Las relaciones, especialmente las de pareja, nunca han sido sencillas. Al fin y al cabo, pocas cosas tienen tanta capacidad para sacar a la superficie nuestros miedos, carencias, expectativas y contradicciones al vincularnos de verdad con otra persona. El problema es que ahora hemos añadido un ingrediente nuevo a la ecuación: las redes sociales. Y aquello que ya era complejo se ha convertido en un campo de minas digital.
Hemos inventado más palabras para describir lo que ocurre entre dos personas que soluciones para aprender a relacionarnos mejor. Ghosting, breadcrumbing, orbiting, benching, floodlighting… un diccionario de anglicismos infumables para describir malestares que, en realidad, son bastante antiguos. Porque desaparecer cuando la relación se vuelve más cercana no lo inventó Tinder. Tener miedo al compromiso tampoco. Ni necesitar atención constante, ni sentir celos, ni mantener a alguien cerca sin querer construir nada con esa persona. Lo que sí han hecho las redes sociales es ofrecernos un escenario extraordinariamente eficaz para amplificar todo eso.
Y aquí está el quid de la cuestión, el ‘oro molido’ para la evolución de cada persona. Porque te cuento un secreto (a voces): todos aquellos aspectos que yo no quiera ver de mí se pondrán de manifiesto cuando empiece a relacionarme desde la virtualidad de una pantalla. Si de algún modo siento inseguridad, probablemente sentiré mucha inquietud cuando esa persona no me conteste, tarde más de lo esperado o me deje en visto. Si tengo miedo a comprometerme para que no me hagan daño, quedaré con tres personas a la vez y así mantengo la falsa sensación de que quiero una relación cuando, en realidad, estoy haciendo todo lo posible para no implicarme demasiado con nadie. Si necesito sentir que alguien me elige, estaré pendiente de quién me escribe, quién reacciona a mi post en Instagram o cuánto interés muestra la otra persona.
Y así, cada pequeño gesto empezará a convertirse en una medida de mi propio valor. Y este es el terrible error: empezar a depender de que alguien me valide externamente o me complete para sentir bienestar. Pero es que además, cuando me relaciono a través de una pantalla con alguien a quien apenas conozco, se produce un fenómeno bastante curioso al que prestamos muy poca atención, a pesar de lo evidente que es. Cada palabra y cada frase que leo en un chat la interpreto desde mi filtro particular: desde mis heridas, mis anhelos, mis expectativas o, incluso, desde cómo me haya levantado ese día.
Los mil y un significados de cuatro letras
Porque un “vale” puede parecerme completamente normal o puedo leerlo como una señal inequívoca de que esa persona ha perdido el interés. El mensaje es exactamente el mismo. Lo que cambia es quien lo está leyendo. Y entonces, es difícil no darse cuenta de que muchas veces no me estoy relacionando tanto con lo que está ocurriendo, sino con mis propias reacciones, mis interpretaciones y las ideas que voy construyendo acerca de quién es la persona que hay al otro lado. Porque puede que ni siquiera la haya visto todavía en vivo y en directo y yo ya haya decidido que es una persona sensible, distante, interesante, intensa, fría, maravillosa o emocionalmente inaccesible. A saber… Y todo a partir de unos cuantos mensajes. En serio, ¿no te parece una locura?
Pero es que, desde ese lugar de fantasía personal, las personas llegan a las citas. Enfundadas en el personaje que consideran que gustará más y con el checklist de anhelos, expectativas y preferencias debajo del brazo. Y desde ahí sometemos a quien tenemos delante a una especie de proceso de selección basado, nuevamente, en nuestra interpretación y en esa carta a los Reyes Magos donde hemos descrito con bastante precisión cómo debería ser nuestra persona ideal.
Ni que decir tiene que, en toda esa parafernalia que montamos para averiguar si quien tengo delante puede aplicar al puesto vacante llamado “mi pareja”, hay algo que apenas estoy haciendo: ver a esa persona. Porque ver a alguien de verdad exige mucho más que comprobar si cumple nuestros requisitos. Exige que yo deje de juzgarla y me abra a dejar espacio para que pueda descubrir quién es. No quien yo necesito que sea para que encaje con mi molde y así por fin pueda tener pareja otra vez.
