
Aunque Milena Busquets se confiesa más de literatura francesa que anglosajona es fácil sentirse ante ella como el abrumado Pip de Grandes esperanzas, de Dickens, ante Esther, la guapa muchacha educada por la amargada pero muy rica señorita Havisham para vengarse del sexo masculino. No es que la escritora, que ahora publica Mujeres elegantes (Lumen), te vaya a partir el corazón, al menos de entrada, sino que como el propio Pip en la casa Manor te haces muy consciente de que no estás preparado para el encuentro. “Con este muchacho, ¡pero si es un rústico!”, recuerdas que decía Esther juzgando al pobre Pip, y te das cuenta de que llevas un polo gastado, unos tejanos baratos y lavados demasiadas veces, con la única concesión al glamour (relativo) de unas Adidas Samba que ya han pateado demasiada calle y que Busquets parece evaluar como un escáner mientras te encoges en el extremo del sillón largo en el que hemos tomado asiento los dos. Ella, Milena, lleva en cambio una exquisita camisa azul que debe de ser una delicia al tacto (dice que no es de su apreciado Dries Van Noten, que al profano le puede sonar a pintor flamenco pretencioso), unos vaqueros que le quedan como a una modelo y, vaya, no las sandalias Birkenstock Boston que elogia en Mujeres elegantes y que forman casi tan parte de su identidad como Cadaqués o el apellido Tusquets −de su madre, la celebre editora y escritora Esther Tusquets−, sino unas bonitas bailarinas.
La autora publica ‘Mujeres elegantes’, una entretenidísima colección de textos que conjugan travesura y frivolidad con hálito literario, mucho humor y un sentimiento profundo de la existencia
Aunque Milena Busquets se confiesa más de literatura francesa que anglosajona es fácil sentirse ante ella como el abrumado Pip de Grandes esperanzas, de Dickens, ante Esther, la guapa muchacha educada por la amargada pero muy rica señorita Havisham para vengarse del sexo masculino. No es que la escritora, que ahora publica Mujeres elegantes (Lumen), te vaya a partir el corazón, al menos de entrada, sino que como el propio Pip en la casa Manor te haces muy consciente de que no estás preparado para el encuentro. “Con este muchacho, ¡pero si es un rústico!”, recuerdas que decía Esther juzgando al pobre Pip, y te das cuenta de que llevas un polo gastado, unos tejanos baratos y lavados demasiadas veces, con la única concesión al glamour (relativo) de unas Adidas Samba que ya han pateado demasiada calle y que Busquets parece evaluar como un escáner mientras te encoges en el extremo del sillón largo en el que hemos tomado asiento los dos. Ella, Milena, lleva en cambio una exquisita camisa azul que debe de ser una delicia al tacto (dice que no es de su apreciado Dries Van Noten, que al profano le puede sonar a pintor flamenco pretencioso), unos vaqueros que le quedan como a una modelo y, vaya, no las sandalias Birkenstock Boston que elogia en Mujeres elegantes y que forman casi tan parte de su identidad como Cadaqués o el apellido Tusquets −de su madre, la celebre editora y escritora Esther Tusquets−, sino unas bonitas bailarinas.
Puede parecer frívolo comenzar una entrevista con una escritora, y una tan consolidada como Milena Busquets (Barcelona, 53 años), celebrada autora de También esto pasará (Anagrama, 2015), hablando de vestuario, pero es que su nuevo libro, una colección de textos en los que trata de todo, pero esencialmente de sí misma, su vida y sus sentimientos (dice que sus temas son moda, libros y amor), está lleno de consideraciones sobre estilo, ropa y complementos. De hecho, el conjunto (y valga la palabra), con textos como Cuando la gente solo quiere hablar de amor y de libros contigo y tú de lo que quieres hablar es de camisas, Los bolsos bandolera, El albornoz (“soy antialbornoz”), La batalla de los pikis, el imprescindible hoy en día Cómo vestirse cuando hace treinta grados, o listas de lo que está out, incluye numerosas consideraciones sobre la forma de vestir (y de perfumarse) de los hombres que van más allá de lo puramente estético para convertirse en una forma casi de juicio moral. Veinte señales muy personales y discutibles de que no es el hombre perfecto, por ejemplo y que es una lista de “las cosas que no soportamos en un hombre”, se abre con “1. Que lleve mochila”; así que es mejor esconderla con el pie debajo del sillón.
