Lo que Ucrania esconde

Esta paz desnuda la indigencia europea; Trump no delega ni mantiene lealtades Leer Esta paz desnuda la indigencia europea; Trump no delega ni mantiene lealtades Leer  

Durante casi tres años, la guerra de Ucrania llegaba a nuestras confortables vidas en Madrid, Roma, Atenas -o incluso Estocolmo- envuelta en múltiples capas de relato: la épica de la resistencia, el arrojo e ingenio de los patriotas ‘de allá’, la unidad de criterio occidental, la ‘solidaridad’ comunitaria, la denuncia del revisionismo ruso, la apuesta por la reconstrucción futura, la membresía de la UE, la proyección en OTAN.

Hoy, paradójicamente, con unas negociaciones tan opacas como arrebatadas, aflora con crudeza la trastienda de este drama. Nuestras vergüenzas colectivas. La negociación del descrédito (por antonomasia) que se está fraguando no obedece exclusivamente a una improvisación repentina del temperamental Donald Trump, aunque su estilo la haga más humillante. Desnuda la indigencia europea; y concluye una pauta más larga, aplicada por la Administración Biden desde el inicio: la política de ayudar lo suficiente para que Ucrania no cayera -pero nunca lo suficiente para que pudiera ganar-. Mientras, los europeos no hemos tenido ni voluntad ni medios para influir.

La filtración del ‘plan de paz norteamericano’ -un documento de 28 puntos que análisis lingüísticos ligan a un borrador originalmente redactado en ruso- ha terminado de revelar la magnitud del desastre. Además de las concesiones incompatibles con la supervivencia estratégica de Ucrania, llaman la atención cláusulas que delatan una dislocación conceptual honda. La más desconcertante: la advocación de Estados Unidos como ‘mediador’ entre la OTAN y Rusia.

Un mediador no puede ser parte. La fórmula, absurda en lenguaje diplomático, refleja el estado de desvinculación intelectual en Washington respecto a la Alianza Atlántica, pretendiéndose simultáneamente dentro y fuera. Es el anticipo de una temida retirada del núcleo euroatlántico, no un tropiezo procedimental. Y el brusco viraje del secretario de Estado, Marco Rubio, confirma la volatilidad del momento; Trump no delega ni mantiene lealtades cuando interfieren con sus propios impulsos o intuiciones.

La contrapropuesta europea -más sobria, más jurídica, más lenta- ha carecido de eco efectivo. Moscú ha cerrado la puerta de forma tajante. Y desde Washington se impone la lógica transaccional: que sea aceptado un ‘cese de hostilidades’ presentable ante la comunidad internacional, estabilizar el frente, extraer un rédito económico y pasar página.

En esta situación, la posición de Ucrania es más vulnerable que nunca, no solo por la presión ejercida. Su actividad militar depende totalmente de los ‘ojos’ estadounidenses: inteligencia por satélite, intercepción de comunicaciones, geolocalización de objetivos. A ello se suma la infraestructura digital operada a través de Starlink, sin la cual el denuedo ucraniano colapsaría. Y Elon Musk no tomará jamás una decisión que choque con el presidente estadounidense. Esta asimetría fija un margen de maniobra en la práctica próximo a inexistente para Zelensky.

El acuerdo perfilado será duro para Ucrania. Pero, más allá de cualquier solidaridad meramente formal o incluso sentida, desde un prisma egoísta, conviene subrayar que será extremadamente oneroso para Europa, porque expone tres debilidades emborronadas por la guerra

Primera: la desconexión entre la gravedad del conflicto y la opinión pública. Pese al entendimiento en el norte y el este de la amenaza rusa en un mundo incierto donde la fuerza prevalece, en la mayor parte del continente la guerra sigue siendo un espectáculo televisado, no una cuestión existencial. En España o Italia ni se contempla un compromiso más profundo; en Francia, una escueta advertencia sobre la eventualidad -remota pero real- de un despliegue generó escándalo y el presidente Macron crea conciencia anunciando una ‘mili’ voluntaria. La brecha entre las circunstancias que enfrentamos y nuestra psicología social es abisal.

Segunda: la ausencia de liderazgo. Europa no tiene una figura que articule una visión. Ni un Churchill, ni un De Gaulle, ni siquiera una Merkel que soporte el armazón en tiempos difíciles. La presidenta de la Comisión intenta ocupar espacio tras el bochornoso plegarse a Trump en el campo de golf el pasado agosto. Von der Leyen busca ampliar prerrogativas en materia de Defensa, esgrimiendo el control de la bolsa común como palanca de poder y reclamando un papel cuasi-estratégico.

Pero es el Consejo quien establece qué defensa queremos, cómo colmar lagunas o no duplicar capacidades. Y en este ámbito, prevalece la mentalidad nacional. La coordinación industrial -imprescindible para cualquier progreso creíble- no aparece. Por fin, el Parlamento Europeo, lejos de aportar claridad, oscila entre la bulimia de ampliación competencial y la confrontación continua con la Comisión: sucesivos amagos de censura, litigios ante el Tribunal de Justicia de la UE y votaciones que bloquean incluso tímidos conatos de simplificación normativa. Con las instituciones en pugna, la Unión no avanza. Reacciona, no propone.

Tercera: la imposibilidad de aguantar el nivel bélico que Ucrania -exhausta- necesita. Kyiv dispone del ejército más experimentado de Europa; del mallado más puntero en drones, enjambres autónomos y adaptación táctica. La Unión ni remotamente iguala su cadencia innovadora; esgrime fondos, declaraciones, reuniones, pero sin fuelle para producir munición, sistemas, drones o interceptores al ritmo exigido por un conflicto de alta intensidad. El desfase entre lo que se precisa y lo que Europa puede hacer es inconmensurable.

A todo ello se añade una verdad incómoda: Estados Unidos lleva años advirtiendo de este trance. Se remacha -con justicia- cómo, en su despedida ante la OTAN (2011), el secretario de Defensa de Obama, Robert Gates, avisó que «dirigentes estadounidenses -para quienes la Guerra Fría no fue la experiencia formativa que fue para mí- pueden considerar que la inversión […] no compensa». Era un diagnóstico y una advertencia. Trump, si acaso, actúa de acelerador con su retórica matonesca. Y lo determinante hoy no es un supuesto ‘ciclo político’ americano, es que Europa no se ha dotado -ni militar ni industrialmente- de la autonomía mínima para no depender, en última instancia, de las decisiones de Washington.

Esa subordinación nos obliga ahora a asumir, sin opción real de réplica, un pacto que afecta directamente a nuestra seguridad. Por eso, la venidera paz -sea cual sea su formulación final- tiene un precio que nadie está explicando. Para Ucrania, interrumpirá las hostilidades, pero congelará la línea de control y legitimará, de facto, la partición del país. Una Ucrania mutilada, de ejército controlado, sin acceso a OTAN. Para Europa, significa la constatación de su falta de liderazgo; de una base industrial y estratégica macuenca.

Lo que Ucrania esconde es, así, lo que somos. Europa entra en una era de dureza extraordinaria con herramientas forjadas para un contexto de Pax Americana que ya no existe. El acuerdo presentido no cierra cuenta pendiente alguna: abre una factura estratégica que condicionará nuestro futuro tanto interno como de envergadura multilateral. Una Unión subordinada a decisiones ajenas para su seguridad no solo vive en precario, no puede aspirar a influir en el orden global.

Esta paz -epítome del ‘art of the deal‘- nos obliga a mirar al mundo de frente: Europa ha de construirse estratégicamente, sin demora ni pausa. O se deslizará inexorablemente a la irrelevancia bajo dictados ajenos.

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