Ludovic Slimak sobre los neandertales: “Fue un suicidio. Los humanos desaparecen porque sus valores se vienen abajo”

El paleoantropólogo Ludovic Slimak, en una imagen cedida.

En su último libro, el paleoantropólogo Ludovic Slimak cuenta que de joven se dedicaba a observar a la gente mientras tocaba la gaita ataviado con un kilt en las sucias calles de Marsella. Por un impulso inconsciente había decidido dominar ese instrumento, y lo consiguió, hasta el punto de tener una banda famosa en Francia. Luego nació su primer hijo, se vio a sí mismo viajando de bolo en bolo y, al final, lo dejó. Pero se pudo sacar el doctorado con el dinero que sacó tocando.

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Ishi, vestido a la occidental tras aparecer desnudo con su arco y flechas en Oroville, junto al antropólogo Alfred Kroeber, en 1911. El paleoantropólogo francés publica en España ‘El último neandertal’, una exploración heterodoxa de por qué somos la única especie humana del planeta  

En su último libro, el paleoantropólogo Ludovic Slimak cuenta que de joven se dedicaba a observar a la gente mientras tocaba la gaita ataviado con un kilt en las sucias calles de Marsella. Por un impulso inconsciente había decidido dominar ese instrumento, y lo consiguió, hasta el punto de tener una banda famosa en Francia. Luego nació su primer hijo, se vio a sí mismo viajando de bolo en bolo y, al final, lo dejó. Pero se pudo sacar el doctorado con el dinero que sacó tocando.

Gracias a eso, Slimak ha podido pasar los últimos 30 años observando y estudiando uno de los momentos más decisivos de la historia de la evolución: el encuentro de nuestra especie con los neandertales, los humanos más cercanos a nosotros. Uno de sus últimos descubrimientos es Thorin, un neandertal que vivió hace unos 42.000 años, muy cerca ya del momento de la extinción. A partir de entonces, los Homo sapiens nos convertimos en la única especie humana del planeta.

En su nuevo libro, El último neandertal (Debate), Slimak, nacido en Vercors, Francia, hace 52 años, reflexiona sobre las razones de la desaparición de aquellos hermanos humanos, y lo que esta dice de nosotros mismos. “Es un libro triste”, resalta, porque a pesar de las últimas evidencias de que los neandertales controlaban el fuego, hacían arte rupestre y tuvieron sexo e hijos con nuestra propia especie —lo que ha dejado una pizca de su ADN en nuestro genoma— el científico del Centro Nacional de Investigación de Francia cree que desaparecieron solos y acabados. Slimak responde las preguntas de EL PAÍS por videoconferencia desde su hermosa casa, donde vive con su mujer y sus dos hijos, a medio camino entre Toulouse y los Pirineos.

Pregunta. ¿Qué historia cuentan los restos de Thorin?

Respuesta. El momento de la extinción neandertal es invisible, imposible de tocar, no tenemos ningún dato. Lo que aprendimos de Thorin, después de una investigación de casi 10 años, es que pertenecía a un grupo distinto de los neandertales clásicos de Europa, y que cuando murió estaba aislado. Pero no desde el punto de vista geográfico, ni físico.

P. ¿En qué sentido entonces?

R. La cueva de Mandrin está en el valle del Ródano, que es un corredor enorme de migración entre el Mediterráneo y Europa continental. Es un lugar para el contacto y los intercambios, pero el ADN de Thorin nos dice que su grupo llevaba aislado unos 60.000 años. Y eso que había otros neandertales a solo dos semanas andando de este lugar. ¿Cómo es posible? Creo que porque rechazaban el contacto.

P. ¿Es posible pasar tanto tiempo aislados?

R. Ellos eran felices en sus pequeños valles. No querían explorar el mundo ni propagar sus genes. Es algo radicalmente distinto a nosotros, que somos exploradores por definición. Hemos ido hasta Groenlandia, hasta la Luna y ahora queremos ir a Marte. Esto va más allá de la genética, es un problema más profundo e interesante: ¿Es posible que para los neandertales su relación con el mundo fuera tener un territorio pequeño y quedarse allí para siempre?