Conocer a otra persona requiere su tiempo. Requiere el trato de quien se relaciona desde la autenticidad y no desde presentarme como la mejor oferta del mercado para que quien tengo delante me acabe eligiendo. Y es que, muchas veces las ganas de tener una pareja apremia. Y a muchas personas les sale más a cuenta inventarse a quien tienen delante, que cultivar la paciencia de conocerle sin empezar la casa por el tejado. Y con esta metáfora arquitectónica, me refiero a que hoy podemos compartir cama con alguien a una velocidad de vértigo y, al mismo tiempo, no tener ni idea de quién tenemos delante.
Una cosa es tener química, y otra, el resto
Y ojo, que esto no está ni mal ni bien. Simplemente hay una cosa que tenemos que tener muy clara: pasión no es igual a compatibilidad. Porque que una relación tenga química sexual, no quiere decir necesariamente que tenga vínculo emocional. Por otra parte, hay que dejar claro que conocer datos sobre alguien y conocer a alguien son dos cosas totalmente distintas. Puedes saber cuál fue la peor relación de esa persona, qué heridas tiene con su padre, qué busca en una pareja, dónde quiere vivir y cuál es su trauma de infancia después de tres noches de conversaciones hasta las tantas. Y aun así no saber cómo trata a alguien cuando se enfada, cómo se comporta en una relación, si lo que dice coincide con lo que hace… Y todo eso no se descubre preguntando, se descubre observando y con tiempo.
Relacionarse con otra persona siempre va a desafiarnos. Y probablemente todavía más cuando buena parte de esa relación se empiece a construir a través de una pantalla. Por eso, lo importante es no perderte de vista a ti mientras intentas conocer al otro. Darte cuenta de cuándo estás abriéndote a conocer de verdad a la persona y cuándo empiezas a completar los huecos con tus deseos, tus miedos o tus expectativas.
Ser consciente de esa diferencia no evitará que una relación pueda decepcionarte, ni hará que todo salga como esperas. Pero sí puede evitar algo mucho más importante: que confundas durante demasiado tiempo la realidad con la historia que tú mismo te habías contado sobre ella. Porque quizá relacionarnos con más conciencia empiece por algo tan sencillo y tan difícil como esto: aprender a ver al otro sin dejar de observar desde dónde lo estamos mirando.
Las nuevas vías para iniciar o mantener una relación han convertido el camino al corazón en un campo de minas.
Las relaciones, especialmente las de pareja, nunca han sido sencillas. Al fin y al cabo, pocas cosas tienen tanta capacidad para sacar a la superficie nuestros miedos, carencias, expectativas y contradicciones al vincularnos de verdad con otra persona. El problema es que ahora hemos añadido un ingrediente nuevo a la ecuación: las redes sociales. Y aquello que ya era complejo se ha convertido en un campo de minas digital.
Hemos inventado más palabras para describir lo que ocurre entre dos personas que soluciones para aprender a relacionarnos mejor. Ghosting, breadcrumbing, orbiting, benching, floodlighting… un diccionario de anglicismos infumables para describir malestares que, en realidad, son bastante antiguos. Porque desaparecer cuando la relación se vuelve más cercana no lo inventó Tinder. Tener miedo al compromiso tampoco. Ni necesitar atención constante, ni sentir celos, ni mantener a alguien cerca sin querer construir nada con esa persona. Lo que sí han hecho las redes sociales es ofrecernos un escenario extraordinariamente eficaz para amplificar todo eso.
Y aquí está el quid de la cuestión, el ‘oro molido’ para la evolución de cada persona. Porque te cuento un secreto (a voces): todos aquellos aspectos que yo no quiera ver de mí se pondrán de manifiesto cuando empiece a relacionarme desde la virtualidad de una pantalla. Si de algún modo siento inseguridad, probablemente sentiré mucha inquietud cuando esa persona no me conteste, tarde más de lo esperado o me deje en visto. Si tengo miedo a comprometerme para que no me hagan daño, quedaré con tres personas a la vez y así mantengo la falsa sensación de que quiero una relación cuando, en realidad, estoy haciendo todo lo posible para no implicarme demasiado con nadie. Si necesito sentir que alguien me elige, estaré pendiente de quién me escribe, quién reacciona a mi post en Instagram o cuánto interés muestra la otra persona.
