En cualquier ficción histórica en la que se reproduzca la vida del rey emérito Juan Carlos I no debería faltar el lugar del que, bromeaba, decía que se comía mejor que en cualquier restaurante —algo que ella misma solía repetir orgullosa—. Se trata de la casa que su hermana, la infanta Pilar de Borbón, tenía en Puerta del Hierro, una parcela que adquirió apenas unos días antes de casarse con Luis Gómez‑Acebo en mayo de 1967. Por entonces la zona y sus urbanizaciones ya estaban consideradas de las mejores y más exclusivas de Madrid, fama que no haría sino aumentar con el paso de los años y con la llegada de nuevos vecinos, como Isabel Preysler.
En el terreno, de aproximadamente 2.400 metros cuadrados, la infanta se construyó un chalet unifamiliar de tres alturas que a ella le servía para demostrar sus dotes de gran anfitriona, así como para convertirla en epicentro de la vida de toda su familia. No es solo que allí crecieran sus cinco hijos —Simoneta, Juan, Bruno, Beltrán y Fernando— sino que era el lugar al que acudía la familia real casi siempre el día de Navidad, en especial los años en que reunirse en la Zarzuela era más complicado por culpa de las investigaciones del caso Nóos.
Pero también en otros momentos más alegres, como uno de las últimas ocasiones que se celebró un evento importante: el bautizo de su nieto Nicolás, hijo de Fernando Gómez-Acebo y la periodista griega Nadia Halamandari. Sin embargo, el 8 de enero de 2020, debido a un cáncer de colon diagnosticado un año antes, la infanta Pilar fallecía, convirtiéndose su casa, y en concreto su salón, en la capilla ardiente y donde sus familiares, desde el rey Felipe VI y doña Letizia a su hermano y doña Sofía, vivieron las primeras horas del duelo, dándole el adiós final antes de su incineración en el cementerio de San Isidro.
A pesar de los recuerdos, sus hijos no podían hacer frente económicamente a los enormes costos de su mantenimiento, a lo que hay que añadir que precisaban de liquidez para poder finiquitar la herencia. Ello condujo a la solución crematística más lógica: ponerla en venta. Esta fue infructuosa varios años, hasta que, justo antes de terminar 2024, consiguieron cerrar una operación inmobiliaria que satisfacía a todas las partes siendo, tal y como dio a conocer en aquel entonces Vanitatis, Ricardo Fuster, hermano de Álvaro Fuster y amigo desde la infancia del actual monarca, quien se hacía con la propiedad.
Para ello, Ricky, como se le conoce al empresario, y su esposa, la mexicana Mónica Sánchez-Navarro, hicieron un desembolso de una cantidad cercana a los tres millones de euros, en una operación que siempre se intentó llevar con la máxima discreción posible habida cuenta de que afectaba de manera cercana al entorno del rey actual y de su padre, envuelto por entonces en diversas polémicas. No parecía, además, que hubiese intenciones por parte de los compradores de hacer grandes cambios en sus 1.100 metros construidos ni en el estilo arquitectónico original —un gran residencia aristocrática y familiar de los años 60— ni en las enormes zonas ajardinadas o la piscina, más allá de algún que otro lavado de cara.
Hay que dar, de entonces hasta ahora, un pequeño salto temporal, hasta que, justo antes de esta pasada Semana Santa, desde el periódico El Español se publican unas imágenes que no dejan lugar a dudas: la casa está cerrada a cal y canto, nadie vive en ella, no hay nada que haga presagiar unas futuras y necesarias obras y, en definitiva, la propiedad que tanta felicidad le dio a la infanta Pilar de Borbón se encuentra en un estado de completo abandono y deterioro, que si es evidente en el exterior se puede suponer que no será diferente entre sus muros.
Desde el portal de El Confidencial añaden que, según sus fuentes, la compraventa verdaderamente se formalizó en enero de 2024, pero que no fue hasta noviembre cuando se produjo la transacción definitiva y total, pasando la propiedad a repartirse, mitad y mitad, entre las dos partes del matrimonio entre Fuster y Sánchez-Navarro. La operación se acompañaba de unos trámites burocráticos que buscaban la regularización de su situación administrativa, a fin de intervenir la vivienda y adaptarla. Al menos, sobre el papel, porque la realidad es que nada de ello se ha hecho realidad.
Los problemas de la susodicha burocracia con el Ayuntamiento de Madrid han ido poco a poco paralizando el proyecto. Y desde el medio detallan cómo, hoy por hoy, «no consta en los registros ninguna solicitud activa de licencia de obra para reformar el inmueble» según la base de datos municipal de la capital. A todo ello hay que añadir otro problema de última hora y al que ha tenido que hacer frente con mayor urgencia Ricardo Fuster: una reclamación administrativa.
Informantes del propio sector inmobiliario han señalado al medio que operaciones de este calibre pueden acarrear ajustes ce carácter administrativo o fiscal que retrasa cualquier calendario previsto, habitual en propiedades de gran tamaño y valor como la casa en Puerta del Hierro de la infanta Pilar. Pero, aun con todo, significaría que la operación es a medio plazo y que solo queda esperar mientras la propiedad sigue deteriorándose lentamente.
La hermana del rey emérito Juan Carlos I falleció en Madrid en enero de 2020 debido a un cáncer de colon.