“El elefante es mi animal favorito”, dice Busquets en un inicio de entrevista algo disperso —no es fácil arrancar una conversación con una escritora pensando si te has pasado con la colonia—. Pues parecería que el gato. “¿Tú crees? He tenido gato, pero me fue muy mal, me lo endosó un ex, se llamaba Ottla, como la hermana de Kafka”. Ella, dice, es más de perros: en Mujeres elegantes salen numerosas referencias a Kate, su perrita. “Sí, Albert Serra, que es muy buen amigo, me dice: ‘deja de escribir sobre Kate’, pero no puedo. Kate es, claro, por Kate Moss, ya sabes, de la que soy muy fan y me parece la única persona del mundo relevante estilísticamente”.
El libro, “como todo lo que escribo, es un diario, sigue mucho mi vida cotidiana, lo que me pasa”. Es muy entretenido, con esa técnica de empezar los textos de manera distendida y hasta frívola para rematarlos con un giro serio que revela una concepción profunda de la existencia, o viceversa. “He querido mezclar lo liviano y alegre, lo lúdico y alocado, con lo importante, quitándole hierro al asunto tan difícil de vivir”. Esa mujer protagonista, escritora de mediana edad con dos hijos, dos ex, el novio, la perrita, el psiquiatra, fan de Sexo en Nueva York (pero también de Pina Bausch y de Dostoyevski), coqueta, romántica, enamoradiza y que alardea de no haber visto ninguna película de Pasolini en un texto ¡sobre Pasolini! o de “tener las lectoras más guapas”… ¿se ha construido Milena Busquets un personaje? “Sí, lo he necesitado para protegerme. Me gustaría ser Houellebecq, que no tiene que hacer promoción de su último libro y es el único escritor maldito que queda, y sin embargo es aceptado; pero los que no somos tan geniales hemos de ser presentables. Hoy ya no puedes ser Terenci o Barral. Como yo, mi personaje parece amable y desenfadado, pero los dos tenemos un lado oscuro y complicado, como todo el mundo”.

La autora continúa: “Trato de ser honesta en lo que escribo, no lo llamaría autoficción porque la palabra no me gusta y está algo denostada. Pero en fin sí que he creado un personaje de mí misma, no podemos ir sin un personaje por la vida”. Busquets dice que no entiende a la gente que “se obliga a ser uno y ser coherente”, cuando “la gracia está en poder cambiar”. Y añade como para sí misma: “Yo cuanto más cansada estoy menos sé quién soy”. Tiene una idea de sí misma, admite, “fluctuante”.
De repente estamos hablando de Proust —ella, que ha ido al Liceo Francés, pronuncia algo así como Pust—, tan recurrente en su nuevo libro como la perrita Kate. “Es lo que más me gusta, los detalles emocionales, ahora nadie describe así. Lei À la recherche, En busca del tiempo perdido, el mejor libro jamás escrito, a los 18 por primera vez, había perdido a mi padre, maduraba a marchas forzadas. Me cambió la vida como ningún libro antes o después. Proust no es difícil, volví a leer los siete volúmenes de À la recherche durante la pandemia”. ¿Le gusta el Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell? “Lo encontré difícil, me gusta más el Durrell de los animales”. Inconscientemente la mirada se dirige hacia la pulsera que lleva: una serpiente. En todo caso, “mi educación es muy francófona”.
Cuando se leen textos como Las veinte mejores cosas que puede hacer una mujer en verano (“llevar ropa interior más liviana”, “tomar piñas coladas”, “enamorarse de alguien completamente absurdo, ya nos enamoraremos para siempre en noviembre”) o ¿Cuántas amigas, hombres, libros y complementos necesitamos?, uno puede olvidarse de que Milena Busquets es licenciada en Arqueología. “No sigo mucho la actualidad arqueológica, pero me marcó mucho estudiar arqueología, incluso hice trabajo de campo sobre los mayas en Belice. Me gusta mucho la combinación que tiene la disciplina de parte práctica e imaginación. Yo tengo un lado de pisar mucho el suelo aunque me hago la loquita, que es una imagen tras dos copas de champán. Me gusta soñar, imaginar y eso es también la arqueología, tanto la precolombina como la griega”. Grecia está mucho en la cabeza de Busquets. “Cuando miro al mar siempre al fondo está Grecia, soy muy feliz en Grecia, por el mar y las ruinas”.