Y así, cada pequeño gesto empezará a convertirse en una medida de mi propio valor. Y este es el terrible error: empezar a depender de que alguien me valide externamente o me complete para sentir bienestar. Pero es que además, cuando me relaciono a través de una pantalla con alguien a quien apenas conozco, se produce un fenómeno bastante curioso al que prestamos muy poca atención, a pesar de lo evidente que es. Cada palabra y cada frase que leo en un chat la interpreto desde mi filtro particular: desde mis heridas, mis anhelos, mis expectativas o, incluso, desde cómo me haya levantado ese día.
Los mil y un significados de cuatro letras
Porque un “vale” puede parecerme completamente normal o puedo leerlo como una señal inequívoca de que esa persona ha perdido el interés. El mensaje es exactamente el mismo. Lo que cambia es quien lo está leyendo. Y entonces, es difícil no darse cuenta de que muchas veces no me estoy relacionando tanto con lo que está ocurriendo, sino con mis propias reacciones, mis interpretaciones y las ideas que voy construyendo acerca de quién es la persona que hay al otro lado. Porque puede que ni siquiera la haya visto todavía en vivo y en directo y yo ya haya decidido que es una persona sensible, distante, interesante, intensa, fría, maravillosa o emocionalmente inaccesible. A saber… Y todo a partir de unos cuantos mensajes. En serio, ¿no te parece una locura?
Pero es que, desde ese lugar de fantasía personal, las personas llegan a las citas. Enfundadas en el personaje que consideran que gustará más y con el checklist de anhelos, expectativas y preferencias debajo del brazo. Y desde ahí sometemos a quien tenemos delante a una especie de proceso de selección basado, nuevamente, en nuestra interpretación y en esa carta a los Reyes Magos donde hemos descrito con bastante precisión cómo debería ser nuestra persona ideal.
Ni que decir tiene que, en toda esa parafernalia que montamos para averiguar si quien tengo delante puede aplicar al puesto vacante llamado “mi pareja”, hay algo que apenas estoy haciendo: ver a esa persona. Porque ver a alguien de verdad exige mucho más que comprobar si cumple nuestros requisitos. Exige que yo deje de juzgarla y me abra a dejar espacio para que pueda descubrir quién es. No quien yo necesito que sea para que encaje con mi molde y así por fin pueda tener pareja otra vez.
Conocer a otra persona requiere su tiempo. Requiere el trato de quien se relaciona desde la autenticidad y no desde presentarme como la mejor oferta del mercado para que quien tengo delante me acabe eligiendo. Y es que, muchas veces las ganas de tener una pareja apremia. Y a muchas personas les sale más a cuenta inventarse a quien tienen delante, que cultivar la paciencia de conocerle sin empezar la casa por el tejado. Y con esta metáfora arquitectónica, me refiero a que hoy podemos compartir cama con alguien a una velocidad de vértigo y, al mismo tiempo, no tener ni idea de quién tenemos delante.
Una cosa es tener química, y otra, el resto
Y ojo, que esto no está ni mal ni bien. Simplemente hay una cosa que tenemos que tener muy clara: pasión no es igual a compatibilidad. Porque que una relación tenga química sexual, no quiere decir necesariamente que tenga vínculo emocional. Por otra parte, hay que dejar claro que conocer datos sobre alguien y conocer a alguien son dos cosas totalmente distintas. Puedes saber cuál fue la peor relación de esa persona, qué heridas tiene con su padre, qué busca en una pareja, dónde quiere vivir y cuál es su trauma de infancia después de tres noches de conversaciones hasta las tantas. Y aun así no saber cómo trata a alguien cuando se enfada, cómo se comporta en una relación, si lo que dice coincide con lo que hace… Y todo eso no se descubre preguntando, se descubre observando y con tiempo.
Relacionarse con otra persona siempre va a desafiarnos. Y probablemente todavía más cuando buena parte de esa relación se empiece a construir a través de una pantalla. Por eso, lo importante es no perderte de vista a ti mientras intentas conocer al otro. Darte cuenta de cuándo estás abriéndote a conocer de verdad a la persona y cuándo empiezas a completar los huecos con tus deseos, tus miedos o tus expectativas.
Ser consciente de esa diferencia no evitará que una relación pueda decepcionarte, ni hará que todo salga como esperas. Pero sí puede evitar algo mucho más importante: que confundas durante demasiado tiempo la realidad con la historia que tú mismo te habías contado sobre ella. Porque quizá relacionarnos con más conciencia empiece por algo tan sencillo y tan difícil como esto: aprender a ver al otro sin dejar de observar desde dónde lo estamos mirando.
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