Lanzarse al mar para atrapar a los números uno de la droga

De izquierda a derecha, Antonio Martínez Duarte, comisario principal y jefe de la UDYCO Central; el comisario jubilado Juan Antonio Ojeda; y el comisario Alberto Morales, actual jefe de Brigada Central de Estupefacientes (BCE), en el complejo de la Policía Nacional en Canillas, en Madrid.

Cuatro policías de Madrid vestidos con ropa de calle están escondidos en el camarote de un velero frente a las costas de Mauritana. Llevan tres días navegando. Duermen como les deja el mar, que sacude la embarcación con violencia. Al timón está un alemán aventurero que les alquiló el barco en el Puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, y al que le pareció emocionante acompañarlos en busca de un cargamento de cocaína. La otra mitad de la tripulación la forman agentes de Vigilancia Aduanera. Son unos diez, y el velero, de 18 metros de eslora, se les queda pequeño. El cansancio, los nervios y las olas les han hecho creer que no van a encontrar el buque que buscan, hasta que ven la señal en el radar.

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Juan Antonio Ojeda muestra una de las dos fotografías que conserva del abordaje del 'Bongo', en febrero de 1991. En ella, aparece junto a la bandera británica del velero 'Esmeralda de los tiburones', en el que fueron a interceptar un cargamento de cocaína.Recuerdo del comisario Morales del primer barco, un velero, que cogió con droga en su carrera. La Policía suma más de 200 intervenciones policiales en el mar en los últimos 40 años  

Cuatro policías de Madrid vestidos con ropa de calle están escondidos en el camarote de un velero frente a las costas de Mauritana. Llevan tres días navegando. Duermen como les deja el mar, que sacude la embarcación con violencia. Al timón está un alemán aventurero que les alquiló el barco en el Puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, y al que le pareció emocionante acompañarlos en busca de un cargamento de cocaína. La otra mitad de la tripulación la forman agentes de Vigilancia Aduanera. Son unos diez, y el velero, de 18 metros de eslora, se les queda pequeño. El cansancio, los nervios y las olas les han hecho creer que no van a encontrar el buque que buscan, hasta que ven la señal en el radar.

Estamos en 1991, en mitad de la primera y única operación en la que la Brigada Central de Estupefacientes (BCE) de la Policía Nacional abordó un buque en solitario en pleno Atlántico y cuya historia todavía no se había contado. En la actualidad, van acompañados de agentes del Grupo de Operaciones Especiales (GEO), que reciben formación especial y cuentan con teléfonos satelitales, ropa térmica o chalecos autoinflables. Aquella vez, se lanzaron a la mar con gabardina, mocasines y un revólver.

“Esta historia habla del ímpetu y de la actitud de esos agentes”, explica el jefe de la Unidad Central de Droga y Crimen Organizado (Udyco Central), el comisario principal Antonio Martínez Duarte. De esa guisa, el 21 de febrero de aquel año, a 360 millas al sur de las islas Canarias, cuatro inspectores, hoy jubilados, asaltaron el buque Bongo, que transportaba 2.000 kilos de cocaína y detuvieron a diez tripulantes, nueve colombianos y un peruano. “No tenemos barcos, pero sí una gran potencia de investigación. Siempre hacemos algo diferente, para que los narcos no lo esperen”, subraya Duarte.

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En los últimos 40 años, esta brigada ha participado en más de 200 actuaciones en el mar, una trayectoria que les ha situado a la cabeza en diligencias de tráfico marítimo de cocaína de Europa, según aseguran. En estas operaciones, se han apoyado en la Dirección Adjunta de Vigilancia Aduanera (DAVA) y la Armada. “Al principio había cierta reticencia para acompañarnos, pero después, cambió por completo”, recuerda un mando de la brigada, ya jubilado, que pide que no se publique su nombre.

Con aquel velero de fibra de vidrio y bandera británica, bautizado Esmeralda de los tiburones, los agentes se plantaron frente al buque Bongo, con el casco de acero pintado de negro y sin bandera. Juan Antonio Ojeda, uno de los agentes que participó en la operación de 1991 y hoy comisario jubilado, se sorprendió por la diferencia de tamaño en cuanto estuvieron cerca. Estaban en una misión encubierta. Sabían que ese barco transportaba un cargamento de cocaína que una organización gallega tenía que recoger a unos vendedores colombianos, y por eso no podían ir a su encuentro con embarcaciones de Vigilancia Aduanera o de la Armada. Su plan era detenerlos, pero antes tenían que hacer un intercambio: entregarles el combustible que llevaban atado en barriles en la proa y recibir la cocaína. Estaba muy oscuro. Una vez abarloados, pidieron que dos de ellos subieran al buque y acordaron que fueran el capitán de Vigilancia Aduanera y uno de los inspectores. El resto esperó en el velero. Entonces pidieron que les lanzaran al agua los barriles de fuel y víveres. Y fueron recibiendo la droga, también desde el agua. La subían a su pequeño velero tirando con cabos y tratando de que no les vieran. “Estábamos todos escondidos, tumbados en el suelo, con la luz que entraba por el ojo de buey”, relata. Si los veían, vestidos con ropa de calle, sin botas de agua o impermeables, podían sospechar que algo no iba bien.

