Un delicado hilo de seda cose los siete kilos del mantón que movía con gracia la bailaora Pastora Imperio con un galeón que conectó Asia con Europa durante dos siglos y medio. La misma hebra anudó esos delicados bordados manufacturados en la ciudad china de Cantón hasta convertirlos en el icono cultural español que el artista José Pérez Ocaña usaba para subvertir el género. El mantón de Manila, esa delicada prenda que ni siquiera era de Filipinas, sirve como hilo conductor de una exposición que reivindica a Cádiz como puerto europeo de la red comercial del Galeón, este sí, de Manila, esa ruta comercial por la que circularon personas, conocimientos y arte que la convirtieron en un ejemplo temprano de globalización comercial y cultural.
Una exposición en Cádiz rescata 27 mantones de una singular colección privada para reconstruir el intercambio global que tejió el Galeón de Manila
Un delicado hilo de seda cose los siete kilos del mantón que movía con gracia la bailaora Pastora Imperio con un galeón que conectó Asia con Europa durante dos siglos y medio. La misma hebra anudó esos delicados bordados manufacturados en la ciudad china de Cantón hasta convertirlos en el icono cultural español que el artista José Pérez Ocaña usaba para subvertir el género. El mantón de Manila, esa delicada prenda que ni siquiera era de Filipinas, sirve como hilo conductor de una exposición que reivindica a Cádiz como puerto europeo de la red comercial del Galeón, este sí, de Manila, esa ruta comercial por la que circularon personas, conocimientos y arte que la convirtieron en un ejemplo temprano de globalización comercial y cultural.
De seda, en tejidos como el tafetán o el crespón, con enflecados más sobrios o con elaboradas formas de piña, maría alegría o almendrón. De los antiguos de ala de mosca —por su color parduzco— al intrincado universo de los chinescos. De las grandes y coloridas flores de los hispanos a los enriquecidos, conocidos así por incorporar piedras semipreciosas, nácar o plata. En total, hasta 27 mantones, escogidos con mimo de la colección privada de la Fundación Perraut de Málaga, forman parte de la muestra ¿Dónde vas con mantón de Manila? La ruta del Galeón que vistió a las españolas, que se inaugura este jueves y que será visitable en la Casa de Iberoamérica de Cádiz hasta el próximo 9 de enero.
“Es la historia de una prenda que hicimos nuestra sin serlo”, resume Dolores Vargas, comisaria de la exposición y buena conocedora de unos mantones que ella se encargó de catalogar y documentar. Es precisamente esa naturaleza dual, ejemplo de cómo un intercambio internacional se convierte en un icono identitario nacional, la que mejor explica lo que supuso la ruta del Galeón de Manila para los territorios que conectó durante dos siglos y medio. Por eso Inmaculada Gavira y Aránzazu Martialay tenían claro que debía ser el mantón y su historia de ida y vuelta el protagonista de la tercera edición de las jornadas por el Día Mundial del Galeón, fijado por la Unesco desde 2009 cada 8 de octubre.
Gavira y Martialay, directoras de las jornadas y a su vez delegada y subdelegada de la Asociación Hespérides en Cádiz, se embarcaron en la empresa de conmemorar esta fecha internacional tras ver que una ciudad cuyos muelles participaron durante siglos en esa red comercial no la festejaba. Tras dedicar el primer año a la ruta en general y el segundo al comercio, este tercero está dedicado “al puente entre culturas” que supuso, como explica Gavira. Por esa red, regulada por la Corona y sostenida también por comerciantes particulares, circularon conocimientos, arte e ideas en una ruta que tenía un tramo terrestre y ni siquiera estaba compuesta por un único buque. “Es de las primeras globalizaciones”, apunta Martialay.
La ruta transpacífica se estableció en 1565, cuando el agustino Andrés de Urdaneta trazó el tornaviaje desde Filipinas hasta Acapulco. El servicio, que se mantuvo hasta 1815, enlazaba ambos territorios con expediciones anuales. Desde Acapulco, las mercancías atravesaban Nueva España, pasando por Ciudad de México hasta Veracruz, donde conectaban con las flotas atlánticas que llegaban a Sevilla y Cádiz. En sentido contrario, los barcos llevaban principalmente plata americana hacia Manila y podían hacer escala en las islas Marianas. Desde Filipinas llegaban finas porcelanas, especias y mucha seda. “Era muy valiosa porque pesaba poco y se podía embarcar mucha cantidad, por eso se convirtió en un objeto de contrabando muy preciado”, explica Martialay.