En cualquier ficción histórica en la que se reproduzca la vida del rey emérito Juan Carlos I no debería faltar el lugar del que, bromeaba, decía que se comía mejor que en cualquier restaurante —algo que ella misma solía repetir orgullosa—. Se trata de la casa que su hermana, la infanta Pilar de Borbón, tenía en Puerta del Hierro, una parcela que adquirió apenas unos días antes de casarse con Luis Gómez‑Acebo en mayo de 1967. Por entonces la zona y sus urbanizaciones ya estaban consideradas de las mejores y más exclusivas de Madrid, fama que no haría sino aumentar con el paso de los años y con la llegada de nuevos vecinos, como Isabel Preysler.
En el terreno, de aproximadamente 2.400 metros cuadrados, la infanta se construyó un chalet unifamiliar de tres alturas que a ella le servía para demostrar sus dotes de gran anfitriona, así como para convertirla en epicentro de la vida de toda su familia. No es solo que allí crecieran sus cinco hijos —Simoneta, Juan, Bruno, Beltrán y Fernando— sino que era el lugar al que acudía la familia real casi siempre el día de Navidad, en especial los años en que reunirse en la Zarzuela era más complicado por culpa de las investigaciones del caso Nóos.
Pero también en otros momentos más alegres, como uno de las últimas ocasiones que se celebró un evento importante: el bautizo de su nieto Nicolás, hijo de Fernando Gómez-Acebo y la periodista griega Nadia Halamandari. Sin embargo, el 8 de enero de 2020, debido a un cáncer de colon diagnosticado un año antes, la infanta Pilar fallecía, convirtiéndose su casa, y en concreto su salón, en la capilla ardiente y donde sus familiares, desde el rey Felipe VI y doña Letizia a su hermano y doña Sofía, vivieron las primeras horas del duelo, dándole el adiós final antes de su incineración en el cementerio de San Isidro.
A pesar de los recuerdos, sus hijos no podían hacer frente económicamente a los enormes costos de su mantenimiento, a lo que hay que añadir que precisaban de liquidez para poder finiquitar la herencia. Ello condujo a la solución crematística más lógica: ponerla en venta. Esta fue infructuosa varios años, hasta que, justo antes de terminar 2024, consiguieron cerrar una operación inmobiliaria que satisfacía a todas las partes siendo, tal y como dio a conocer en aquel entonces Vanitatis, Ricardo Fuster, hermano de Álvaro Fuster y amigo desde la infancia del actual monarca, quien se hacía con la propiedad.
Para ello, Ricky, como se le conoce al empresario, y su esposa, la mexicana Mónica Sánchez-Navarro, hicieron un desembolso de una cantidad cercana a los tres millones de euros, en una operación que siempre se intentó llevar con la máxima discreción posible habida cuenta de que afectaba de manera cercana al entorno del rey actual y de su padre, envuelto por entonces en diversas polémicas. No parecía, además, que hubiese intenciones por parte de los compradores de hacer grandes cambios en sus 1.100 metros construidos ni en el estilo arquitectónico original —un gran residencia aristocrática y familiar de los años 60— ni en las enormes zonas ajardinadas o la piscina, más allá de algún que otro lavado de cara.

Hay que dar, de entonces hasta ahora, un pequeño salto temporal, hasta que, justo antes de esta pasada Semana Santa, desde el periódico El Español se publican unas imágenes que no dejan lugar a dudas: la casa está cerrada a cal y canto, nadie vive en ella, no hay nada que haga presagiar unas futuras y necesarias obras y, en definitiva, la propiedad que tanta felicidad le dio a la infanta Pilar de Borbón se encuentra en un estado de completo abandono y deterioro, que si es evidente en el exterior se puede suponer que no será diferente entre sus muros.
Desde el portal de El Confidencial añaden que, según sus fuentes, la compraventa verdaderamente se formalizó en enero de 2024, pero que no fue hasta noviembre cuando se produjo la transacción definitiva y total, pasando la propiedad a repartirse, mitad y mitad, entre las dos partes del matrimonio entre Fuster y Sánchez-Navarro. La operación se acompañaba de unos trámites burocráticos que buscaban la regularización de su situación administrativa, a fin de intervenir la vivienda y adaptarla. Al menos, sobre el papel, porque la realidad es que nada de ello se ha hecho realidad.
Los problemas de la susodicha burocracia con el Ayuntamiento de Madrid han ido poco a poco paralizando el proyecto. Y desde el medio detallan cómo, hoy por hoy, «no consta en los registros ninguna solicitud activa de licencia de obra para reformar el inmueble» según la base de datos municipal de la capital. A todo ello hay que añadir otro problema de última hora y al que ha tenido que hacer frente con mayor urgencia Ricardo Fuster: una reclamación administrativa.
Informantes del propio sector inmobiliario han señalado al medio que operaciones de este calibre pueden acarrear ajustes ce carácter administrativo o fiscal que retrasa cualquier calendario previsto, habitual en propiedades de gran tamaño y valor como la casa en Puerta del Hierro de la infanta Pilar. Pero, aun con todo, significaría que la operación es a medio plazo y que solo queda esperar mientras la propiedad sigue deteriorándose lentamente.
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