Los momentos de máxima tensión comenzaron a sucederse: una cuerda se enredó con el motor y las barandillas del velero se aplastaron por el choque con el buque. “Quillo, que nos mandan a pique’, decía uno de los agentes de Vigilancia Aduanera”, recuerda. Se le iluminan los ojos al contar cómo transmitieron por radio que, efectivamente, el barco llevaba cocaína.

—Las niñas están con nosotros —les dijeron.

—Adelante. Enhorabuena, y a por todas —respondieron desde Vigilancia Aduanera.

“Parece que pillar la droga es fácil, pero solo un error puede arruinar dos años de investigación. Son operaciones de pulso”, explica el comisario Duarte. El hachís se suele interceptar en tierra, cuando ha llegado a la playa, pero la cocaína se interviene tradicionalmente en el mar. Hay que ir a buscarla. Y las operaciones en el mar son caras y complicadas. “Aquello no es una carretera, se pueden seguir muchas direcciones”, añade el comisario Alberto Morales, actual responsable de la BCE. Aunque reconocen que hay algunas coordenadas “clásicas”, esos puntos de encuentro se hacen fuera de las rutas en las que las corrientes son más propicias. Además, los propios narcotraficantes transmiten por radio mensajes cifrados, para situar los trasvases de droga desde el barco nodriza hasta otras embarcaciones que luego se llevan la carga hasta tierra.

La lista de narcotraficantes implicados que acompañan a esas 200 actuaciones es extensa: Sito Miñanco, Os Charlines, Os Panarro, Os Piturro, Oubiña, el Presi, David Pérez Lago, Ramiro Somoza, Franki. Muchos de ellos están vinculados con Galicia, pioneros del narcotráfico. “La historia ha enseñado a las organizaciones que los número uno del tráfico han caído siempre por actuaciones en alta mar”, incide Duarte.

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Intervenir el barco en el que les traían su cargamento durante el viaje hace a las organizaciones más vulnerables. Además del daño económico, y los problemas de infraestructura criminal y de seguridad, les crea una situación de desconfianza. No saben si habrá pruebas que los vinculen y terminen arrestados. “Les hace desconfiar de todo y de todos”, valora el jefe de la Udyco. Como ocurrió en 2018, con la operación Mito, pendiente de sentencia en la Audiencia Nacional. Pasaron meses hasta que se supo que las 3,8 toneladas de cocaína intervenidas a 540 millas al sur de las islas Azores al bordo del Thoran estaban vinculadas con Sito Miñanco.

Aunque pueda parecer el final de la historia del Bongo, a Ojeda y a sus compañeros Francisco Miguelañez, Daniel Gallego y José Pérez, todavía les quedaba subir al barco, enfrentar a la tripulación, dirigida por el capitán Patiño y llevarlos detenidos a España. Subieron de dos en dos, agarrándose por la barandilla, aprovechando el momento en el que la marea les era más propicia. “Estaba a una altura de más de un brazo”, calcula el agente veterano. Les sorprendió que ningún tripulante saliera a repelerles. “El suelo estaba inclinado y era muy resbaladizo, se había derramado parte del combustible y se había mezclado con el agua salada”, recuerda. Ojeda va enumerando los nombres de las armas que llevaba cada uno de los agentes con ese panorama de pista de patinaje. Él llevaba un subfusil Z-70 en la mano. “Les fuimos sacando a todos y registramos el barco”, relata. Afortunadamente los tripulantes no llevaban armas de fuego, aunque sí tenían armas blancas. Después supieron que nadie había salido a pesar de sus gritos de “¡Policía, Policía!” porque se habían estado alimentado de sopa de pasta de coca y estaban devorando la comida que les habían lanzado.

“Se cuentan públicamente los casos de éxito, pero ha habido muchos negativos. Con horas de esperas, seguimientos, en días señalados que podían ser Navidad o Año Nuevo”, relatan los mandos de la Udyco. También terminan con barcos incendiados, casos en los que los tripulantes han abierto una escotilla para hacer desaparecer la droga y hundir el barco y con tragedias como la muerte del agente del Servicio de Vigilancia Aduanera, Carlos Esquembri, en marzo de 2023 en aguas internacionales cercanas a Canarias.

