Davos y la gramática del poder global

Asistimos a una auténtica mutación del orden internacional; Trump ha dado una patada al tablero, forzando a todos a adaptarse Leer Asistimos a una auténtica mutación del orden internacional; Trump ha dado una patada al tablero, forzando a todos a adaptarse Leer  

El Foro de Davos, que acaba de concluir, ha funcionado este año menos como espacio -y exhibición- de propuestas que como altavoz; no tanto por el contenido concreto de las intervenciones como por el tono, el tempo y la lógica que las atraviesan. Tras una primera impresión de heterogeneidad, se evidencia el cambio radical del sistema de relaciones internacionales. No estamos ante una oscilación coyuntural, sino ante una alteración de la gramática misma del poder.

Davos ha certificado una realidad que llevaba tiempo gestándose, arreada hasta el paroxismo por el 47º Presidente americano en su actual mandato. El paradigma multilateral surgido de la Segunda Guerra Mundial -basado en la primacía del Derecho internacional, el comercio reglado y el papel de Estados Unidos como inspirador y garante último del orden- ya daba señales de desgaste. Pero Trump ha acelerado el proceso y lo ha hecho explícito, transformando una erosión sin estrépito en fractura abierta del marco anterior, dando una patada al tablero, forzando a todos los actores a adaptarse con premura a una nueva realidad.

Conviene, sin embargo, evitar lecturas idealizadas del pasado. Aquel orden no fue nunca plenamente respetado. Las violaciones del Derecho internacional existieron, las excepciones fueron frecuentes y el uso instrumental de las normas también. Pero sí había algo decisivo: un consenso de las élites políticas y económicas sobre la centralidad de ese marco, sobre su legitimidad como referencia común. Ese acuerdo tácito -más que el cumplimiento literal de las reglas- dotaba al sistema de fuerza estructural. Hoy, el consenso se ha disuelto, y con él la virtualidad del Derecho para obrar como lenguaje compartido del poder. Así lo subrayó con singular consistencia y alcance el primer ministro canadiense, Mark Carney, en la intervención más sólida y conceptualmente armada de la conferencia, resaltando que el reto no es la imperfección del Derecho internacional, sino la quiebra del entendimiento básico que lo amparaba.

El trumpismo se interpreta a menudo como una anomalía personal, un exceso temperamental. Esa lectura tranquiliza porque reduce el problema a la psicología de un individuo. Pero es una explicación insuficiente. Más que un arquetipo de dirigente, Donald Trump encarna un planteamiento específico de las relaciones internacionales. Su fuerza no procede de una doctrina trabada ni de un entramado ideológico elaborado, sino del uso generalizado de determinados modos y mecanismos políticos que están redefiniendo el ejercicio del poder. En Davos, su secretario de Comercio fue el encargado de traducir ese magma -amenaza, coerción, transacción- en política económica aplicada.

La primera peculiaridad es la incoherencia erigida en estilo idiosincrático. En otros contextos, la permanente contradicción entre dichos y hechos, entre posiciones, entre apreciaciones, se juzgaría signo de debilidad. Trump la maneja como ventaja estratégica. El paso brusco de la conminación al halago, del anuncio a su rectificación, de la retirada al golpe de efecto, desarbola al interlocutor, arrebatándole anclajes familiares y, por ende, capacidad de anticipación. La imprevisibilidad no es una tara: es una forma de afirmación de liderazgo, asumida como método operativo por quienes ejecutan la política comercial estadounidense.

La segunda es la provocación como expresión de gobierno. El exabrupto, la mezcla de lo solemne y lo grotesco, la ambigüedad calculada entre broma e intimidación, producen parálisis. Dejar correr las verborreicas diatribas contribuye a normalizarlas, la falta de réplica las refrenda. Pero la personificación del poder americano admite mal la refutación. Se diluyen así, de manera gradual, los umbrales de lo decible y de lo negociable. Ese divorcio quedó patente, en el World Economic Forum, en la distancia entre los mensajes estadounidenses y la cautela casi administrativa de las intervenciones europeas.

