
Finlandia, referente educativo europeo de las últimas décadas, anda a la caza de maestras españolas de Infantil. Mientras las trabajadoras del sector protagonizaban en España un final de curso marcado por las movilizaciones y huelgas por sus condiciones laborales, el Ayuntamiento de Helsinki, la capital finlandesa, ha acelerado un plan para reclutar docentes españoles, ofreciéndoles contrato indefinido, un salario de 3.200 euros brutos, un bono mensual de 550 euros para “gastos culturales, deportivos y de bienestar”, una pequeña subvención para comer en restaurantes y una vivienda a precios razonables, aprovechando, explica Marius Knight, portavoz del programa, que el Ayuntamiento es “el mayor propietario de pisos de la ciudad”. “Aquí no hay una crisis de vivienda como en Madrid, Dublín o Ámsterdam. Un estudio en el centro para un maestro joven cuesta 700 u 800 euros”, dice Knight.


El país nórdico no genera bastantes profesores para cubrir los que necesita por clase, según la ley: “A ratos somos 5 docentes para 14 alumnos”
Finlandia, referente educativo europeo de las últimas décadas, anda a la caza de maestras españolas de Infantil. Mientras las trabajadoras del sector protagonizaban en España un final de curso marcado por las movilizaciones y huelgas por sus condiciones laborales, el Ayuntamiento de Helsinki, la capital finlandesa, ha acelerado un plan para reclutar docentes españoles, ofreciéndoles contrato indefinido, un salario de 3.200 euros brutos, un bono mensual de 550 euros para “gastos culturales, deportivos y de bienestar”, una pequeña subvención para comer en restaurantes y una vivienda a precios razonables, aprovechando, explica Marius Knight, portavoz del programa, que el Ayuntamiento es “el mayor propietario de pisos de la ciudad”. “Aquí no hay una crisis de vivienda como en Madrid, Dublín o Ámsterdam. Un estudio en el centro para un maestro joven cuesta 700 u 800 euros”, dice Knight.
Lo que más impresiona a los docentes españoles que ya trabajan allí son, sin embargo, las condiciones en el aula. Mejores incluso que las que prometen traer a España las ratios anunciadas a finales de junio por el Ministerio de Educación. En todas las clases de la escuela pública en la que trabaja Mirari Chamorro, de 26 años, que llegó a Helsinki en enero desde Bilbao, hay 14 niños con tres docentes. Son una maestra y dos auxiliares, aunque sin apenas diferencias de competencias ni jerárquicas entre ellas; “todo es muy horizontal”, dice Chamorro. Como en su aula hay dos críos con necesidades educativas, su grupo tiene asignadas, además, una profesora de educación especial y una trabajadora de los servicios sociales como apoyo. “Parte del día somos cinco en clase y así, obviamente, la atención que reciben los niños es de más calidad y muchísimo más individualizada que en España. Te da tiempo de planear bien lo que quieres hacer, y encima, algo que me sorprendía mucho los primeros meses, puedes sentarte con uno de ellos, y los demás están tranquilos porque hay más compañeras ocupándose de ellos”, explica.

Las condiciones de aprendizaje del país han generado, sin embargo, “una demanda de profesores que la población finlandesa”, de 5,6 millones de habitantes, “no puede cubrir”, admite Knight. Las autoridades municipales, responsables de los centros educativos en el país, estiman que solo en Helsinki, donde viven casi 700.000 personas, habrá un déficit de 6.000 docentes de Infantil en el año 2030. La capital centra su búsqueda en España, indica Knight, porque, debido a los planes de estudio universitarios, sus maestras son de las pocas en Europa que no necesitan ampliar su formación docente para enseñar en Finlandia. “Si vienen de Francia o Alemania, por ejemplo, sí tienen que hacer más créditos”, señala el portavoz.
El sistema educativo finlandés tiene, con todo, diferencias con el español. En el país nórdico, Infantil tiene una verdadera identidad como etapa, y las escuelas cubren la enseñanza de los 0 a los 6 años. Mientras que en España hay una gran divisoria entre el primer ciclo, el 0-3, y el segundo, el 3-6, que suelen impartirse en centros distintos. Para trabajar como educadora infantil en España (en el 0-3), que en la privada cobran el salario mínimo (1.200 euros brutos al mes) y en la pública no mucho más, necesitan contar, al menos, con un grado superior de Formación Profesional. Aunque muchas poseen una cualificación mayor. Como María, que pide que no se publique su verdadero nombre, empleada en una escuela municipal de Castellón gestionada por una empresa privada, licenciada en Magisterio Infantil y Pedagogía, a la que le cuesta, afirma, “llegar a fin de mes”. El perfil formativo que busca el Ayuntamiento de Helsinki es como el suyo, esto es, con estudios universitarios, en principio el grado de Maestro de Educación Infantil.

El otro requisito para trabajar allí es saber finés. La lengua, perteneciente a la familia urálica (distinta a la indoeuropea), tiene fama de ser especialmente difícil de aprender, aunque el Ayuntamiento ofrece a las aspirantes cursos intensivos gratuitos antes de viajar al país, que les permiten llegar con un nivel de B1. Una vez allí, mientras trabajan, continúan estudiando hasta alcanzar el B2. “El idioma supone un reto. Aprenderlo requiere mucho compromiso y perseverancia, consume gran cantidad de tiempo libre de los profesores y exige que reciban apoyo de los compañeros en el trabajo”, afirma Pamela Valtonen, directora de la escuela infantil pública Päiväkoti Viekko, donde trabaja Chamorro, que tiene buena opinión de los docentes españoles: “Están muy bien formados y altamente motivados”, comenta.
Álvaro Perales, maestro de 25 años, de Toledo, llegó a Helsinki hace seis meses atraído por unas condiciones laborales y por la posibilidad de acceder a un tipo de vivienda que, reconoce, no tendría en España, así como por “la reputación de Finlandia en Educación”. Perales lo pasó mal con el idioma, pero lo que más le ha costado ha sido adaptarse a las horas de luz y a la forma de ser de los finlandeses. Cuando aterrizó en Helsinki, se hacía de día a las 9 de la mañana y de noche a las 3 de la tarde, mientras ahora hay luz solar de las 3 de la mañana a las 12 de la noche. “Y tienen una cultura muy reservada. Hay cosas que en España llamarían mucho la atención, como entrar en una habitación y no decir hola. Ellos lo hacen simplemente por no molestar, pero a mí me choca mucho”.

A Perales, pese a ello, le está gustando la experiencia, hasta el punto de que cree que bajo ciertas condiciones podría quedarse a vivir definitivamente en Helsinki. Mirari Chamorro tiene claro que no. Los inviernos le parecen demasiado largos (y fríos), y, dice, le tira mucho Euskadi. La experiencia le está pareciendo, con todo, “muy enriquecedora” y ha aprendido cosas que intentará poner en práctica cuando regrese a España. “Me gusta que salen mucho. Hacen por lo menos una excursión a la semana, aunque llueva o nieve. A la biblioteca, al parque o donde sea, simplemente por salir, ver el entorno y despejarse. Y me gusta, sobre todo, que no están todo el rato con prisa, no corren, se adaptan al ritmo de los niños. Aunque eso no sé si podré hacerlo a la vuelta. Bajar esas tres marchas va ligado a que trabajas al lado de otras dos compañeras que te ayudan a hacerlo”.
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