P. ¿Qué dice eso de su mente, eran más o menos inteligentes?

R. El problema es que definimos la inteligencia en comparación con la nuestra. Pero hay animales que son súperinteligentes. En valles de África se conocen culturas chimpancés muy diferentes que viven separadas por un río. Es muy difícil imaginar este tipo de mentes divergentes, pero estamos rodeados de ellas. Tenemos que aceptar que Homo sapiens no es la definición de humano, ni de inteligencia. La verdadera cuestión es cómo funcionaba esa otra mente.

P. ¿Es posible averiguarlo?

R. No es solo un tema de cultura, sino de etología, de comportamiento. Si criara a un bebé neandertal como a mi propio hijo, no habría problema en el vínculo. La duda es si, al crecer, entendería el mundo igual que mis otros hijos. Probablemente absorbiera mi cultura y tradiciones, pero no. Habría algo en su interior que lo condicionaría a ver el mundo a su manera; límites que ni siquiera la cultura que yo le enseñé podría cerrar.

P. En su libro concluye que desaparecieron por el colapso de su “esfera mental”. ¿Qué quiere decir?

R. En el libro hablo de la historia de Ishi, un indio yahi que vivió en la actual California. Ishi aparece de repente en Oroville en 1911. Nadie esperaba que siguiese habiendo indios salvajes, desnudos con su arco y flechas, en aquella zona. Lo que pasó fue que el grupo de Ishi, conscientemente, se convirtieron en sombras, se escondieron de los blancos y actuaron como si no existieran. Vivieron así siglo y medio, sin contacto alguno con los occidentales. Su territorio era cada vez más pequeño. Eran cazadores recolectores, necesitaban cazar sin ser vistos. Y al final se hizo insostenible. Ishi era el último de su estirpe y, por decisión propia, decide ir a morirse a donde están los occidentales. Les consideraba demonios y quería que le matasen. Llamaron a antropólogos de todo el país, pero no consiguieron comunicarse con él. De hecho, nunca supieron su nombre. Ishi significa humano; él solo estaba diciendo que era un humano. Hay muchos otros ejemplos. Cuando estos grupos pueden esconderse, se esconden. Y si alguien llega a encontrarles, lo matan.

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Durante unos años trabajé en Etiopía y Yibuti. Allí hay aún tribus de cazadores y guerreros nómadas. El contacto con culturas distintas, como la occidental, hace que se derrumben todos sus valores, su forma de entender el mundo, las historias que cuentan a sus hijos, sus mitologías. Tras el contacto, estas historias se vuelven absurdas. Los niños dejan de reconocerse en sus padres, en sus mayores, ya no quieren seguir. Muchos caen en las drogas o el alcohol. En la capital de Yibuti, gran parte de la población vive drogada. Los chavales solo sueñan con emigrar a Yemen, donde les espera el peor tipo de esclavitud imaginable.

P. ¿Y algo así pasó con los neandertales?

R. Las herramientas de los sapiens son estandarizadas. Los neandertales, en cambio, tenían una forma mucho más única y creativa, aunque mucho menos eficiente. Para mí está claro que estos humanos se derrumbaron sobre sí mismos. Dependiendo de la zona, puede que decidiesen hacerse invisibles, y en otras simplemente ya no quisieron seguir viviendo. Fue un suicidio individual y social de la población. Así es como desaparecen los humanos, cuando ya no quieren seguir viviendo porque sus valores se han derrumbado.