La tercera es el foco de atención como mecanismo de acción. En un panorama saturado de estímulos, captar la atención es una forma de poder. Multiplicar crisis y gestos rupturistas obliga a responder; sustrae la iniciativa de contrario. La sustancia de lo político deja de ser deliberativa y se vuelve reactiva. Y en esa tesitura, quien marca el ritmo obtiene rédito sin necesidad de debatir y pactar. Nada de esto es accidental. Además, resulta obvio que Trump usa machaconamente los grandes escenarios globales para hablar prioritariamente de -y para- su base interna; la política exterior se convierte en prolongación directa de la política doméstica, sin las mediaciones tradicionales de la diplomacia.

El contraste en Davos fue revelador. Frente al enfoque estadounidense caracterizado por la disrupción, la velocidad y la lógica de la fuerza -despachada con implacable concordancia del equipo con su jefe-, los mandatarios europeos comparecieron en un registro menor, defensivo, más preocupados por amortiguar impactos que por articular una visión propia de un nuevo orden. La asimetría no fue solo de poder, sino de ambición estratégica: mientras unos empleaban el lenguaje del sistema emergente, algunos seguían aferrados a las formas del sistema que se desvanece.

La intervención china, por su parte, fue predecible, y precisamente por ello significativa. Pekín juega a plazo: discurso uniforme, apelación a apertura y reglas, ausencia de dramatismo. No se considera garante del viejo orden, pero sí beneficiario paciente de su deterioro. No participa activamente del derribo; lo capitaliza. En un mundo carente de arbitraje claro, la consistencia estratégica se alza en activo contable.

Asistimos pues a una auténtica mutación del orden internacional. La paz sigue siendo la finalidad, pero ya no se concibe como fruto de la prosperidad colaborativa, sino como estabilidad entre actores. La prosperidad cede terreno frente a una primacía distinta: la seguridad de los nacionales, aun a costa de ajustes económicos. De ahí la vuelta del Estado como agente central, no como Estado providencia, sino como Estado estratégico garante de seguridad, organizador de competencias, gestor de dependencias.

En este encuadre, se plantea un desafío existencial para la Unión Europea. Durante décadas, su fortaleza residió en su disposición regulatoria, constituida en referente mundial. El Derecho es auctoritas, pero solo se sostiene si va acompañado de potestas: capacidades económicas, tecnológicas, industriales y, llegado el caso, coercitivas. El problema no es que el Derecho haya dejado de servir; es que se le despoja de los medios de su eficacia.

De ahí el falso dilema que hoy recorre muchos debates: o fuerza o Derecho. La fuerza sin regla conduce a la arbitrariedad; la regla sin fuerza, a la irrelevancia. No se trata renunciar al Derecho en nombre de un realismo mal entendido, sino reconstruir la fuerza del Derecho; la fuerza subordinada a la norma, la fuerza limitada por la norma.

Davos no ha inaugurado este mundo. Ha sido su escaparate y difusor planetario. Ha hecho visible un entorno menos universalista, más competitivo y más estatalizado, en el que la provocación se eleva a técnica, la incongruencia se utiliza como instrumento de poder, mientras la estabilidad desplaza a la prosperidad como objetivo nuclear. Así, el mayor peligro para la Unión Europea no es la presión externa, sino la deriva de dispersión interna.

La Unión no puede permitirse responder a un mundo de grandes actores con una fragmentación creciente. Su única salida pasa por la comunitarización de áreas como la defensa, que asiente su peso económico y normativo. Sin embargo, lo que se observa apunta en la dirección contraria. El reciente voto del Parlamento Europeo cuestionando la legitimidad de la Comisión para negociar el acuerdo con Mercosur es un síntoma elocuente: cuando el momento exige más integración, se erosionan incluso ámbitos comunitarizados desde hace décadas, como la política comercial.

Para Europa, el desafío es no refugiarse en la retórica de la unidad ni en la autosatisfacción normativa, sino asumir que sin cohesión política y sin capacidades compartidas, el apego a la regla se convierte en vulnerabilidad. En un mundo que ya no espera, nos va en ello algo más que la coherencia del discurso. Nos va en ello la supervivencia como proyecto de futuro.

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