retrató en varios de los dibujos mostrados ahora, tuvo que ver en su decisión de volcarse como artista en la pintura. A mediados de la siguiente década había logrado desarrollar su potente lenguaje pictórico, pintaba de pie y con pinceles duros de cerda. Pero el dibujo seguía ahí, aunque fuera de forma más privada en sus cuadernos, ajenos éstos a cualquier orden cronológico o temático, llenos de repeticiones. Son muestra fehaciente de sus obsesiones como pintor y registro cotidiano de su vida, con anotaciones, listas, cuentas, o números de teléfono. “En ellos escribe ideas y pensamientos, como, por ejemplo, su reflexión sobre cómo la cabeza en un retrato debe ser un miembro más en un cuadro. Además, muchos de los bocetos los realizó cuando el retrato ya estaba completado, más como una especie de diario que como una herramienta para discernir la composición de una obra”, apunta Howgate.

En la exposición los dibujos con acuarela y en gouache que realizó en los sesenta rompen las líneas, resulta más complicado corregir los trazos que emplea para retratar a sus hijas Anabelle y Annie, o a sus padres. Y los grabados marcan otra importante línea: se muestran lo que hizo de algunos de sus retratos, también las copias de cuadros de Constable, Turner o Chardin. Freud sostenía que su intención iba más allá de capturar la luz sobre un cuerpo, como hace la fotografía, que él quería adentrarse más allá, en la mente de las personas que posaban para él. Su talento como dibujante sostuvo su fuerza como pintor, y las obras en las salas de la National Portrait Gallery permiten verlo. Las palabras que Freud tenía escritas con carboncillo en las paredes de su estudio en Holland Park resumen su prodigioso arte: “URGENTE SUTIL CONCISO ROBUSTO”.

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