El doble rasero emocional en política

En política, la lógica binaria que separa razón y emoción, masculino y femenino, esfera pública y esfera privada ha determinado a lo largo de la historia cómo es percibido el liderazgo político. La retórica de lo objetivo, lo racional, lo neutral, ha sido tradicionalmente el marco dominante de la legitimidad discursiva.

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 El patriarcado exige a las mujeres una compostura que no pide a los hombres y las aleja del servicio público  

En política, la lógica binaria que separa razón y emoción, masculino y femenino, esfera pública y esfera privada ha determinado a lo largo de la historia cómo es percibido el liderazgo político. La retórica de lo objetivo, lo racional, lo neutral, ha sido tradicionalmente el marco dominante de la legitimidad discursiva.

Esta estructura fue descrita por Mary Beard al señalar que el discurso público en la cultura occidental se ha construido como un “mythos masculino”, un espacio históricamente reservado a la voz masculina. En su libro Mujeres y Poder (Crítica), Beard recuerda que desde la antigüedad la oratoria y la retórica fueron definidas como atributos esencialmente masculinos, excluyendo sistemáticamente a las mujeres de la posibilidad de hablar en público. A esta exclusión la denomina el “silencio femenino”: una forma de violencia simbólica que no solo niega la palabra, sino que regula qué tipo de discurso es considerado legítimo. Aún hoy, este patrón persiste, aunque de forma más sutil: no se trata tanto de impedir que las mujeres hablen, sino de condicionar cómo pueden hablar y qué emociones se les permite expresar.

La evolución sobre la percepción como figura política de Yolanda Díaz es un claro ejemplo de cómo aplica esta lógica binaria cuando hablamos de liderazgo político de las mujeres. Yolanda Díaz será reconocida como la mejor ministra de Trabajo (o una de las mejores). Emergió a la opinión pública por su elevada competencia técnica y por estar al frente de un ministerio hasta entonces poco visible. Esto la llevó a convertirse en una de las políticas mejor valoradas, con altos índices de popularidad, y a ser nombrada por Pablo Iglesias como candidata de Podemos a las elecciones generales: “La mejor candidata que Podemos podía tener”, en palabras del propio Iglesias.

Como candidata a las elecciones generales, se presentó con un estilo de liderazgo asentado en una comunicación cercana, próxima y que primaba los acuerdos. Es en ese momento, cuando su perfil ya no se asocia solo a la competencia técnica, sino con atributos relacionados con las emociones, la empatía y la honradez, cuando su percepción de liderazgo empieza a caer. Cosa que no les sucede a sus homólogos masculinos (Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal), a quienes se les reconocían atributos relacionados con la experiencia, preparación y determinación.

Hay un filtro invisible en quién tiene el permiso social para expresar las emociones y en cómo se juzgan esas expresiones dependiendo quién las emita. Cuando la emoción viene de un hombre, fortalece la figura de un líder. Piensen en Juan Manuel Moreno cuando el Día de Andalucía se emocionó recordando a las víctimas del accidente de Adamuz. Cuando esas mismas emociones provienen de mujeres o de personas que se salen de la norma, la maquinaria de la sospecha se activa de inmediato: se etiqueta como debilidad, como histeria o como una falta de rigor para ocupar un cargo de alta responsabilidad.

Ahora bien, sabemos hoy que esta dicotomía es falsa. La neurociencia ha demostrado que no hay decisiones racionales puras: toda elección está mediada por emociones. Y desde la teoría feminista se ha insistido en que las emociones no son meras reacciones individuales, sino formas de conocimiento situadas, atravesadas por historia, contexto y poder. Emocionarse no es lo contrario de pensar; es otra manera de entender, de comprometerse, de actuar.

Desde esta perspectiva, el problema no es la presencia de emociones en la política, sino la jerarquía que establece qué emociones son legítimas y cuáles no. La ira masculina en un discurso parlamentario puede ser leída como pasión o carácter; el llanto de una mujer, como fragilidad. Y esto tiene consecuencias: muchas mujeres políticas afirman reprimir sus emociones por miedo a ser deslegitimadas. Aun cuando reconocen su valor como recurso retórico, lo sienten como un riesgo. Y otras deciden no participar en política para no mostrarse vulnerables y sensibles (o excesivamente agresivas), por miedo a no encajar en el molde del líder tradicional y a que sean atacadas por ello.

Esta tensión revela algo fundamental: no se trata de introducir más emoción en la política, sino de transformar los códigos que definen qué es aceptable en el espacio público. Politizar los afectos no es sentimentalizar el debate, sino despatriarcalizarlo. Es abrir la posibilidad de que otras voces y otras formas de compromiso público también sean consideradas legítimas, válidas y necesarias.

Esta dimensión ética de la emoción también tiene su reverso: el riesgo de su manipulación estratégica. En contextos de intoxicación informativa, polarización digital y regresión democrática, el uso instrumental de los afectos puede desviar la atención, activar prejuicios o generar adhesiones ciegas. Basta observar cómo ciertos liderazgos masculinos —como el de Donald Trump en EE UU o Javier Milei en Argentina— han hecho de la emoción un arma política central. En sus discursos no hay apelación al dato ni al consenso, sino una activación constante de afectos intensos: el miedo al otro, la indignación frente a lo establecido, el resentimiento hacia las élites.

La emoción, como cualquier lenguaje político, puede movilizar el cuidado o el odio; puede construir comunidad o fracturarla. De ahí la importancia de disputar el sentido político de la emoción, y no abandonarlo a la lógica del espectáculo o la posverdad. Que se cuestione el reparto histórico de lo decible, lo mostrable y lo creíble en el espacio público. Solo así podremos avanzar hacia una esfera política verdaderamente plural, donde lo personal sea también político, y lo emocional deje de ser un silencio impuesto para convertirse en una forma legítima de intervenir en lo común.

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