P. ¿Dice eso algo de bueno de nosotros, que hemos prevalecido?

R. Este suicidio, este colapso, no es porque el sapiens sea malo. El problema es que somos ser eficientes. Es algo genético. Necesitamos hacer todos lo mismo a la vez. Es aterrador. Cuando lo entiendes, ves la historia del siglo XX. De cómo fuimos capaces del genocidio. Lo hicieron los alemanes, pero pudo ser cualquier otro país de Europa. ¿Cómo podemos describir nuestra tendencia a rechazar la diferencia? Si no lo conseguimos, volverá a pasar. En Polonia, durante el Holocausto, los nazis sugirieron a un batallón de policía que matasen a los niños judíos de un balazo en la cabeza. No estaban obligados, si no querían hacerlo, estaba bien. Pero a pesar de ello, la inmensa mayoría realizó las ejecuciones. Es nuestra tendencia a la sincronización, la estandarización, a la integración en el grupo, a la conformidad y el miedo a quedar marginados.

P. Los humanos también curamos el cáncer, llegamos a la Luna, hemos domesticado el átomo…

R. Sí, hacemos cosas buenas. Esa capacidad de la que hablo es una de las claves de nuestro éxito histórico. Pero los mecanismos que posibilitan la cooperación y la estabilidad institucional también hacen a los humanos altamente susceptibles a la alineación colectiva cuando la norma se desplaza hacia la violencia o la destrucción ecológica. Mi intención no es mancillar al sapiens, sino que al ponerle palabras a nuestras fragilidades, a nuestros peligros, podamos empezar a cambiarlos. Mi labor ha pasado de excavar cuevas neandertales a intentar comprender qué somos y cómo actuar para ser mejores humanos. A pesar de nuestra ciencia y conocimiento, seguimos ciegos. Ser mejores requiere cultivar el deseo real de comprender y amar a quienes son diferentes. Sin reconocer nuestro comportamiento intrínseco, no habrá cambio.

P. ¿Puede que el neandertal no desapareciese solo, sino viviendo entre sapiens, incluso con una pareja de esa especie?

R. En este campo es fácil decir casi cualquier cosa, porque las horquillas de las dataciones son muy amplias. En el caso de Thorin, por ejemplo, el fósil tiene entre 40.000 y 45.000 años, mil años arriba o abajo. Pero en la cueva de Mandrin hemos analizado el hollín y hemos visto que entre el último fuego neandertal y el primero de los sapiens pasaron como máximo seis meses. Eso significa que estuvieron en el mismo lugar, juntos, pero no revueltos. Cuando están los sapiens, solo encontramos herramientas sapiens; y lo mismo sucede con los neandertales. Nunca juntos. No puedo evitar pensar que esta es una historia triste.

P. ¿Seguimos siendo incapaces de ver al otro?

R. Totalmente. Mira Groenlandia. El debate mediático se centra en la geopolítica, los recursos, la economía, ignorando que no es un espacio vacío: es el hogar de poblaciones inuit con milenios de historia. Esta ceguera no es nueva. Ya en 1955 Estados Unidos construyó la base de Thule, la mayor del mundo fuera de su territorio, en total secreto, sin consultar a los habitantes que vivían allí. Ahora, en 2026, seguimos negando que Groenlandia pertenece a los inuit.

P. ¿Tiene algún nuevo descubrimiento?

R. Sí, no puedo dar detalles porque vamos a publicarlo en una revista científica, tal vez en dos o tres años. Y sobre esto escribiré mi próximo libro, que se llamará algo así como La gente del bosque. Es posible que existiesen otras poblaciones humanas completamente desconocidas. Hemos encontrado un cuerpo en una cueva profunda. No es en Mandrin, sino en Vaucluse, cerca de Aviñón. En una capa de unos 110.000 años. Es fascinante porque la morfología es muy específica. Parece un niño de siete años, pero es el cuerpo de un adulto. Por lo que hemos visto, no hay rasgos neandertales. Y no sabemos qué es. Puede ser una población como la del hobbit de Flores, aislada en un bosque muy denso, como lo eran en esa época. Es posible que haya varios cuerpos más. Tenemos trabajo para años. No puedo decir más.

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