Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer
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Quien firma estas líneas, desde Shanghai, había contemplado volver a España por Semana Santa. Antes de la guerra en Oriente Próximo, el trayecto habitual pasaba por volar a Madrid con escala en Doha o Dubai por unos 650 euros, incluso menos. Hoy, las opciones más seguras y asequibles, con escalas en Atenas o Múnich, superan los 1.400 euros. El vuelo directo, que hace un mes rondaba los 1.000, se sitúa ahora cerca de los 2.300. La aviación comercial atraviesa su mayor sacudida desde la pandemia. El conflicto en Oriente Próximo ha alterado a la vez costes, demanda y mercados financieros. La capitalización de las 20 mayores aerolíneas se ha reducido en unos 53.000 millones de dólares. El combustible se ha encarecido hasta duplicarse, estrechando márgenes ya de por sí ajustados y empujando al alza las tarifas. A ello se suma la disrupción del espacio aéreo del Golfo, un nodo esencial entre Asia y Europa, que amplifica el alcance del impacto.
El deseo de viajar no para de crecer; el mundo, en cambio, no para de encogerse. El turismo internacional ha alcanzado máximos históricos y las previsiones de crecimiento son superiores al 50% en una década. Pero ese impulso choca con una realidad cada vez más áspera: guerras que cierran espacios aéreos, tensiones que endurecen visados, rutas más largas y caras, y gobiernos que convierten el movimiento de personas en una herramienta de poder. El resultado es una compleja paradoja: mientras la demanda se dispara, la geopolítica encarece y restringe los viajes. Oriente Próximo pierde 600 millones de dólares diarios en turismo y ha habido una caída del 90% de turistas rusos en el espacio Schengen. Incluso Estados Unidos, sufre el impacto reputacional, con un descenso del 6% en visitas el año pasado. Ya superado por España, EEUU está a punto de quedar relegado a un cuarto lugar por detrás de China como destino turístico mundial.
La guerra por los recursos redefine el poder mundial. Lo cierto es que el bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán revela un giro que ya sabíamos pero que ya es una realidad más que visible: las nuevas armas ya no son solo militares, sino recursos estratégicos. Por esta ruta circula cerca del 20% del petróleo mundial, y su cierre ha disparado el crudo un 50% y duplicado el gas en Europa, evidenciando la vulnerabilidad energética global. A la vez, China demuestra su poder con el control de las tierras raras -hasta el 94% de los imanes-, capaces de paralizar industrias enteras. En paralelo, los microchips y su cadena de suministro se consolidan como otro frente crítico, impulsando políticas industriales y rivalidad tecnológica. Energía, minerales y semiconductores configuran una nueva geopolítica donde dominar los flujos físicos define la capacidad de coerción económica y militar en el siglo XXI.
El Golfo Pérsico se había convertido en el gran laboratorio del futuro digital: energía barata, capital soberano y ubicación estratégica lo transformaban en el nodo ideal para la inteligencia artificial global. Gigantes como Amazon, Microsoft y Nvidia apostaron miles de millones por una premisa clave: estabilidad. Pero la guerra de Donald Trump y Benjamín Netanyahu contra Irán ha roto esa lógica. Algunos analistas tecnológicos como Bobby Ghosh llevan días apuntando a que el ataque iraní a centros de datos marca un giro histórico: la infraestructura digital -no solo el petróleo- entra en el campo de batalla. Silicon Valley subestimó el riesgo físico, priorizando el control de chips frente a la defensa de instalaciones. El resultado no es un colapso inmediato, sino una grieta estratégica, con retrasos, revisiones de inversión y dudas sobre la geografía de la nube. El Golfo no deja de ser clave, pero ya no es seguro. Y eso cambia el mapa del poder tecnológico global.
La guerra ha forzado el regreso de miles de británicos desde Dubai (unos 70.000 hasta mediados de marzo), pero este movimiento activa un riesgo fiscal significativo: HM Revenue & Customs (HMRC), la agencia tributaria del Reino Unido, se prepara para aplicar estrictamente sus normas de residencia y evitar la erosión de su base imponible. Pese a la flexibilidad ofrecida por Emiratos Árabes Unidos, expertos advierten que Londres no reconocerá esa «clemencia» y podría considerar residentes fiscales a quienes superen los 183 días o mantengan vínculos suficientes, obligándolos a tributar por ingresos globales. Esto incluye posibles cargas retroactivas como el 24% en ganancias de capital, que pueden ascender a decenas o cientos de miles de libras. Además, la vía de las «circunstancias excepcionales» apenas ofrecería alivio, lo que convierte el retorno en una trampa fiscal potencial para exiliados que buscaban refugio en jurisdicciones de baja tributación.
The Economist publicaba hace unos días una crítica sobre cómo, aunque el trabajo sexual emerge como un sector económico global de gran escala, está escasamente estudiado por su informalidad y el estigma. Solo la pornografía mueve cerca de 100.000 millones de dólares anuales, el doble que la industria de la IA, mientras plataformas digitales como OnlyFans concentran 4,6 millones de creadores, 380 millones de usuarios y más de 7.000 millones de dólares en gasto anual. A nivel global, ONUSIDA, una agencia de la ONU creada para coordinar la respuesta global frente al VIH, estima que el 0,6% de las mujeres participa en intercambios sexuales (el 1,3% en África subsahariana). La evidencia empírica sugiere que el marco legal es determinante: la despenalización de la prostitución en Rhode Island (EEUU) redujo delitos violentos y casos de gonorrea, mientras su criminalización en Indonesia elevó las infecciones y la precariedad.
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