La gigantesca Cruz de Lorena, tótem sagrado de los franceses que resistieron a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, asoma al final de la carretera que atraviesa campos de trigo y viñedos en Champagne. Al fondo, la pequeña Colombey Deux-Églises, 700 habitantes a 260 kilómetros de París, la diminuta patria del inmenso general Charles De Gaulle (1890-1970), la única capaz de rivalizar con su obsesivo e incondicional amor a Francia.
El impresionante díptico cinematográfico de Antonin Baudry indaga en la figura del fundador de la V República que anticipó algunos de los grandes problemas en los que se adentraría Europa tras la Segunda Guerra Mundial
La gigantesca Cruz de Lorena, tótem sagrado de los franceses que resistieron a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, asoma al final de la carretera que atraviesa campos de trigo y viñedos en Champagne. Al fondo, la pequeña Colombey Deux-Églises, 700 habitantes a 260 kilómetros de París, la diminuta patria del inmenso general Charles De Gaulle (1890-1970), la única capaz de rivalizar con su obsesivo e incondicional amor a Francia.

La Boisserie, de estancias pequeñas y algo lúgubres, fue construida en una antigua brasserie cuandoel joven militar intuyó que le destinarían a los cuarteles de la región del Grand Est. Necesitaba un lugar tranquilo para criar a su hija Anne, nacida con síndrome de Down y enterrada hoy con sus padres y bajo una lápida blanca en el pequeño cementerio del pueblo, junto a los otros vecinos difuntos. “Incluso en eso tuvo una premonición”, señala Freddy, el guía que atiende cada día un flujo de turistas atraídos por el magnetismo creciente de la figura del padre de la Francia moderna. Todavía más ahora, tras el estreno en Francia de La batalla De Gaulle, el monumental díptico cinematográfico dirigido por Antonin Baudry y convertido en inesperado éxito de taquilla. Esta semana se ha proyectado en el Atlàntida Film Festival de Mallorca, pero aún no tiene fecha prevista de estreno en las salas españolas.

El fundador de la V República, el régimen constitucional sobre el que gravita hoy toda la política francesa a través de esa suerte de monarquía laica, es uno de los pocos asuntos que genera unanimidad en un país profundamente fracturado. “En una época de desilusión con la política, existe una necesidad de auténticos héroes que vuelvan a despertar el entusiasmo por nuestra visión del mundo”, apunta Julian Jackson, autor de Una cierta idea de Francia, la biografía publicada en 2018 —nunca traducida al español— en la que se basa la cinta de Baudry. “Y, aunque el contexto de las películas es distinto del actual, la historia que cuentan, especialmente la segunda, sobre la necesidad de permanecer vigilantes en la defensa de los intereses de la nación resulta muy pertinente en el contexto de la relación franco-estadounidense de hoy”.
La audacia, visión de futuro, resistencia y liderazgo de De Gaulle son reivindicados por todos los partidos políticos. Incluso por la extrema derecha, que durante años lo consideró su bestia negra e intentó asesinarlo a través del atentando perpetrado por el teniente coronel Jean-Marie Bastien-Thiry el 8 de septiembre de 1961 cuando se dirigía, precisamente, a Colombey-les-Deux-Églises. “Ahora reivindican a De Gaulle, pero es una usurpación. No es sincero. Podemos hacer decir a De Gaulle lo que queramos. Si no asumes sus valores no puedes reclamarle. A diferencia de ellos, nunca fue antisemita, reaccionario, alguien que rechazase Europa, racista… Es una impostura. Además la gente que intentó matarle era próximo a a Jean-Marie Le Pen”, protesta Jean-Luc Barré, autor de Devenir De Gaulle y coeditor de sus Memorias en la colección de clásicos La Pléiade.

El mito De Gaulle, que Baudry convierte en una trepidante película de aventuras, se forja entre dos fechas. El 18 de junio de 1940, las tropas nazis entran en París. Pétain, héroe de la Gran Guerra, se dispone a firmar el armisticio. Un militar de 49 años, desconocido para el gran público, se marcha a Londres y, desde las ondas de la BBC, llama a los franceses a unirse a él y a resistir. La Francia de Vichy le condena a muerte y le despoja de la nacionalidad. Cuatro años más tarde, ahí termina este arco narrativo, entra en París para proclamar su liberación convertido en héroe e inspiración para las siguientes décadas. “Hoy sigue representando la idea de la libertad. Pero la libertad necesita la independencia y luchar contra el más fuerte. Da igual si es estadounidense o alemán… Cuando te enfrentas a alguien más poderoso que tú, tienes que estar vigilante si quieres vivir libre. Por eso hoy su figura sigue siendo fundamental”, explica el director al teléfono.
El De Gaulle de Baudry y de Bérénice Vila, coguionista de la película, se circunscribe a los años de la Segunda Guerra Mundial y se apoya en el retrato que perfiló Jackson de un hombre solo, sin empatía, guiado por una visión y un irremediable aire quijotesco. “Había algunas biografías, pero demasiado icónicas. Y los iconos no aportaban mucho a lo que queríamos contar”, explica Baudry al otro lado del teléfono y en manos libres junto a Vila. “La obra de Jackson, sin embargo, es la de un inglés hablando del personaje más importante del siglo XX en Francia, sin referencias al hombre que moldeó la República, a la bomba nuclear o a la independencia de Argelia. Nos gustaba ese lado del David contra Goliat. Como Astérix y Obélix, que explican lo que es ser francés en los 60: luchar contra la hegemonía cultural romana, o sea, la estadounidense. Y ahí volvemos a encontrar un poco lo que era De Gaulle”, apunta Vila.

