Lucía Martínez tiene 55 años, es contable y ha estado tan pendiente del inicio de la Selectividad, que este martes empieza en 14 comunidades autónomas, como su hija, María, que espera poder estudiar Medicina en Murcia. “Segundo de Bachillerato han sido nervios, estrés, ansiedad y miedo. Horrible. Yo estoy deseando que se acabe. Ya me da igual hasta la nota que saque. Solo quiero que termine y que descanse”, afirma. “Jamás imaginé”, añade Leticia Fierros, educadora infantil, cuya hija empezó a examinarse este lunes de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) en Madrid, “que el curso fuera a ser tan duro emocionalmente: ahora arriba, ahora abajo, ahora arriba…, y eso que varias amigas que han pasado por ello me lo habían advertido. Mi hija lo ha pasado mal y nosotros lo hemos vivido con ella”.

Buscador: consulta la nota de corte de cada carrera en España
El estrés de los progenitores ante la prueba de acceso a la universidad crece en paralelo al aumento de las notas de corte
Lucía Martínez tiene 55 años, es contable y ha estado tan pendiente del inicio de la Selectividad, que este martes empieza en 14 comunidades autónomas, como su hija, María, que espera poder estudiar Medicina en Murcia. “Segundo de Bachillerato han sido nervios, estrés, ansiedad y miedo. Horrible. Yo estoy deseando que se acabe. Ya me da igual hasta la nota que saque. Solo quiero que termine y que descanse”, afirma. “Jamás imaginé”, añade Leticia Fierros, educadora infantil, cuya hija empezó a examinarse este lunes de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) en Madrid, “que el curso fuera a ser tan duro emocionalmente: ahora arriba, ahora abajo, ahora arriba…, y eso que varias amigas que han pasado por ello me lo habían advertido. Mi hija lo ha pasado mal y nosotros lo hemos vivido con ella”.
Los profesores llevan años advirtiendo de que la preocupación que manifiestan los estudiantes durante el Bachillerato ha ido creciendo en paralelo a la subida de las notas de corte, que han aumentado un punto y medio en la última década. El año pasado, cerca de 300 titulaciones exigieron el equivalente, en la escala de 0 a 10, de un 9 o más. Y el calvario que experimentan muchos alumnos, especialmente los que quieren acceder a esas carreras muy demandadas y con pocas plazas, se extiende a menudo a sus padres. “Muchas veces las familias llegan con un nivel de ansiedad igual o incluso mayor que los chavales”, afirma Maitane Ormazabal, psicóloga especializada en adolescencia. “La Selectividad se ha convertido en una especie de momento decisivo donde parece que se juega todo el futuro de un hijo o una hija, y eso genera muchísima presión emocional dentro de casa”.

Ormazabal dice que los padres suelen vivir “el proceso desde sus propios miedos, expectativas y heridas personales, y eso, aunque se haga desde el amor, puede convertirse en una carga muy pesada para los jóvenes”. La ansiedad de los progenitores por la PAU se entrelaza, además, con un problema material, añade la psicóloga, en línea con lo que alertan las federaciones de familias. “Lograr entrar en una universidad pública supone, para muchas, una diferencia muy grande respecto a una privada. Así que la presión no es solo académica: también es social, económica y emocional”.
Es el caso de Rocío Romero, de 48 años, peluquera en Toledo, cuya hija aspira a estudiar una carrera sanitaria, y empezará a examinarse la semana que viene. “Hay niños que van muy relajados porque pueden entrar en universidades privadas, donde con hacer la PAU y aprobar tienen bastante. No es el caso de mi hija. Ella se pasa el día haciendo cuentas. Y, si no saca la nota, su plan B es meterse en un grado superior de FP”.
“Un desgaste enorme”
Pagar los entre 60.000 y 95.000 euros que cuesta estudiar en una universidad privada Odontología, la titulación que siempre ha querido estudiar el hijo de Mónica Sierra, técnica de laboratorio en un hospital público de Sevilla, tampoco es una opción que esté sobre la mesa. “Su acceso a la carrera depende exclusivamente de lograr una nota casi perfecta. No se puede permitir ni un fallo. Y eso implica un nivel de presión que creo que no se corresponde con la edad que tienen”. Su hijo, añade Sierra, es muy organizado y ha seguido durante meses un horario “milimétrico”. “Pero detrás de esa disciplina hay un desgaste enorme. Lleva semanas con dolores de cabeza constantes, dolor de espalda y cuello de estar tantas horas sentado”.
Como otros progenitores entrevistados para este artículo, la madre cuenta que el curso ha cambiado las rutinas en su hogar, situado en un pueblo cercano a Sevilla. “Hemos renunciado, por ejemplo, a los planes familiares, y no salimos a cenar. Durante este tiempo, hemos dejado hasta de ver series o poner la televisión por las noches. Nos retiramos pronto para que haya silencio y así, si él tiene que seguir estudiando, que estudie, y, si no, simplemente que descanse. Todo gira en torno a la PAU”, dice.
A veces, el horizonte de la Selectividad amenaza con poner en jaque la estabilidad familiar, admite Lucía Martínez, la madre de la alumna de Murcia con la que arranca este reportaje. “Ella al final explota, porque los nervios los tiene que sacar de alguna manera, y si ella está de mal humor, todos acabamos de mal humor. Y acabas con discusiones también en la pareja. Por ejemplo, mi marido se preocupa mucho y presiona un poco más. Yo le digo que la deje tranquila y al final hay tensión, el ambiente se enrarece”. Juan Manuel Ortiz, auxiliar de Enfermería de 47 años y vecino de Berlanga, en Badajoz, cuya hija también quiere estudiar Medicina, añade: “Estos meses ha estado más reactiva, porque lo vive todo con mucha sensibilidad. Y sobre todo con su hermano, con quien normalmente siempre está estudiando, la cosa ha ido a peor y están todavía más irritados”.
Perder todo el pelo
Mari Carmen Morillas, presidenta de la federación de asociaciones de madres y padres de Madrid FAPA Giner de los Ríos y miembro del Consejo Escolar del Estado, advierte de que la creciente angustia por la PAU desemboca, en ocasiones, en otro tipo de problemas. “Al hijo de una compañera de la federación, del agobio que tenía por la Selectividad, se le cayó todo el pelo, y al final lo dejó y se metió en una FP. No es normal tener a nuestros jóvenes con esa tensión y esa incertidumbre. Debemos pensar a qué sociedad queremos dirigirnos”.
A estas alturas, a Mónica Escudero no le preocupa mucho la Selectividad, que su hijo comienza este martes con el examen de Lengua Castellana y Literatura. El chico ha acabado el Bachillerato con una media de 9,83 en un instituto público de Murcia, y quiere, en principio, ser ingeniero agrónomo, para lo que no le hace falta una nota alta. Lo que sí le quita el sueño a la mujer es la autoexigencia que el chaval siempre ha tenido y se ha exacerbado en los últimos tiempos. “Sale más bien poco. Tiene amigos, pero nos pasamos la vida diciéndole: ”Pero, hijo, sal, descansa más… Es mejor eso que tener que ir corriendo detrás porque lo suspenda todo, pero ver que se le hacen las tantas delante de los libros, preocupa. A estas edades pueden dar la cara problemas de salud mental y depresión, y al final lo que quieres es que tu hijo sea feliz. Si tiene un futuro profesional, estupendo, magnífico, pero tampoco una carrera es ahora garantía de nada”.
Sociedad en EL PAÍS
