Sólo una invasión armada o una extracción del mandamás bolivariano resquebrajaría el poder de la revolución Leer Sólo una invasión armada o una extracción del mandamás bolivariano resquebrajaría el poder de la revolución Leer
Vestido de militar, con guantes blancos para enaltecer el momento y con la Espada del Perú (de Simón Bolívar) en la mano, Nicolás Maduro juró ayer martes «frente a nuestro Señor Jesucristo» que dará todo su esfuerzo por la victoria de Venezuela «contra las amenazas del imperialismo». Y prosiguió en la Academia Militar, frente a sus aliados y con un relleno ciudadano: «La victoria será nuestra y podremos decir hemos vuelto a triunfar».
Mientras Estados Unidos afila sus armas para la ofensiva Lanza del Sur, el llamado presidente pueblo contiene la respiración, convencido de que las ofertas energéticas a Washington y los miles de millones de dólares gastados en distintos lobbies en Estados Unidos forzarán un acuerdo conveniente para casi todos, pero no para los venezolanos.
Incluso en el seno de la revolución, según distintas confidencias reunidas por EL MUNDO, se cree que la capacidad numantina de defensa del chavismo, a costa del país, impedirá el derrocamiento de Maduro. Según sus planes, sólo una invasión armada o una extracción del mandamás bolivariano resquebrajaría el poder de la revolución.
Ya lo dijo Hugo Chávez en su día: «Gobernaremos hasta el 2.000 siempre». Esa es la esencia de las revoluciones, como demuestra el castrismo desde hace 66 años o el sandinismo, que ha decidido que no volverá a cometer el error de entregar el poder al ganador de unas elecciones, como sucediera en 1990 con Violeta Barrios de Chamorro.
Pese a que las últimas palabras de Donald Trump han resonado con fuerza («Si podemos salvar vidas por las buenas, está bien. Y si tenemos que hacerlo por las malas, también está bien»), el chavismo se siente fuerte, incluso no duda en provocar. «Quien se atreva a pisar Venezuela, será aniquilado por nuestro pueblo», bramó Diosdado Cabello, a sabiendas de que los venezolanos hace años abandonaron a la revolución. El ministro del Interior fue más allá y volvió a cargar contra la bestia negra de las tres dictaduras, el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, a quien calificó como un «imbécil».
Cabello profundizó en el mundo al revés en el que viven: «Para el mundo entero está claro que Estados Unidos quiere robarse los recursos naturales de Venezuela y la excusa es el cambio de régimen y la dictadura». Según The New York Times, el chavismo ha ofrecido a Trump, una y otra vez, las riquezas energéticas de Venezuela a cambio de mantener a Maduro en el Palacio de Miraflores.
«Yo llamé a Washington y pregunté: señores, qué hacemos, ¿nos vamos? [Me dijeron:] ‘Quédense tranquilos y que no se mueva nadie, no va a pasar nada’. Vimos a senadores republicanos decir que no había invasión en Venezuela. Lo que sí hay es un acoso psicológico que ha generado esta presión para luego buscar un arreglo», aseguró Alejandro Terán, director de la Asociación Latinoamericana de Petroleros de Texas y cercano al chavismo.
Un arreglo con cuatro patas: Rusia, China, Estados Unidos y Venezuela. «Va a haber el acomodo final que permita que hagamos el gran acuerdo energético del mundo, donde Venezuela es fundamental», aventuró Terán en la tele chavista.
En semejante encrucijada, Maduro se ha erigido en una especie de hiperlíder, capaz de poner el pecho para aguantar la embestida. Razones le sobran para ello y fuerzas esotéricas que le otorgan «poder», también. No sólo se trata de los poderes mágicos de la espada de Bolívar para quien ha sido capaz de escuchar al espíritu de Chávez a través de un pajarito. El pendón de Pizarro y el sable de Urdaneta le acompañan como si fueran escudos protectores, de importancia parecida al anillo de seguridad que conforman sus escoltas cubanos.
Entre rituales santeros y ceremonias evangélicas, Maduro también ha encontrado tiempo para recordar a su antiguo guía espiritual, ahora que Venezuela vive una «coyuntura decisiva» en la que está prohibido fallar. El espíritu del polémico gurú indio Sri Sathya Sai Baba, «un ser de luz y testimonio vivo de la divinidad», siempre aparece en los momentos más delicados del Maduro mandatario.
«Maduro se percibe a sí mismo como un hombre predestinado por la Historia, con recurrentes señales metafísicas, que le explican su trayectoria vital y que le permiten reescribir su biografía. Está convencido de que él es el hombre necesario para Venezuela en este momento y debe continuar su mandato. ¿Que pueda negociar una salida del país ante una encrucijada terrible? Puede ser, pero él se percibe como un héroe de la Historia y estos no se retiran o jubilan, mueren en su ley. En su peor pesadilla, Maduro sueña que muere como Salvador Allende en el Palacio de la Moneda, con su rifle en la mano. Es capaz de inmolarse por su proyecto de revolución», resume para EL MUNDO el sociólogo Gianni Finco.
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