Puede haber ciertos cambios, pero no cabe duda de que la familia real británica es una monarquía a la que le gusta mantener la mayoría de sus tradiciones intactas. Para los miembros de La Firma, honrar el legado de sus antepasados es más que un gesto meramente simbólico: es una forma de reconocer que su presente se sustenta en lo que hicieron quienes les precedieron, ya fuera en el trono o en la corte. Un ejemplo claro de ello es apenas perceptible a no ser que se mire el dedo meñique de algunos royals, porque es ahí donde se sitúa un anillo de oro que ha funcionado durante siglos como herramienta política e insignia de su estatus, como puntualizan desde ¡Hello!.
Hablamos, en este caso, de quien fuera el vizconde Severn. James, el hijo menor de Eduardo y Sofía de Edimburgo, es hoy por hoy el último miembro de los Windsor en haber alcanzado la mayoría de edad. Lo hizo el pasado diciembre. Pero ya desde un tiempo el joven, 16º en la línea de sucesión al trono británico, suele aparecer en todos los eventos públicos con un elegante sello dorado. Y no es baladí: es sencillamente una costumbre en la familia que se remonta a la antigüedad.
James Alexander Philip Theo Mountbatten-Windsor, actual conde de Wessex, ha tenido una vida alejada de los medios. Nacido por cesárea en el Hospital de Frimley Park en 2007, no ha recibido nunca el título de príncipe, a pesar de que le correspondería como nieto del monarca reinante, por voluntad de sus padres, que prefirieron que su descendencia no tuviese dichos títulos sino que mantuviesen los que se les otorgan a los hijos de los condes. Asimismo, al nacer ocupaba un el octavo puesto en la línea sucesoria, si bien aquel decreto fue derogado en 2013 por la Ley de Sucesión de la Corona —que llegó justo antes del nacimiento del príncipe George— por lo que ya no se priorizaba a los hijos varones en el orden de sucesión.
Expertos reales han explicado, como recogieron en 2024 desde Vanity Fair que, con bastante naturalidad para su edad, James de Wessex ha conseguido portar la alhaja de oro sin que desentone en su característico estilo de vida reservado. Se barrunta, además, que su presea porta la misma insignia que la de su padre: una corona sobre la inicial «J». Y es que él mismo lo habrá visto desde que era pequeño: su padre, al igual que su hermano, Carlos III de Inglaterra, no se quitan el anillo, un elemento tan personal como simbólico en sus vidas.
Hoy por hoy, como ocurrió en la tradicional misa de Pascua, el conde de Wessex luce el anillo, encarnando a su vez el futuro de la institución y, a su vez, en una extensión de quién puede ser el para Buckingham Palace en el futuro —de hecho hay expertos en la realeza británica que consideran que el príncipe Guillermo haría bien en ver a James y a su hermana mayor, Louise, como futuribles miembros a tiempo completo de la monarquía, habida cuenta de que no puede contar ni con su hermano, el príncipe Harry, y que las hijas del expríncipe Andrés tampoco ostentan una gran popularidad debido a la relación de sus padres con Jeffrey Epstein—.
Del Antiguo Egipto a Buckingham Palace
Al fin y al cabo, el nombre de ese sello proviene del latín signum y es precisamente eso, un signo antiquísimo del blasón de quien lo porta. Tal y como detallan desde ¡Hello!, ya en Mesopotamia, hacia el 3500 a.C., se utilizaban este tipo de anillos para marcar la cera caliente con insignias familiares. Si bien, eso sí, habría sido el Antiguo Egipto, civilización que el imperio británico se encargó de explotar y expoliar históricamente, el que habría hecho que la tradición se retomase en la corona de Inglaterra por parte de un mayor número de sus miembros.
Porque fue el rey Juan Sin Tierra quien empleó su presea para sellar la Carta Magna de 1215, si bien hubo que esperar un par de cientos de años, hasta el siglo XIV, para que Eduardo II de Inglaterra decretase que todos los documentos oficiales debían firmarse con el anillo del rey. Eso sí, en la civilización del Nilo el anillo era utilizado también por élites religiosas y por los acólitos y familiares del faraón para validar documentos o como símbolo de su estatus, algo que también adoptaría la corona británica.
Si en el Renacimiento se refinó estéticamente el anillo, incorporando piedras preciosas, lo que dificultaba su uso como sello aunque aumentando su valor como símbolo de pertenencia social a la realeza, el que actualmente usa el rey Carlos III tiene alrededor de dos siglos de historia, perteneciendo anteriormente a su tío, el duque de Windsor, y habiendo estado presente en su vida en varios de sus momentos más importantes, como su compromiso con Diana de Gales en 1981, en su boda con la reina consorte Camila en 2005 o, recientemente, en su coronación.