El siguiente susto de los tripulantes del Esmeralda de los tiburones fue saber que El Bongo estaba averiado. El capitán Patiño les contó que habían estado a la deriva y no tenían arrancada. Él y otros dos inspectores, además de los agentes de Vigilancia Aduanera encargados de llevarlo a puerto, se quedaron allí enviando SOS, mientras otro grupo se marchó con el velero y el alijo. Encerraron a toda la tripulación en un camarote y hubo un pequeño conato de rebelión. “¿Ustedes son autoridades?”, les preguntó Patiño a los dos días. Al parecer, durante el abordaje no escucharon los gritos alertando de que eran policías y no tenían claro si eran piratas que les querían robar. Cuando les dijeron que sí, contestó: “Menos mal”. “A los días vimos un punto naranja. Era un remolcador de altura de Salvamento Marítimo que venía de Sudáfrica”, explica Ojeda. Aquel barco gigantesco, como una torre de nueve plantas, les llevó al Puerto de Las Palmas.

Las grandes aprehensiones de droga en el Atlántico saltan hoy a los medios con cierta frecuencia, pero hasta los 2000 eran muy escasas. Incluso se montaban gabinetes de crisis policiales para seguir los resultados. En el caso del Bongo, fueron retransmitiendo su regreso por el telediario.

“Hay que estar ahí”, en este caso en alta mar, para saber lo que está pasando, dice Duarte. Hasta 2019, era habitual que se traficara con cocaína en mercantes cargados de contenedores, pesqueros, yates o lanchas rápidas. En noviembre de ese año, confirmaron la existencia de los narcosubmarinos, algo que venían oyendo desde comienzos de los 2000.

En las últimas semanas, han saltado diferentes operaciones en Canarias, considerado un punto logístico en el que pasan embarcaciones con cargamentos que se dirigen a África, con toneladas de droga, o en la frontera sur con Portugal, en la zona de Huelva, donde también se han incrementado las actuaciones con lanchas que cada vez se alejan más de la costa para ir a recoger los alijos. “El Atlántico está escandalosamente lleno de narcolanchas, también de submarinos”, alertaba recientemente Rosa Ana Morán, la fiscal jefa Antidroga, describiendo un panorama en el que cada vez hay más operaciones de este tipo en aguas internacionales. Para llegar al momento actual, con cifras record de incautaciones de cocaína, los mandos policiales destacan la importancia del trabajo en equipo, pero también la cooperación internacional, con cuerpos hermanos como la agencia antinarcóticos americana, DEA, o la agencia contra el crimen del Reino Unido (NCA), además de autoridades de Colombia o Portugal, o de la Fiscalía Antidroga.

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Ir al asalto de un barco cargado de cocaína es casi una tradición para los inspectores de la BCE. El comisario principal Duarte, por ejemplo, estuvo embarcado 15 días en el patrullero de altura Petrel de Vigilancia Aduanera en 2002 para abordar el velero Che, que tenía 700 kilos de cocaína. Dos años después, con Duarte como jefe de grupo, Morales participó, junto al GEO en la operación Miño. Se embarcó en el buque Vigía de la Armada esperando para abordar al pesquero White Sands, que transportaba 3.947 kilos de cocaína y en el que detuvieron a 56 personas de una organización gallega y colombiana.

Cada uno conserva en su despacho recuerdos de esta experiencia, Duarte tiene una foto del Petrel; en el caso de Morales, guarda una piedra de la playa de San Antolín, en Asturias, del primer barco, un velero, que cogió con droga en su carrera. Ambos insisten en la necesidad de que esta cultura de su brigada de lanzarse al mar para atrapar a los números uno de la droga se transmita y dejan caer que las nuevas generaciones apuntan maneras.

Ojeda tuvo la ocurrencia de comprar una cámara de fotos desechable de la que se velaron todas las fotos menos dos. En la primera, que tiene en su casa, aparece él, sentado en el velero Esmeralda de los tiburones, junto a la bandera británica. La segunda, que donó al Museo de la Policía de la Escuela de Ávila, se ve cómo se remolcaba el Bongo. “Pensábamos que nadie se iba a creer esta historia, pero aquí estoy contándola”, remata. A los pocos días de llegar a Las Palmas, el Bongo se hundió.

Narcolanchas mastodónticas y agentes encubiertos

Operaciones con agentes encubiertos, récords de alijos en función del tipo de embarcación o narcolanchas de tamaños gigantescos. Mas de doscientas intervenciones en mar dan para muchas clasificaciones. Entre ellas se encuentra la mayor aprehensión hecha en un velero, en Portugal en 2021, con 5,2 toneladas de cocaína, vinculadas a la organización de Carlos Silla Otero (enmarcado en la nueva generación gallega de narcotransportistas) o el mayor alijo intervenido hasta ahora por la Policía Nacional, las 10 toneladas que llevaba en sus bodegas el Tammsaare, apresado en julio de 1999. Otra operación célebre es la del buque Atlantic Warden porque se hizo en una operación encubierta en la que también participó Reino Unido y Portugal. Ocurrió en 2005, en ella intervinieron 3.800 kilos y arrestaron al narcotraficante gallego Daniel Baulo y a otras 20 personas.

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