El proyecto de esta película, que mezcla las vicisitudes en Londres, París y media África (donde realmente se gestó la resistencia militar francesa de la mano del general Philippe Leclerc) con el análisis histórico de algunos elementos que germinaron 70 años después, comenzó a tomar forma en 2015. Un contexto en el que resonaban todavía las ideas de De Gaulle sobre la soberanía francesa respecto a Estados Unidos. “Lo que proponía sobre las limitaciones de la OTAN en la década de 1960 es extraordinariamente relevante en la actualidad, y ese mismo mensaje ya puede percibirse en sus conflictos con Franklin D. Roosevelt durante la década de 1940″, opina Jackson.
Baudry trabajó como diplomático a las órdenes Dominique de Villepin, cuando dirigía el ministerio de Exteriores francés en 2002, ayudándoles con sus discursos. Pero su llegada (con 27 años) coincidió con un profundo cambio en el panorama geopolítico mundial tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la inminente invasión de Irak. Francia se enfrentaba entonces a un dilema eterno que retumba en la película, pero también en la actualidad: alinearse con la posición estadounidense o desafiarla. La respuesta fue el histórico discurso de Villepin —coescrito por Baudry— el 14 de febrero de 2003, en el que expresó la oposición de Francia a una intervención militar en Irak. “La razón por la que trabajé con él fue la misma que me empujó a hacer la película. Tenía una idea clara sobre algo, y aunque ahora todo el mundo esté de acuerdo, entonces fue muy criticado por las élites francesas. Le ocurrió lo mismo a De Gaulle, a quien trataron como a un loco”.

El de Gaulle de Baudry es precisamente eso, un Don Quijote que lucha sin apenas apoyo ni medios —en la película convierte a un fontanero polaco en su secretario personal— contra la invasión alemana. “De Gaulle estaba dispuesto a reclutar a cualquier persona para su causa. Le daba igual si era polaco, judío, francés, apátrida… Por eso al principio su gente era la legión extranjera, tipos que lo habían perdido todo y estaban decididos a luchar contra la dominación germana”. También contra la del aliado estadounidense, que planeaba convertir a Francia en una suerte de protectorado que Roosevelt quería llamar Nueva Balonia.
Baudry, de hecho, muestra en la película como se llegaron a imprimir francos estadounidenses y a instruir a funcionarios norteamericanos para actuar como prefectos en Francia tras la hipotética liberación. “Eso fue así, aunque algunos historiadores no le hayan dado importancia. ¡Yo tengo uno de esos francos!”, apunta.
Baudry ha dividido en dos vibrantes partes La Bataille De Gaulle. En unos 320 minutos recorre, a través del complejo personaje, la caída de Francia en los infiernos de Vichy, los años de la Resistencia y el regreso victorioso del general con las tropas aliadas. La primera parte titulada La Edad de Hierro, concluye en 1942, y Escribo tu nombre —título que hace referencia al poema Libertad de Paul Éluard, publicado clandestinamente ese mismo año— recorre los años 1943 y 1944. “Es una película de aventuras”, como la define Vila, quien subraya de nuevo la actualidad de un personaje clave para entender los desafíos de la Francia moderna, y los peligros en un año electoral en que la ultraderecha se encuentra más cerca que nunca del Palacio del Elíseo. “La pregunta ahora es: ¿estamos dispuestos a luchar? La libertad tiene un precio”, responde Baudry.
De Gaulle fue durante el tiempo de exilio en el Reino Unido el tercer hombre. La discordia, un personaje incómodo, extraño, incluso por su físico. Pero, al mismo tiempo, una fuente de magnetismo entre Winston Churchill y Franklyn D. Roosevelt. “Tres hombres que piensan y ven sus países de forma muy distinta. Pero la relación entre el británico y De Gaulle era muy particular, eran dos hombres solos. Por eso esta alianza también fue profunda. Hay algo humano y emocional. Eran como artistas, tenían una gran cultura, una visión del mundo y la convicción de que los países poseen alma y no son solo cifras o dinero. No critico el racionalismo de los americanos. Querían ganar y minimizar las pérdidas, pero la concepción de los europeos es distinta”, señala Baudry.

De Gaulle entendió todo eso también y anticipó lo que vino después: la necesidad de poseer el arma nuclear, de avanzar en la descolonización y de prever los conflictos que, tarde o temprano, volverían a Europa de la mano de las viejas alianzas como la OTAN. “Es la única figura hoy en día que domina por encima de las demás en Francia. Es el único visionario del siglo XX. Pero fue muy atacado y discutido en su momento. Nunca su figura suscitó unanimidad. Se fue del poder perdiendo un referéndum. Le atacó la derecha y la izquierda. Hoy, por ejemplo, a todo el mundo le parece formidable que Francia tenga la bomba atómica. Pero en su momento fue muy criticado. También por el Ejército. Pero la historia le ha dado la razón en casi todo”, resume el historiador Barré.
El general sigue esculpiendo la vida política y la identidad nacional 56 años después de su muerte, el 9 de noviembre de 1970 en Colombey-les-Deux-Églises, donde todo el mundo le idolatra, pero ya casi nadie puede decir que le conociera. Si acaso ya solo el señor René Piot, aquel viejo agricultor que le visitó a primera hora de la tarde del 9 de noviembre de 1970, en su finca, pocas horas antes de que un rayo en forma de aneurisma lo fulminase mientras jugaba al solitario. Hoy Piot tiene una tienda de souvenirs a pocos pasos de esa enorme Cruz de Lorena donde despacha tazas, bolígrafos e imanes para la nevera con la rostro de aquel hombre al que casi todos, en algún momento, tomaron por un extraño Don Quijote.
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