El hijo de Eduardo y Sofía de Edimburgo, de 18 años, ya no aparece en ningún evento público sin su sello.
Puede haber ciertos cambios, pero no cabe duda de que la familia real británica es una monarquía a la que le gusta mantener la mayoría de sus tradiciones intactas. Para los miembros de La Firma, honrar el legado de sus antepasados es más que un gesto meramente simbólico: es una forma de reconocer que su presente se sustenta en lo que hicieron quienes les precedieron, ya fuera en el trono o en la corte. Un ejemplo claro de ello es apenas perceptible a no ser que se mire el dedo meñique de algunos royals, porque es ahí donde se sitúa un anillo de oro que ha funcionado durante siglos como herramienta política e insignia de su estatus, como puntualizan desde ¡Hello!.
Hablamos, en este caso, de quien fuera el vizconde Severn. James, el hijo menor de Eduardo y Sofía de Edimburgo, es hoy por hoy el último miembro de los Windsor en haber alcanzado la mayoría de edad. Lo hizo el pasado diciembre. Pero ya desde un tiempo el joven, 16º en la línea de sucesión al trono británico, suele aparecer en todos los eventos públicos con un elegante sello dorado. Y no es baladí: es sencillamente una costumbre en la familia que se remonta a la antigüedad.
James Alexander Philip Theo Mountbatten-Windsor, actual conde de Wessex, ha tenido una vida alejada de los medios. Nacido por cesárea en el Hospital de Frimley Park en 2007, no ha recibido nunca el título de príncipe, a pesar de que le correspondería como nieto del monarca reinante, por voluntad de sus padres, que prefirieron que su descendencia no tuviese dichos títulos sino que mantuviesen los que se les otorgan a los hijos de los condes. Asimismo, al nacer ocupaba un el octavo puesto en la línea sucesoria, si bien aquel decreto fue derogado en 2013 por la Ley de Sucesión de la Corona —que llegó justo antes del nacimiento del príncipe George— por lo que ya no se priorizaba a los hijos varones en el orden de sucesión.
Expertos reales han explicado, como recogieron en 2024 desde Vanity Fair que, con bastante naturalidad para su edad, James de Wessex ha conseguido portar la alhaja de oro sin que desentone en su característico estilo de vida reservado. Se barrunta, además, que su presea porta la misma insignia que la de su padre: una corona sobre la inicial «J». Y es que él mismo lo habrá visto desde que era pequeño: su padre, al igual que su hermano, Carlos III de Inglaterra, no se quitan el anillo, un elemento tan personal como simbólico en sus vidas.
Hoy por hoy, como ocurrió en la tradicional misa de Pascua, el conde de Wessex luce el anillo, encarnando a su vez el futuro de la institución y, a su vez, en una extensión de quién puede ser el para Buckingham Palace en el futuro —de hecho hay expertos en la realeza británica que consideran que el príncipe Guillermo haría bien en ver a James y a su hermana mayor, Louise, como futuribles miembros a tiempo completo de la monarquía, habida cuenta de que no puede contar ni con su hermano, el príncipe Harry, y que las hijas del expríncipe Andrés tampoco ostentan una gran popularidad debido a la relación de sus padres con Jeffrey Epstein—.
Al fin y al cabo, el nombre de ese sello proviene del latín signum y es precisamente eso, un signo antiquísimo del blasón de quien lo porta. Tal y como detallan desde ¡Hello!, ya en Mesopotamia, hacia el 3500 a.C., se utilizaban este tipo de anillos para marcar la cera caliente con insignias familiares. Si bien, eso sí, habría sido el Antiguo Egipto, civilización que el imperio británico se encargó de explotar y expoliar históricamente, el que habría hecho que la tradición se retomase en la corona de Inglaterra por parte de un mayor número de sus miembros.
Porque fue el rey Juan Sin Tierra quien empleó su presea para sellar la Carta Magna de 1215, si bien hubo que esperar un par de cientos de años, hasta el siglo XIV, para que Eduardo II de Inglaterra decretase que todos los documentos oficiales debían firmarse con el anillo del rey. Eso sí, en la civilización del Nilo el anillo era utilizado también por élites religiosas y por los acólitos y familiares del faraón para validar documentos o como símbolo de su estatus, algo que también adoptaría la corona británica.
Si en el Renacimiento se refinó estéticamente el anillo, incorporando piedras preciosas, lo que dificultaba su uso como sello aunque aumentando su valor como símbolo de pertenencia social a la realeza, el que actualmente usa el rey Carlos III tiene alrededor de dos siglos de historia, perteneciendo anteriormente a su tío, el duque de Windsor, y habiendo estado presente en su vida en varios de sus momentos más importantes, como su compromiso con Diana de Gales en 1981, en su boda con la reina consorte Camila en 2005 o, recientemente, en su coronación.
20MINUTOS.ES – Gente
