Arde Bogotá ensancha los límites del rock español con su inspirado nuevo disco

Cuando el rock español joven parecía un asunto marginal y limitado a una escorada minoría, llegó Arde Bogotá y lo llevó de nuevo a la cima, a llenar pabellones, a arrastrar a miles de seguidores a festivales, a conseguir que un público amplio vibre con las guitarras rotundas y las canciones viscerales. A las mieles del éxito suele acompañarlas el recelo de una parte del público y de algunos críticos, sectores ambos ruidosos y llenos de suspicacias. Desde que el cuarteto de Cartagena se transformó en un acontecimiento musical de envergadura, se abrió la veda en busca de vetas que alimenten la desconfianza hacia su propuesta. Esta tendencia va a seguir después del previsible éxito de su tercer disco, de título tan rimbombante, Manufacturas del Club de la Gente Sola.

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 En ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’ el cuarteto de Cartagena confirma un nivel creativo audaz y elevado dentro del clásico guitarra-bajo-batería-voz  

Cuando el rock español joven parecía un asunto marginal y limitado a una escorada minoría, llegó Arde Bogotá y lo llevó de nuevo a la cima, a llenar pabellones, a arrastrar a miles de seguidores a festivales, a conseguir que un público amplio vibre con las guitarras rotundas y las canciones viscerales. A las mieles del éxito suele acompañarlas el recelo de una parte del público y de algunos críticos, sectores ambos ruidosos y llenos de suspicacias. Desde que el cuarteto de Cartagena se transformó en un acontecimiento musical de envergadura, se abrió la veda en busca de vetas que alimenten la desconfianza hacia su propuesta. Esta tendencia va a seguir después del previsible éxito de su tercer disco, de título tan rimbombante, Manufacturas del Club de la Gente Sola.

No es nada nuevo lo que le pasa a Arde Bogotá. También ocurrió, por ejemplo, con Héroes del Silencio, seguramente el grupo español con el que conservan más similitudes. Solo con el paso de los años (muchos) y gracias a la inquieta carrera de Bunbury en solitario, cierto público y medios especializados comenzaron a valorar el legado del cuarteto de Zaragoza. Pero Arde Bogotá es el ahora, viven un momento dulce en 2026, este es su tiempo y valorarlos por su música es lo que toca.

En su nuevo álbum afianzan su impacto sin acomodarse, manteniendo intacta la voluntad por explorar nuevos caminos, asumir riesgos y entender el arte como un territorio vivo y en permanente transformación, aunque no todos los hallazgos terminen de cuajar. Pero la intención de avanzar compensa estos traspiés.

La base del sonido se limita al clásico bajo-batería-guitarra-voz, pero a pesar de un equipaje tan reducido, consiguen hallazgos interesantes. En ese sentido, surgen estructuras musicales flamencas gracias sobre todo a los dibujos melódicos de la guitarra de Dani Sánchez. El ejemplo más claro está en la segunda canción, El Tesoro, una pieza que arranca con palmas acompasadas y se desarrolla en clave sutilmente jonda, incluso en la temática de la letra. No tiene nada que ver con el flamenco-rock: es algo más ligero, pero relevante. Estos pespuntes del género más importante del folclore español aparecen ocasionalmente por el álbum, siempre enriqueciéndolo. Una mirada a la música de raíz española a la que nunca se atrevieron los citados Héroes del Silencio, ensimismados por lo anglosajón, aunque luego Bunbury se desquitaría, eso sí, en clave latina.

La personalidad de Arde Bogotá viene marcada por la voz de Antonio García, gran cantante que amplifica su figura cuando se desenvuelve en concierto: hacía tiempo que no encontraba el rock de aquí a un líder tan completo. Conscientes de su fortaleza, el grupo deja que la voz se imponga en un plano elevado y que tire de la canción, como en Antifiesta,que ofrece todo lo bueno del cuarteto: una composición original con un inicio sinuoso, un estribillo pegajoso, una aceleración en el último tramo y una letra inteligente. Será una atracción fija en sus conciertos durante años.

En el terreno narrativo ofrece reflexiones interesantes, como abrazar la posibilidad de dejar de sentir para protegerse de las emociones y el dolor, como en Señor Herrero. Olivos está llamada a ser otra de las joyas del álbum: emocionante, intensa y con un verso para enmarcar: “Que a todos los olivos miserables vendrá la primavera a abrazarles”. Conviven con esta poesía de altos vuelos otras claramente mejorables (“Qué calor, uh, uh, qué calor!, Hiérvelo, hierve mi amor”, Hervidero), además de alguna canción que baja el nivel, como Bigger Splash.

Tropiezos inevitables que afloran cuando un grupo se marca como meta la búsqueda de nuevas formas de expresión dentro de un género, el rock, donde da la impresión de que está todo dicho. Pero no.

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