Disparar al arquero, no a la flecha: la escasez mundial de interceptores Patriot para derribar misiles rusos obliga a Kiev a cambiar la estrategia

En el último bombardeo ruso, Ucrania ya no pudo derribar ningún misil ruso, mientras que las existencias de sus aliados están al límite Leer En el último bombardeo ruso, Ucrania ya no pudo derribar ningún misil ruso, mientras que las existencias de sus aliados están al límite Leer  

Por primera vez en lo que va de invasión de Ucrania, su ejército no derribó ningún misil ruso en el último ataque en la madrugada de ayer a su capital (21 muertos). Existen dos razones para ello: la principal es que Kiev se ha quedado sin misiles interceptores Patriot, como ya venía advirtiendo el presidente Zelenski desde hace semanas. La segunda es que Rusia ha comenzado a usar masivamente los misiles balísticos, o sea, los que necesitan de ese armamento de origen estadounidense para ser interceptados, en la confianza de que serán imparables.

La situación de la capital ucraniana y el resto de sus grandes ciudades es ahora desesperada. Todos los misiles que lanza Rusia están construidos justo semanas antes de lanzarlos, según se aprecia en la fecha de facturación sus componentes, lo que apunta a que Moscú ya ha fundido sus propias reservas. Pero sus fábricas de armas están haciendo un esfuerzo extra para sacar todas las unidades que puedan, sabiendo que Ucrania no tiene nada que oponer a un tipo de proyectil, el Iskander, para el que Kiev no posee hoy por hoy nada que oponer. Para aumentar el terror y el daño, el Kremlin está usando los poderosos misiles balísticos norcoreanos KN-23, comprados al aliado Pyongyang, casi siempre contra objetivos civiles, y a veces directamente contra bloques de viviendas.

Donald Trump prometió hace semanas proporcionar a Ucrania la licencia para fabricar sus propios misiles Patriot para superar su dependencia de las fábricas de este carísimo componente de EEUU. Pero posteriormente se desdijo, desestimando esa opción. A la hora de la verdad, el inquilino de la Casa Blanca muestra mucha más lealtad a Putin, como han demostrado los dos últimos años.

¿Con la licencia Ucrania conseguiría resolver el problema? En realidad, tampoco, al menos de forma inmediata. Porque primero debería acceder a la cadena de componentes y saber cómo ensamblarlos.

Esa dificultad explica la carestía actual de ese tipo de interceptores: los sistemas Patriot son el ejemplo más elocuente de por qué la defensa antiaérea moderna es tanto un problema de ingeniería como de geopolítica. Cada batería es un ecosistema complejo compuesto por un radar de seguimiento multifunción, una estación de control de fuego, generadores eléctricos, vehículos de lanzamiento con hasta 16 misiles listos y una red de comunicaciones cifradas: en total, entre ocho y 12 vehículos pesados que deben desplegarse, calibrarse y coordinarse.

El proceso de entrenamiento de los operadores dura entre seis meses y un año, y la cadena de mantenimiento exige piezas de repuesto, técnicos especializados y un suministro logístico constante que muy pocos países pueden sostener de forma autónoma. A eso se añade la escasez estructural de interceptores: cada misil PAC-3, el más avanzado, cuesta entre tres y cuatro millones de dólares, las líneas de producción de Lockheed Martin y Raytheon llevan años al límite de su capacidad (una producción aproximada de 620 misiles al año), y la demanda de Ucrania, Israel, los países europeos y los países del Golfo compite por el mismo inventario limitado. Se estiman en unos 1.500 proyectiles las necesidades de Ucrania para todo un año, aunque Zelenski se confirmaría con 300 para proteger sus ciudades durante este invierno.

El resultado es que incluso los aliados de la OTAN que tienen el dinero y la voluntad política de desplegar Patriots se encuentran con que no hay suficientes baterías, no hay suficientes misiles y no hay suficientes soldados entrenados para operarlos.

La guerra de Irán iniciada por Estados Unidos e Israel ha agotado los arsenales de los países del Golfo, así como de Washington. Hoy por hoy se cree que al ejército de EEUU le quedan unas 800 unidades para defender todas sus bases y su propio territorio, una cantidad completamente ridícula.

Ante esa realidad, Ucrania se plantea no disparar a la flecha sino al arquero, es decir, atacar lanzaderas de misiles Iskander en tierra y fábricas de armas, aunque también en eso está limitada tanto en misiles de producción propia (Flamingo) como en inteligencia de satélite para hallar los objetivos.

La analista Dara Massicot (del think tank Carnegie) cree que «los rusos no detendrán sus ataques hasta que sean detenidos o disuadidos. Sí, me refiero a atacar los lanzadores de misiles. Destruir lanzadores Iskander es un acto operativo proporcional y está muy lejos de la escalada nuclear». El analista alemán de asuntos militares Nico Lange asegura que «la falta de defensa contra misiles balísticos rusos sigue siendo la debilidad de Ucrania. Putin explota eso de manera brutal y produce cada vez más víctimas civiles. Eso no revertirá la guerra para Rusia. Europa no puede seguir simplemente mirando de brazos cruzados ante el constante asesinato de civiles«.

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