De las bajadas de tipos que quiere Silicon Valley a Kabul, que puede ser la primera capital sin agua ya que su precio roza el del alquiler

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«A los comerciantes e industriales, sus propios sofismas les convencen fácilmente de que favorecer el interés privado de una parte de la sociedad actúa en beneficio de toda la sociedad». La veracidad de esa frase -que no es de Marx o Keynes, sino de Adam Smith– ha sido demostrada por el financiero de Silicon Valley David Sacks, que trabaja a tiempo parcial en el Gobierno de Donald Trump como criptozar (sin que en ello haya, por supuestísimo, ningún conflicto de interés). Sacks, que ya en octubre de 2022 dijo que el Estado no debe ayudar a nadie y en marzo de 2023 que el Estado tenía que garantizar todos los depósitos del Banco de Silicon Valley (también es casualidad) recordó el lunes que, si la inversión en Inteligencia Artificial cae, EEUU entrará en recesión, algo que «no podemos permitirnos». El mensaje apunta no a una intervención directa, sino a que la Reserva Federal, que se reúne el día 10, baje tipos, no para ayudar a EEUU sino, tan solo, a Silicon Valley.

Los cielos de Ucrania son un campo de batalla comercial de entre 20.000 y 40.000 millones de euros cuyo próximo enfrentamiento va a ser el miércoles, en una nueva reunión para discutir la ayuda militar de los aliados de Kiev. El objetivo es crear un sistema de defensa antiaérea estable para la guerra y, también, para el día después, cuando Ucrania necesite seguir armándose por si a Rusia se le ocurre invadirla otra vez. EEUU quiere que los misiles sean los suyos (los Patriot), y que se los compren los socios europeos de la OTAN (y Canadá). Francia e Italia tienen sus propios misiles (ESSI/SAMP-T), y no quieren que la OTAN se meta, para así controlar ellas la operación. Alemania y los nórdicos proponen un sistema conjunto con Ucrania, con lo que, de paso, se quedan ellos con los contratos (incluyendo la fabricación bajo licencia de los Patriot). Y los países del Este de Europa, ir en corto y por derecho: comprar Patriot a Trump y mandarlos ya al frente.

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En el mundo desarrollado estamos acostumbrados a ver estadísticas que apuntan a que las personas se gastan, por ejemplo, un tercio de sus ingresos disponibles en vivienda. En la capital de Afganistán, Kabul, las estadísticas son sobre agua. Hay familias que se gastan un 30% de sus ingresos en conseguirla. Y el 65% de la población se ha endeudado para comprarla, según la ONG Mercy Corp. Son los signos de una catástrofe que, según la ONU, podría hacer que en cinco años Kabul se convierta en la primera capital de la historia en quedarse sin agua. La ayuda internacional a Afganistán está desplomándose, y no está claro que el régimen talibán vaya a lograr de su aliado China inversiones por cientos de millones de dólares para aliviar una crisis que ya ha secado el 50% de las tomas de agua de Kabul. Al oeste, la capital de Irán, Teherán (15 millones de habitantes), también podría quedarse sin agua en la próxima década.

Que en un momento de bajo crecimiento, tensiones inflacionarias, y guerra comercial un Estado deje de publicar datos macroeconómicos, es, cuando menos, preocupante. Más aún cuando el jefe del Estado y del Gobierno de ese país cesó fulminantemente a la máxima responsable de las estadísticas laborales en agosto, después de que estas reflejarán un gran deterioro del mercado laboral. Pero eso es lo que está pasando en la mayor economía mundial: Estados Unidos. El dato preliminar del PIB en el tercer trimestre ha sido aplazado sine die. El IPC y el paro de octubre han sido cancelados. Y los costes laborales, consumo privado, precios de importación, y ventas minoristas de septiembre van por el mismo camino. La razón oficial es el cierre de la Administración pública en noviembre. Pero la intencionalidad política parece imposible de obviar. Así, la Reserva Federal va a tener que decidir la política monetaria en diciembre con una ouija y unas cartas del tarot.

«Estados Unidos sigue vendiendo cantidades masivas de armas a la OTAN para que las distribuya a Ucrania». Así, con el signo del dólar incluido, colgó hace una semana Donald Trump un mensaje en su red Truth Social. El tono de queja del mensaje era contradictorio, porque Trump fue quien obligó a sus aliados a instaurar la llamada Lista de Requerimientos con Prioridad para Ucrania (PURL, según sus siglas en inglés), en virtud de la cual los aliados europeos y Canadá compran material a EEUU para transferirlo a Ucrania. En realidad, el apoyo militar estadounidense es casi inexistente en términos de material. Desde que Trump llegó a la presidencia, Washington no ha destinado nuevas partidas presupuestarias para Ucrania, y las armas que llegan a Kiev son parte de los programas aprobados por Joe Biden. La ayuda que entrega Estados Unidos es crítica, pero solo en lo que se refiere a inteligencia y espionaje acerca de los movimientos rusos.

Esa cuenta de X (la antigua Twitter) que clava la situación nacional… ¿Estará en Pakistán? ¿O en Nigeria? Tal es la pregunta que se han hecho en las últimas dos semanas muchos usuarios de la red social de Elon Musk después de que esta permitiera acceder a la localización desde la que se cuelgan los mensajes. La idea destapó una cantidad enorme de cuentas pro-Donald Trump que están, en realidad, en Asia y África, aunque tampoco está claro que esas localizaciones sean correctas, dado que es posible que algunos usuarios anónimos (o con pseudónimo) de X utilicen VPN para ocultar su verdadera posición. A todo esto, el número de usuarios de X que son bots podría haber pasado del 11% (cuando Musk la compró diciendo «acabaremos con los bots o moriremos en el intento») a entre el 20% y el 64%. Toda esta falta de credibilidad también afecta a los anunciantes en X, porque no es lo mismo vender algo en Texas (o en Madrid) que en Karachi.

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