Por mucho sentido dramático y mucho suspense que le pusiera Óscar Puente a su dimisión, el gesto no resuelve nada ni rebaja la vergüenza de una sesión parlamentaria que puso en escena el oportunismo y la indiferencia de los partidos ante los problemas de fondo. Nada invalida la reflexión que hizo Gabriel Rufián en su primera interpelación al todavía ministro, cuando dijo que la intriga de su cese o su permanencia era una distracción para perpetuar la confrontación política y evitar el único debate necesario: qué modelo ferroviario quiere España. La dimisión de Puente —tardía y con saturación de efectismo, pero no por ello menos justa e inevitable— puede satisfacer las políticas de la venganza y a quienes creen que la discusión se agota en el reparto de culpas, pero no soluciona nada. Ni siquiera parece que pueda propiciar una conversación sobre el sistema de transporte, que determina la cohesión, el carácter y la estructura misma del país.
La dimisión de Puente —tardía y con saturación de efectismo— puede satisfacer las políticas de la venganza, pero no soluciona nada
Por mucho sentido dramático y mucho suspense que le pusiera Óscar Puente a su dimisión, el gesto no resuelve nada ni rebaja la vergüenza de una sesión parlamentaria que puso en escena el oportunismo y la indiferencia de los partidos ante los problemas de fondo. Nada invalida la reflexión que hizo Gabriel Rufián en su primera interpelación al todavía ministro, cuando dijo que la intriga de su cese o su permanencia era una distracción para perpetuar la confrontación política y evitar el único debate necesario: qué modelo ferroviario quiere España. La dimisión de Puente —tardía y con saturación de efectismo, pero no por ello menos justa e inevitable— puede satisfacer las políticas de la venganza y a quienes creen que la discusión se agota en el reparto de culpas, pero no soluciona nada. Ni siquiera parece que pueda propiciar una conversación sobre el sistema de transporte, que determina la cohesión, el carácter y la estructura misma del país.
España en EL PAÍS