Pero desde Cantón, la ciudad china de la que procedía esa seda que embarcaba en Manila, el tejido ya salía bordado en delicadas y coloridas creaciones que primero recalaron y gustaron en Nueva España —actual México— y luego en la península. “Allí se hacía para comercializar y en España se le dio uso para vestir, especialmente para el espectáculo y el flamenco”, detalla Vargas. Fue durante el siglo XIX cuando el mantón circuló entre distintos grupos sociales: se convirtió en prenda de lujo entre las clases acomodadas, mientras que a la par quedó estrechamente vinculado a las manolas, las mujeres gitanas y las artistas flamencas.
“Los mantones solían llegar de Cantón sin flecos”, señala Gavira. Así que pronto se creó una industria artesanal de flecos de seda en el pueblo sevillano de Cantillana, donde las mujeres aún siguen cultivando el arte del enrejado con la técnica de los nudos de macramé. Pronto, otra localidad sevillana, Villamanrique de la Condesa, se lanzó directamente a bordar sobre seda esos mismos motivos que veían venir de China Gavira, hasta crear una valiosa industria artesanal que arrancó en la década de los años veinte del siglo XX y que también sigue viva.
La colección Perraut tiene piezas icónicas desde 1830 en adelante, tanto de estos centros de producción como procedentes de Asia. La muestra de Cádiz incluye de hecho las delicadas cajas decoradas en las que viajaban los mantones desde Cantón o un baúl de alcanfor con el mismo uso. “La selección para la exposición está muy cuidada”, apunta Vargas, en referencia a una colección mucho mayor que ya protagonizó otra cita en mayo de 2025, en el Museo de Málaga. En esta ciudad es donde reside Encarnita Perraut, dueña de unas piezas que comenzó coleccionando su padre de una forma casi casual.
“Él empezó la colección porque era joyero y cuando compraba los lotes de joyas a veces iban con mantones y mantillas. Cuando fallecieron los padres, Encarnita heredó una parte y ella ha continuado la labor coleccionista”, detalla Vargas. Tanto que Perraut, de 91 años y que estará presente este jueves en la inauguración, además de darles uso ha sido capaz de engrandecer el catálogo con piezas icónicas. Es el caso del impresionante mantón de Pastora Imperio, una pesada pieza de estilo hispano —por sus grandes y coloridas flores— con la que la bailaora gitana se subía a los escenarios. O la pieza que recrea una corrida completa y que, según la documentación de la colección, perteneció al Limeño, un torero malagueño que aprendió a torear en Perú. Lo habría regalado a su esposa o amante, quien después bordó en él la fecha de su muerte: 1869.
En los caballetes reposa también un impresionante mantón chinesco enriquecido con añadidos de plata y otro adornado con la misma técnica con piedras semipreciosas. “Es el de la Grande de España. Encarnita se lo compró a una importante mujer que le hizo prometer que nunca desvelaría su identidad, así que lo denominamos así”, asegura la comisaria. La exposición se completa con una pequeña reproducción de un galeón, cedida por la Armada, y dos cuadros de José Cruz Herrera, pintor costumbrista del siglo XX que recurrió con frecuencia a los retratos con mantón y que tiene su museo en La Línea de la Concepción.
Entre pieza y pieza, un biombo, un sofá, dos sillas de anea y dos espejos recuerdan otro de los usos del mantón: la decoración. “Han servido para engalanar un balcón para una procesión, el tendido de una plaza de toros, echarlo sobre un biombo o un piano”, detalla Vargas. En la moda, llevan más de un siglo siendo piezas de inspiración y uso constante —ahí están las colecciones de los diseñadores Palomo Spain, Juan Duyos o Juana Martín—; en el baile flamenco es pieza de trabajo solo para las bailaoras más avezadas y en la performance y el arte drag sirve para romper el género, al menos, desde los tiempos del pintor José Pérez Ocaña. “Eso por no hablar de la connotación sexual del retrato de la mujer desnuda con mantón. Hay un universo maravilloso en torno a él”, zanja Vargas.
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