A ellas se las conoce como tongqi, literalmente «esposas de hombres homosexuales». La legislación china no contempla como adulterio las relaciones entre hombres Leer A ellas se las conoce como tongqi, literalmente «esposas de hombres homosexuales». La legislación china no contempla como adulterio las relaciones entre hombres Leer
La mañana del 15 de julio de 2019, en una aldea del noreste de China, Shanni, de 29 años, encendió la cámara de su móvil para grabar una discusión con su suegra, quien la increpaba por no cumplir con las tareas domésticas. Su marido, cuya homosexualidad había salido a la luz semanas antes, aparecía en el vídeo sumándose a los reproches. La discusión fue escalando. Tras los gritos, llegaron golpes. Los vecinos no tardaron en aparecer, pero no para ayudar. Algunos filmaban; otros inmovilizaron a Shanni mientras la suegra la abofeteaba. El marido observaba en silencio. Shanni había pedido el divorcio tras descubrir que mantenía relaciones con otros hombres. Las imágenes acabaron circulando en redes sociales.
En la China rural, donde la tradición sigue marcando el ritmo de la vida, hay matrimonios concertados que nacen condenados al silencio. Cumplen con la forma -boda, dote y descendencia-, pero no con el fondo. Detrás de muchas de estas uniones hay mujeres que descubren, demasiado tarde, que sus maridos son homosexuales, pero que han sido empujados por la familia y el entorno a ocultarlo. A ellas se las conoce como tongqi, literalmente «esposas de hombres homosexuales».
Durante años, el fenómeno permaneció en los márgenes. No fue hasta que algunos medios estatales comenzaron a abordarlo cuando asomó a la esfera pública, con estimaciones que hablaban de decenas de millones de afectadas. En regiones donde la heterosexualidad sigue siendo la única norma social aceptable, el matrimonio funciona como coartada. Para muchos hombres homosexuales, casarse no es una elección, sino una obligación. Para ellas, una trampa.
Un estudio publicado en 2024 en International Journal of Environmental Research and Public Health, basado en entrevistas a 59 mujeres rurales, arroja cifras e historias humanas que ilustran la dimensión del problema: once de ellas habían contraído el VIH de sus maridos. En ese mismo entorno, la familia política, especialmente la suegra, aparece de forma recurrente como principal foco de presión y, en no pocos casos, de violencia.
Ziwei, de 31 años, se casó en 2011 y al año siguiente tuvo una hija. Pero en su casa eso no bastaba. Su suegra insistía en que debía seguir intentando tener un varón. Mientras tanto, empezaron las sospechas. En el baño encontró lubricantes y medicamentos antirretrovirales. Cuando confrontó a su marido, él lo admitió: mantenía relaciones con otros hombres. Poco después, ella dio positivo en VIH. «Lo único que me mantiene en pie es mi hija», cuenta.
Qingwei, también de 31 años, pactó con su marido dormir en habitaciones separadas tras descubrir su orientación sexual. Tenían una hija con síndrome de Down. Ella asumía todo: crianza, casa, cuidados. Su suegro la reprendía de forma constante.
Xiaotung, de 32 años y madre de dos hijas, describe un caso aún más descarnado: «Antes de casarnos, toda su familia sabía que a él le gustaban los hombres». Aun así, su suegra llegó a reprocharle que no fuera «lo suficientemente seductora» como para cambiar la orientación de su hijo. Cuando ambos dieron positivo en VIH, la suegra la echó de casa: «No traigas esta desgracia a nuestra familia», le dijeron. En su aldea, Xiaotung dejó de ser víctima para convertirse en culpable. La señalaron como promiscua. Desarrolló depresión crónica y acabó viviendo recluida en un sótano, hasta que logró escapar.
Wangyue, de 31 años, recuerda cómo su cuñado la agredió por no haber tenido hijos. Su marido no la había tocado desde la boda. Tras la paliza, pasó una semana hospitalizada. Muchas de estas mujeres coinciden en la misma sensación: denunciar no sirve de nada. Beibei, de 29 años, acudió a la Policía tras ser agredida por la familia de su marido cuando anunció su intención de divorciarse. La respuesta fue clara: sin marcas visibles, no hay caso.
El estigma social completa el cerco. «Los vecinos me llamaban idiota, decían que el VIH lo había contraído por ser promiscua. Nadie cuestionaba a mi marido», relata Haoyi, de 39 años. A esto se suma el sistema de hukou, que regula el acceso a los servicios públicos y limita la movilidad: muchas de estas mujeres, registradas como residentes rurales, no pueden acceder a tratamientos adecuados en las ciudades.
Salir del matrimonio tampoco garantiza una vía de escape. La legislación china no contempla como adulterio las relaciones entre hombres, lo que deja a estas mujeres en desventaja en procesos de divorcio o custodia. En los casos analizados por el estudio citado, los jueces tendieron a favorecer a los maridos.
«Al menos 14 millones de mujeres heterosexuales en China están, o han estado, atrapadas en matrimonios ficticios con hombres homosexuales», señalaba el investigador Zhang Beichuan, pionero en estudios sobre diversidad sexual en el país. Durante décadas, explica, el fenómeno permaneció oculto bajo el peso de unas normas culturales que presionan a los adultos a casarse y tener descendencia.
Hubo un caso, el de Luo Hongling, que marcó un antes y un después en el trato mediático al fenómeno de las tongqi. En 2016, esta profesora universitaria de 31 años se suicidó tras descubrir que su marido era gay. Él lo había confesado públicamente en redes sociales un día antes. Su muerte abrió un debate nacional. Pero la raíz del problema sigue intacta.
Según organizaciones como WorkForLGBT, sólo una minoría de hombres homosexuales en China han revelado su orientación a sus familias. La presión para casarse y tener hijos sigue siendo enorme, especialmente en las zonas rurales. La falta de educación sexual y la ausencia de referentes durante generaciones agravan un problema que se perpetúa en silencio. Un documental emitido el año pasado por una televisión local recogía el testimonio de un hombre que resumía esa inercia: «Me casé convencido de que mi atracción por otros hombres desaparecería».
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