Mujeres elegantes está llena de frases que suenan como aforismos (“la vida solo se mide en veranos y en amores, lo demás no cuenta”, “solo la gente muy lista y con mucho talento puede parecer arrogante sin parecer al mismo tiempo idiota”, “sabes si alguien ha perdido la esperanza en la vida por la ropa interior que lleva”, “los hombres, cuantos más amigos tienen más tontos son los amigos y ellos”). “Los aforismos, las sentencias, las boutades, vienen de que crecí en un ambiente en que se tenía que ser enfant terrible, una frase brillante y rotunda era necesaria para que te escucharan”. También prestar atención a la ropa y la moda era, dice, una forma de rebeldía. “Se consideraba una gran frivolidad en ese mundo de intelectuales y escritores y en cambio a mí, por llevar la contraria, me interesaba y me divertía”. Al respecto recuerda: “Nunca vi a mi madre mirarse en el espejo, algo tan normal en mi casa era frívolo”. Por otro lado, “es difícil hablar de moda sin hablar de belleza y hablar de belleza sin hablar de amor y de amor sin hablar de todo lo demás”.
Milena Busquets confiesa carencias en la literatura de aventuras. “No he leído La isla del tesoro, por ejemplo, ¿debería? Siempre he pensado que eran libros masculinos que en general no leíamos las mujeres, y un género en el que no hay amor”. Bueno, lo hay en Beau Geste, en Las cuatro plumas, en Miguel Strogoff, en las novelas de Sandokán… “Ah, Sandokán estaba en el pasillo de la cocina en casa. A mi madre le apasionaba”. Admite no haber leído tampoco Las aventuras de Tom Sawyer, “aunque leí mucho a Enid Blyton”.
¿Es Cadaqués, al que dedica Las veinticinco cosas que aprendí en Cadaqués, el Yoknapatawpha de la escritora? “Es mi Shangri-La, he vivido muchas cosas y fue un sitio muy propicio para ser joven, siempre me ha gustado el verano y no los hay como los del Mediterráneo”. La autora demuestra no estar en realidad tan poco ducha en el género de aventuras cuando recuerda El faro del fin del mundo, la adaptación de Julio Verne que se filmó en el Cap de Creus, y a Kirk Douglas. “Todo el mundo sabe de eso en Cadaqués”. En cuanto al atrevimiento o impudor de explicar cosas íntimas como su primera vez (en el mismo Cadaqués, con un joven extranjero), señala: “No me parece que sea algo tan íntimo y secreto la primera vez que haces el amor con alguien, es algo que nos pasa a todos y una experiencia que compartes con todo el mundo no puede ser impúdico contarla. Me da mucho más apuro explicar la pobreza o la miseria en un libro que cuándo follé por primera vez. Los secretos están mucho más en el fondo. Y esos sí que no los comparto con nadie. Por otro lado, la virginidad en los años ochenta era algo muy a sacarte de encima, nunca lo vi como algo secreto, era un paso maravilloso. No se lo conté a mi madre, por eso”.
Milena Busquets se considera “bastante cursi”, y hay palabras que no le gusta usar, como “bragas” (“es una palabra muy grande para la ropa interior”). No tiene miedo a que la encasillen como ligera, superficial o pija. “No sé qué soy, y tengo miedo de saberlo. El estilo, el humor, la ironía, igual son una señal de cobardía. Tengo una afición natural por un lado liviano de la vida pero eso también se podría decir de Chéjov. Sé que a veces se me cataloga como escritora de una clase, la burguesía, pero no lo soy, a mí me gustaría ser Camus y Arnaux, aparte de Mick Jagger. Hay una cierta esquizofrenia o bipolaridad en mí”.

En cuanto a la proliferación de listas en Mujeres elegantes (cosas que la gente hace peor de lo que cree: cocinar, hablar inglés o francés, mentir, escribir…; mejor de lo que cree: bailar, ligar, besar…), “son características de escritor perezoso, lo sé, pero me gustan mucho y me salen espontáneamente; son un formato literario más, como las cartas”. A destacar Diez cosas sobre las que está bien cambiar de opinión (los tacones, García Márquez, los petos, tu madre, febrero…), y que la frase más útil del mundo le parece “pero este tío ¿de qué va?”.
Milena Busquets se despide revelando que en la actualidad está muy interesada por Maria Antonieta como sujeto literario, e inesperadamente, al decirle que ha sido una sorpresa verla con bailarinas y no con las Birkenstock Boston, abre el bolso y saca un par de esas sandalias. “Me las he cambiado para la entrevista porque pensaba que daría mejor impresión con las bailarinas”.
Se sale de hablar con Milena Busquets con un lío en la cabeza sobre la alta y la baja cultura, lo trascendente y lo superficial, lo que hay que ponerse y lo que no, y a quién se debe amar, pero con una recomendación bastante clara: “Haz una lista de todas las cosas que no te van a pasar nunca y siéntate a esperar, ya verás como casi todas acaban sucediendo”.
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