El hype de las pulseras de salud: ¿de verdad necesitas una?

Indican los últimos rumores que Apple se subirá a un carro del que ya tiran, con bastante éxito, marcas como Garmin, Google y Whoop. El principal reclamo es la monitorización de hábitos y actividades sin necesidad de una pantalla Leer Indican los últimos rumores que Apple se subirá a un carro del que ya tiran, con bastante éxito, marcas como Garmin, Google y Whoop. El principal reclamo es la monitorización de hábitos y actividades sin necesidad de una pantalla Leer  

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Cualquier amante de la tecnología sabrá que cada pocos años se crea o modifica una categoría a la que nadie prestaba demasiada atención. Ocurrió con los teléfonos móviles desde que se hicieron inteligentes, con los cascos desde que se hicieron chiquititos e inalámbricos, con los relojes desde que un chip sustituyó los calibres de Miyota o Sellita y, últimamente, con esas pulseras que ya no visten los colores de una bandera nacional o regional sino que se han convertido en eficaces centralitas de la salud del porteador.

Tan popular se ha vuelto este nicho que incluso Google, Garmin y previsiblemente Apple apuestan por invertir en él. Aunque ya había en el mercado pulseras de actividad, la estadounidense Whoop dio un puñetazo sobre la mesa con sus algoritmos y una aplicación exhaustiva que, además de supervisarlo todo (sueño, recuperación, deporte, calorías quemadas, latidos registrados, pasos dados), hace sentir fatal al usuario, pues nunca está suficientemente en forma y siempre cuenta con un vasto margen de mejora. Es un discurso muy del siglo XXI, muy de la hiperproductividad y muy de la autoesclavización pregonada por el filósofo Byung-Chul Han. A Whoop le sale a cuenta: en 2025 facturó 1.100 millones de dólares, una fracción de lo que gana Apple, pero con un único producto y un sistema de suscripción que recibe furibundas críticas por el efecto secuestro que supone.

Cada maestrillo tiene su librillo. Desde el debut de su Fitbit Air en mayo de este año, Google ha colgado el cartel de agotado varias veces, igual que Garmin, la última reina del gadget que se une a la fiesta. En el caso de la primera, el movimiento responde a una secuencia no demasiado rápida pero sí bastante sólida de expansión del ramillete hardware. Igual que Apple, los de Mountain View diseñan teléfonos, auriculares, relojes y, ahora, pulseras. A diferencia de Whoop, Google cobra una cantidad inicial por el dispositivo (alrededor de 100 euros) y no exige una tarifa anual, aunque sí cuente con un servicio premium de pago. Se trata, sobre todo, de monetizar, aunque no tanto a través del aparato sino de la información que dicho aparato captura. Se sabe que todos hacen trampas con la privacidad. Digamos que Google es menos escrupulosa que Apple.

La Cirqa de Garmin aterrizó el 21 de julio, jugó como el resto a crear expectativas con un prematuro out of stock y cosechó buenas críticas como contendiente de primer nivel frente a Whoop. Juega Garmin con la ventaja de su dilatada experiencia en relojes deportivos que son referencia absoluta para corredores, nadadores y triatletas, con buenos mapas integrados, métricas enfocadas al rendimiento y un historial de actividades que se perdería si se transiciona hacia otra marca. La Cirqa es como un Forerunner 970 pero sin pantalla, con peores sensores a cambio de 200 euros y con un perfil algo más abultado de lo deseable. Si el marketing dice que estas pulseras están pensadas para dormir con ellas sin el engorro de un pantallón, mal asunto.

Poco se sabe de las intenciones más concretas de Apple, aunque tanto su familia de relojes como la nueva versión de su aplicación de salud deslizan una pista que repite el patrón de otras veces: lo que Apple consigue casi siempre es presentar como increíblemente novedoso algo que los demás llevan haciendo una buena temporada. La puntuación del sueño o la predisposición al entrenamiento son clásicos del sector. Aunque seguro que la pulsera de los de Cupertino es la más bonita y la que más subraya cierto estatus socio-económico.

En internet se encuentra de todo. Analistas que consideran que cada uno de los modelos mencionados es el mejor, otros que no se mojan y estotros que, en un extraño arranque de sinceridad que torpedea su propia línea de ingresos, advierten que las pulseras no son la panacea, puesto que cada una cuenta con diferentes sensores y cada una mide de diferentes modos los pasos, latidos y cadencias, los altibajos nocturnos en la cama, el amanecer con agujetas o migraña, e incluso el estado de ánimo del usuario. Al final, la precisión depende no sólo del hardware sino del algoritmo, y en cada casa existe un recetario. Luego está la sempiterna cuestión de la idiotez digital: hasta hace tres días, nadie necesitaba consultar su pulsera mágica para saber cómo se encuentra o admitir que el tabaco es malo y que el alcohol castiga de lo lindo.

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