Un historiador consigue que el servicio de Inteligencia del país helvético reconozca que no debía haber cerrado la documentación sobre la huida de ‘El ángel de la muerte’ hasta el lejano 2071 Leer Un historiador consigue que el servicio de Inteligencia del país helvético reconozca que no debía haber cerrado la documentación sobre la huida de ‘El ángel de la muerte’ hasta el lejano 2071 Leer
Suiza ha dado vía libre a la publicación de un expediente de más de 200 páginas sobre Josef Mengele, el médico de Auschwitz conocido como El ángel de la muerte, que por un error administrativo debía permanecer bajo llave hasta finales de 2071. Ahí reside precisamente la excepcionalidad de este dosier, que ha salido a la luz 45 años antes de lo previsto: no tanto en lo que contiene como en la historia de su apertura. La insistencia del periodista e historiador Gérard Wettstein acabó destapando un fallo administrativo que se arrastraba desde hacía un cuarto de siglo.
Wettstein llevaba años reclamando acceso al expediente y todavía en febrero pasado el Servicio Federal de Inteligencia suizo (NDB) rechazó su petición. Recurrió ante el Tribunal Administrativo Federal. Al revisar de nuevo los papeles, el NDB y el Archivo Federal descubrieron que habían sido utilizados por la Comisión Bergier, creada para investigar las relaciones de Suiza con la Alemania nazi, y estaban incluidos en una decisión del Consejo Federal de diciembre de 2001 que facilitaba el acceso a ese material.
El fallo estaba en el engranaje: no existía una lista de los expedientes afectados por aquella decisión ni habían sido identificados como tales en el Archivo Federal. El dosier Mengele siguió así sometido a la protección ampliada hasta 2071 cuando desde 2001 podía beneficiarse de unas condiciones de acceso mucho más abiertas. Descubierto el error, el NDB rectificó y autorizó su consulta, aunque algunos nombres y pasajes permanecen tachados para proteger fuentes y datos personales.
La maquinaria administrativa suiza resultó en este caso bastante menos precisa que sus relojes. «Al parecer, para las autoridades su reputación es más importante que el destino de las víctimas», había acusado Wettstein durante su batalla por abrir el expediente. El Comité Internacional de Auschwitz habla de un «bloqueo ilegal de 25 años» y agradece al historiador que perseverara hasta romperlo.
«Para los supervivientes de Auschwitz, incluso muchas décadas después, Josef Mengele sigue siendo un nombre que hiela el corazón y provoca escalofríos», afirma Christoph Heubner, vicepresidente ejecutivo del Comité. Que El ángel de la muerte lograra eludir una y otra vez a la Justicia y llevar durante años una vida relativamente tranquila, posiblemente también durante algún periodo en Suiza, continúa provocando «indignación y dolor» entre los supervivientes.
Después de semejante batalla para abrirlo, el contenido resulta decepcionante. Una parte considerable de sus más de 200 páginas son recortes de prensa y buena parte del resto confirma episodios conocidos desde hace décadas. Su interés está en otra parte: permite reconstruir qué sabían las autoridades suizas, qué pistas siguieron y cómo una búsqueda internacional plagada de sospechas fue incapaz de atraparlo.
En marzo de 1961, la Policía suiza sabía que Martha Mengele, segunda esposa del criminal nazi, se encontraba en Kloten, junto al aeropuerto de Zúrich. Un periodista del semanario alemán Stern había advertido de que un hombre visto con ella podía ser Josef Mengele. Los agentes vigilaron la casa y observaron cómo Martha salía de madrugada acompañada por un desconocido en un Volkswagen con matrícula de Günzburg, la ciudad bávara de la familia. Desde Berna llegó la orden de detener provisionalmente al fugitivo si conseguían identificarlo. Nunca pudieron demostrar que aquel hombre fuera él.
Había motivos para sospechar. Mengele había estado en Suiza en 1956 y había podido permitirse incluso unas vacaciones de esquí en Engelberg con Martha, entonces viuda de su hermano Karl, y Rolf, el hijo que había tenido con su primera esposa, Irene. Al niño le presentaron a su padre como el «tío Fritz». Martha se casaría con Mengele en Uruguay en 1958 y después regresaría a Europa. Nada de esto es una revelación. Lo revelador es contemplar ahora, en los informes originales, cuántas piezas del rompecabezas tuvieron ante sí unas autoridades que nunca consiguieron localizarlo.
Mengele tenía razones sobradas para ser uno de los criminales nazis más perseguidos del mundo. Médico y oficial de las SS en Auschwitz-Birkenau, participaba en las selecciones que enviaban a deportados directamente a las cámaras de gas y utilizó a prisioneros como cobayas en experimentos pseudocientíficos. Su obsesión por los gemelos y los niños se tradujo en extracciones de sangre, inyecciones e intervenciones realizadas sin consentimiento y, en muchos casos, con consecuencias mortales.
Al terminar la guerra escapó. En 1949 salió de Europa con documentación de la Cruz Roja bajo identidad falsa y se instaló en Argentina. Cuando Alemania Occidental dictó una orden de detención en 1959, huyó a Paraguay y después a Brasil, protegido durante años por familiares y simpatizantes.
Nunca se sentó ante un tribunal. El 7 de febrero de 1979 sufrió un ataque mientras nadaba en Bertioga, en la costa brasileña, y murió ahogado. Lo enterraron bajo el nombre falso de Wolfgang Gerhard. Pero su muerte no era un secreto para todos. La familia Mengele sabía que había muerto. También Rolf, su único hijo, que años antes lo había visitado clandestinamente en Brasil. Guardaron silencio.
Y la caza continuó. El Centro Simon Wiesenthal y otros cazadores de nazis siguieron buscando a Mengele por América Latina sin saber que perseguían a un muerto. Hasta 1985, seis años después, una investigación no condujo a la tumba de Wolfgang Gerhard, en Embu, cerca de São Paulo. Los restos fueron exhumados y los análisis forenses concluyeron que eran los de Mengele; las pruebas genéticas lo confirmarían años después.
El dosier desclasificado ahora por Suiza no resuelve ningún gran misterio sobre Josef Mengele. Revela algo más prosaico y también más incómodo: los agujeros de una persecución que nunca consiguió atraparlo y los fallos de una burocracia que, pese a las pistas que tuvo en sus manos, tampoco logró llevar ante la Justicia a uno de los criminales nazis más buscados.
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