Muere a los 85 años el cineasta José Luis García Sánchez, director que usó el humor para filosofar sobre la vida

José Luis García Sánchez, en su casa de Madrid en 2016.

El cineasta José Luis García Sánchez (Salamanca, 1941) ha fallecido este domingo a los 85 años en Madrid. Se pierde así una figura imprescindible del cine español, un creador dotado de un humor acerado, una capacidad analítica prodigiosa sobre España y una de las mentes más rápidas de la industria audiovisual, un talento que ha heredado su hijo, el también cineasta Víctor García León, fruto de su matrimonio con Rosa León. Tras un tiempo sufriendo una enfermedad neuronal, García Sánchez ha muerto, además, un día después del centenario del nacimiento de Rafael Azcona, su amigo y colaborador.

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Desde la izquierda, Rafael Azcona, Juan Luis Galiardo y José Luis García Sánchez, en la promoción de 'Siempre hay un camino a la derecha'.De izquierda a derecha: José Luis García Sánchez, Manuel Vicent y Rafael Azcona. El ganador de la Berlinale con ‘Las truchas’ y de dos premios Goya en guion fue un agitador intelectual, un analista perspicaz de España y uno de los directores más queridos por sus compañeros  

El cineasta José Luis García Sánchez (Salamanca, 1941) ha fallecido este domingo a los 85 años en Madrid. Se pierde así una figura imprescindible del cine español, un creador dotado de un humor acerado, una capacidad analítica prodigiosa sobre España y una de las mentes más rápidas de la industria audiovisual, un talento que ha heredado su hijo, el también cineasta Víctor García León, fruto de su matrimonio con Rosa León. Tras un tiempo sufriendo una enfermedad neuronal, García Sánchez ha muerto, además, un día después del centenario del nacimiento de Rafael Azcona, su amigo y colaborador.

En su carrera tocó casi todos los palos. Hizo musicales como La corte del faraón (Concha de Plata del festival de San Sebastián a la mejor dirección); crónicas políticas y sociales como La noche más larga o La marcha verde; comedias negras como Las truchas, con la que ganó la Berlinale de 1978; adaptaciones literarias como Tirano Banderas o Divinas palabras, ambas de Valle-Inclán, Tranvía a la Malvarrosa o Los muertos no se tocan, nene, de sus dos íntimos amigos, Manuel Vicent y Rafael Azcona (“Era un literato que escribía para el cine. Fue el inventor del esperpento cinematográfico”, decía García Sánchez sobre el mítico guionista), o sainetas como El vuelo de la paloma y documentales como Dolores.

Y estas son solo algunas de sus películas. También hizo Suspiros de España (y Portugal), El love feroz, Pasodoble, El vuelo de la paloma, Siempre hay un camino a la derecha, Adiós con el corazón o María querida. Cinco veces candidato al Goya al mejor guion, tanto en categoría de original como adaptado, lo ganó en dos ocasiones: como uno de los guionistas de Belle Époque y, junto a Azcona, como adaptador de Tirano Banderas.

También escribió relatos y dirigió teatro: “A mí me gusta más el teatro que el cine. El teatro es sagrado. De ninguna cosa que he hecho en cine estoy más satisfecho que del montaje teatral de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig. Ahí hice un trabajo bueno, en cine no tanto… Aun así, estoy contentísimo de haber hecho todo lo que he podido de Valle-Inclán. Los chicos de los colegios no lo conocen, sí a Azorín porque es de párrafo corto. A mí ningún profesor me animó nunca a la lectura, o te hacían leer a Pereda. ¿Por qué coño en el colegio no me enseñaron más cosas del teatro español? ¿Cómo ahora no se está explicando quién fue Rafael Azcona? No va a pasar mucho tiempo sin que se descubra que ha sido uno de los mejores narradores del siglo XX en España. Ese no reconocimiento nuestro es la leche“, le contaba a Diego Galán en 2016, en un artículo en el que el crítico le calificaba, de manera acertadamente precisa, como ”agitador imparable».

Hijo de militar de alta graduación, aunque nació en Salamanca, desde niño vivió en el barrio madrileño de Cuatro Caminos, y en los cines de aquellas calles, cuando había varias salas en cada barrio de cada gran ciudad, se le despertó a García Sánchez el ansia por hacer aquello que veía. “Es el oficio más bonito del mundo. No es un trabajo fijo, los compañeros cambian, no son siempre los mismos; y, a veces, te pagan”, aseguraba décadas más tarde. Licenciado en Derecho y Sociología en la Complutense, entró en la Escuela de Cine, donde sus maestros fueron Carlos Saura y otro salmantino, Basilio Martín Patino.

Y el éxito le llegó pronto. Tras El love feroz o cuando los hijos juegan al amor (1975) —película que llamó la atención de Azcona y por eso le llamó para conocerse; así nació su colaboración— y Colorín colorado (1976), en 1978 ganó el Oso de Oro de la Berlinale con Las truchas, uno de sus brutales y correosos retratos de España: medio centenar de miembros de una asociación de pesca deportiva se reúnen en un restaurante a las afueras para celebrar su comida anual y repartir premios. El banquete va realmente mal, entre la entrada de gorrones al salón, la huelga de los cocineros y el remate final: las truchas del ganador del concurso están en mal estado, porque no proceden precisamente de la pesca. Todo, espejo de la España de la época.

Como guionista para amigos, además de su participación en Belle Époque, para Fernando Trueba, coescribió los libretos de Habla, mudita; Camada negra y El rey del río, dirigidas por Manuel Gutiérrez Aragón, y en Cómo ser infeliz y disfrutarlo, con Enrique Urbizu.

Manuel Vicent, su amigo, escribió en EL PAÍS: “El nombre de García Sánchez va unido al de Rafael Azcona y al de los Trueba. Con ellos ha trabajado en decenas de guiones, unos convertidos en películas, otros en el cajón, y los más perdidos en el aire entre los orujos de las sobremesas donde pugnaban por desperdiciar una idea genial a cambio de una carcajada”.

En su última aparición pública, el documental La memoria del cine, dedicado a Fernando Méndez-Leite, presidente de la Academia española de cine y cineasta, este conversa con José Luis García Sánchez y le pregunta: “¿Piensas en la muerte?”. A lo que García Sánchez responde: “Yo no, pero ella sí piensa en mí”. Así eran las charlas con el cineasta: de cualquier frase sacaba todo un discurso brillante y divertido. Y no necesitaba muchas palabras: por teléfono solía responder: “Siempre a la orden”.

Retirado a su pesar, contaba hace una década a este diario: “Ahora o haces cine con las televisiones o no hay cine, y estas no quieren directores, sino que las películas las dirija alguien que no opine, que no joda la marrana. No nos necesitan, ¿no has visto que los mayores no hacemos ninguna película? Somos una generación jodida porque no nos dejaban hacer lo que queríamos, y cuando por fin podemos hacerlo, ya está pasado de fecha”.

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