La degradación de un orgullo ferroviario y la urgencia de asumir responsabilidades Leer La degradación de un orgullo ferroviario y la urgencia de asumir responsabilidades Leer
La conversión de los servicios públicos en negocios lucrativos para la empresa privada produce catástrofes para la gente: crisis sanitarias y también en el servicio ferroviario, con Angrois, Adamuz, Gelida y Urda.
He prestado servicio en Renfe durante 37 años como maquinista, de los cuales más de 18 los he desempeñado como jefe de trenes AVE. El miércoles 28 de octubre, a las 8:53 horas, un AVE de Renfe «alcanzó» por la cola a un tren de Iryo que permanecía detenido en Urda, en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. A fecha de este escrito hay 69 personas fallecidas y otras muchas desaparecidas, pendientes de identificación. Entre los fallecidos hay dos tripulantes de Iryo y dos maquinistas de Renfe. Escribo con profundo dolor y rabia.
Desde finales de 1980, las Plataformas en Defensa del Ferrocarril y el sindicato CNT avisamos de la amenaza que aquello suponía para el ferrocarril. Nadie hizo caso. En 2007, las huelgas del AVE intentaron frenar el desastre. Advertíamos de que la apuesta desmedida por el AVE mataría de éxito al ferrocarril. Nos opusimos a que se redujera en más de la mitad el tiempo de formación y de prácticas que recibía el personal.
Hoy, según me cuentan los compañeros en activo, la formación del personal es muy escasa y las prácticas, en la mayoría de los casos, se hacen online. Es una carencia fundamental que se ha ido extendiendo a todos los servicios y colectivos ferroviarios.
Avisamos de que la senda de liberalización del sector, al separar la gestión de la infraestructura de la de los trenes para permitir su privatización, rompía el conjunto rueda/carril, que debía ser un todo integrado, y acabaría con el prestigio recuperado del ferrocarril, ganado con el buen quehacer de los ferroviarios.
Llevamos la protesta al Congreso: silencio de todos los grupos políticos. Los sindicatos CCOO, UGT y SEMAF ridiculizaron nuestros planteamientos. Y perdimos. Hoy, con más de 200 muertos después, la nueva tragedia de Urda, junto con las anteriores mencionadas, confirma lo acertado de aquellas protestas. No eran profecías, sino análisis correctos.
Durante muchos años, la indiscutible profesionalidad de su plantilla convirtió a Renfe, antes de su fragmentación, en un auténtico orgullo para la sociedad: un símbolo de seguridad, modernidad y calidad de servicio público, respetado dentro y fuera de nuestras fronteras. Al AVE lo copiaban; las Cercanías de Madrid eran envidiadas por su fiabilidad y puntualidad; el tráfico de mercancías era eficiente.
Sin embargo, resulta profundamente doloroso constatar cómo en los últimos años esa imagen de excelencia del servicio público se ha deteriorado de forma sustancial. Quienes hemos vivido el ferrocarril desde dentro sabemos perfectamente cuál es el origen fundamental de este deterioro: las constantes injerencias de los partidos políticos de turno.
El auténtico «cáncer» histórico de la empresa pública ha sido, y sigue siendo, la práctica sistemática de colocar a dedo a incompetentes supinos, guiados por el amiguismo y el enchufe, en lugar de atender a la capacitación técnica y a la experiencia acreditada. Es una lacra histórica que, lejos de corregirse, se ha intensificado de manera alarmante en la época reciente.
Ahora, ante la tragedia repetida, políticos y sindicalistas se rasgan las vestiduras en un patético esperpento mediático en el que todos culpan a los otros para eludir su propia responsabilidad. Y el ministro de Transportes alcanza el paroxismo repartiendo gratuitamente culpas entre los trabajadores del Puesto de Mando y los maquinistas de los trenes afectados.
Mientras yacen los cuerpos sin vida de mis dos compañeros maquinistas de Renfe, resuenan sin cesar en los medios sus voces grabadas en las conversaciones con el Puesto de Mando, cortesía de Adif y del Ministerio.
Que el ministro de Transportes compareciera públicamente sobre las 14:00 horas del mismo día del suceso, desde la estación de Atocha, manifestando haber escuchado los audios del accidente, y que después la SER filtrara y difundiera dichas grabaciones a las 21:00 h, es un hecho muy grave que me atrevo a calificar de miserable.
¿Han pensado que, como las demás víctimas, tienen familia, amigos y mucha gente que los quiere, los llora y aún no puede creer lo que pasó? ¡Cuánta ignominia y miseria moral! ¡Cuánta falta de empatía y de sensibilidad ante el dolor ajeno! Ignoro si la publicación de esas cintas tiene o no castigo penal, pero el castigo y el repudio social los tienen con creces: váyanse o, mejor, desaparezcan.
No pretendo juzgar a nadie, solo evidenciar los errores cometidos para enmendarles la plana.
Veamos: no se pongan estupendos y dejen de buscar culpables entre soldaduras y trabajadores: la verdadera causa y consecuencia es clara, la injerencia partidista. Y la solución también: vuelvan a tratar al tren como lo que es, un servicio público necesario, útil, eficaz y seguro.
Cada viajero que sube a un tren nos entrega lo más valioso que tiene. Hoy, casi 70 familias nos recuerdan lo que eso significa. No lo olvidaremos.
Descansen en paz.
José Ramón Palacios es Geógrafo y maquinista jefe de trenes AVE jubilado
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