Los incendios que sí sabíamos cómo evitar

Cada verano se instala un poco más la idea de que arder es inevitable. Volvemos a mirar los fuegos como quien mira una fatalidad. Aunque sean menos incendios que otros años, son enormes y veloces, imposibles de frenar una vez que arrancan. Y la clave no está en las llamas, sino en lo que viene antes, la prevención. Quien trabaja en la gestión del territorio sabe que todo lo que arde este verano estaba muy en riesgo antes de la primera chispa.

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 La herramienta más eficaz contra los grandes incendios no es un avión sino un territorio vivo  

Cada verano se instala un poco más la idea de que arder es inevitable. Volvemos a mirar los fuegos como quien mira una fatalidad. Aunque sean menos incendios que otros años, son enormes y veloces, imposibles de frenar una vez que arrancan. Y la clave no está en las llamas, sino en lo que viene antes, la prevención. Quien trabaja en la gestión del territorio sabe que todo lo que arde este verano estaba muy en riesgo antes de la primera chispa.

Los grandes incendios de este verano no son grandes porque haya más fuegos (de hecho, hay menos), sino porque el país entero se ha convertido en combustible. Tenemos más bosque que nunca, cerca de 18 millones de hectáreas frente a los 12 de los años setenta, pero es un bosque abandonado, cerrado, sin pastores, sin campos entre medias, sin nadie que haga los clareos necesarios. Décadas de despoblación rural han dejado una alfombra continua de vegetación por la que el fuego corre sin encontrar un solo obstáculo. Eso sí lo hemos construido nosotros. Y eso sí podemos deshacerlo.

Y no sale a cuenta ni siquiera con la calculadora en la mano. Apagar una hectárea cuesta entre seis y diez veces más que haberla prevenido: alrededor de 19.000 o 20.000 euros frente a unos 2.000. Dicho de otro modo, y esto lo firman por igual ecologistas y economistas forestales: cada euro invertido en prevención ahorra en torno a 100 en extinción. La factura estimada de un verano excepcional como el de 2025, con más de 400.000 hectáreas quemadas, rozó los 8.000 millones de euros (una cifra que no cabe en ninguna partida presupuestaria ordinaria). Con una fracción de eso, gastada antes y no después, se podría gestionar buena parte del monte español.

Hasta aquí, el diagnóstico. Pero yo no he escrito esto para sumarme al coro de lo que se hace mal, que ya está bastante lleno. Lo he escrito porque sé (lo sabemos muchos, lo llevamos haciendo años) que hay una forma de hacer las cosas que funciona.

La herramienta más eficaz contra los grandes incendios no es un avión sino un territorio vivo. Un rebaño que pasta reduce la maleza que alimenta el fuego. Un olivar activo, un almendro cuidado, un bancal mantenido abren interrupciones en esa alfombra continua de vegetación y le ponen freno a las llamas. A eso lo llamamos cortafuegos verdes: campos y ganado que producen alimento y, de paso, protegen el territorio. Es la infraestructura de prevención más barata, más rentable y más viva que existe. Y no lo digo en abstracto. En Viver, un pequeño municipio de Castellón golpeado por el fuego, estamos cartografiando parcela a parcela dónde la agricultura puede hacer de barrera frente al incendio, para diseñar con los propios agricultores un paisaje que arda menos y se recupere mejor. Es un proyecto pequeño, pero demuestra que la metodología existe, es replicable y ya está sobre el terreno.

Y se puede pagar de forma inteligente. De hecho, el instrumento ya existe: la PAC contempla un ecorrégimen que retribuye el pastoreo extensivo. El problema es la cuantía. En los pastos mediterráneos ese pago ronda los 41 euros por hectárea al año, demasiado poco para que a nadie le compense mantener un rebaño donde antes había monte. Si esa retribución fuera suficiente para vivir de ella, tendríamos cola de gente joven queriendo volver al campo. Y aun multiplicándola varias veces seguiría costando una fracción de lo que gastamos hoy en apagar, además de crear empleo y fijar población donde hoy solo hay monte cerrado. No es un gasto sino la mejor inversión en seguridad que este país tiene sobre la mesa.

Queda un telón de fondo que no podemos obviar. El mundo se calienta, y no hace falta ir lejos para tomarle la temperatura. Este verano, cerca del 80% del Mediterráneo vive una ola de calor marina, el quinto verano consecutivo en estas condiciones. Es el termómetro que confirma el diagnóstico: el clima es el escenario en el que ardemos. Cambiarlo es una tarea en paralelo, de décadas, conjunta y de todos. Pero no puede servirnos de excusa para desatender lo que sí está hoy en nuestra mano.

Identificar bien el problema es el primer paso para resolverlo, y este ya lo conocemos. Solo falta actuar cada día, y hacerlo en alianza con quienes habitan el monte, con los expertos y las administraciones. Invertir cada día, sabiendo que es rentable, es la diferencia entre lamentar y evitar incendios.

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