Nicola Coughlan, más allá de ‘Los Bridgerton’: de sus duros comienzos a la «bancarrota», la depresión y su activismo

Algo que sorprende a la hora de hablar de Los Bridgerton es que bien podría haber sido un fracaso absoluto. La serie de Chris Van Dusen apadrinada por la poderosa productora Shonda Rhimes se la jugaba a que el público conectara no tanto con lo que se conoce como «cine de tacitas», una suerte de telenovela a principios del siglo XIX británico en el que los jóvenes quieren casarse por amor antes que por conveniencia, sino con el formato. Porque la adaptación del bestseller de la escritora Julia Quinn se hacía desde la actualidad, con música moderna adaptada al boato de los bailes de la época, escenas subidas de tono y, por supuesto, intrigas.

La serie no solo consiguió que su primera temporada fuera un éxito, sino que a pesar de que muchos de los actores se han marchado, va a estrenar ahora su cuarta temporada siendo uno de los platos fuertes de Netflix este 2026. Entre otras cosas, porque hay rostros que continúan, como el de Nicola Coughlan, quien da vida a Penelope Featherington, un personaje que se ha convertido en uno de los favoritos de los espectadores y que no cabe duda de que le ha cambiado la vida a la actriz. De hecho, no ha tenido ningún problema en reconocerlo así desde que se estrenó la ficción prácticamente.

Porque Nicola creció sabiendo que quería dedicarse a la actuación. El punto de giro tuvo lugar cuando tenía cinco años. Ella, que había nacido a principios de enero de 1987 en Galway, en Irlanda, vio a su hermana mayor en una obra escolar y quiso saber qué se sentía al meterse en la piel de otra persona. Y, poro después, mientras todavía estaba en primaria en la Scoil Mhuire, le llegó su primera oportunidad.

«Mi primer papel como actriz profesional me llegó a los 9 años. Me fui a una escuela de teatro y contraté a un agente, aunque no conseguí ninguna audición, así que hice un anuncio», rememoró para la revista Elle, si bien poco después obtuvo, aunque sin acreditar, un papel en la película My brother’s war. «Y actuaba de vez en cuando, pero no me ganaba la vida con ello. Es muy difícil abrirse camino en esta industria. Pero creo en que un poco de ilusión hace mucho y en lo de fingir haberlo conseguido hasta que de verdad lo consigues. Si tú te lo crees, los demás también te creerán», añadió.

Eso no fue óbice para que continuase con sus estudios. Así, tras cursar la secundaria en Calasanctius College, entró en la Universidad Nacional de Irlanda, en su ciudad natal, sacándose así el título de Inglés y Estudios Clásicos. Pero el sueño de la interpretación seguía ahí, latente, por lo que cruzó la frontera y, en Inglaterra, se formó en la Oxford School of Drama y en la Birmingham School of Acting. Y es que durante ese tiempo sí parecía que podía lograr descolar en la industria, pues tras un cortometraje een 2004, The Phantom Cnut, comenzó a encadenar proyectos.

Eran apariciones breves en películas y series o participando en el doblaje en series animadas o películas musicales como Svengali, de 2013, mismo año en el que debuta en el teatro. Pero aquellos años son especialmente duros: apenas si tiene audiciones y económicamente estaba al borde de la quiebra. «Mis 20 fueron increíblemente difíciles. Estaba en bancarrota todo el día. Si me quería comprar un café, me daba miedo que rechazaran mi tarjeta», reveló.

Comenzó a sufrir depresión, aunque su familia, dado que hubo de volver a casa de sus padres, la ayudó. Trabajaba en una óptica a tiempo parcial y ella misma pensaba que su carrera se había terminado ahí. Sin embargo, una última audición en Londres le cambió la vida, siendo una de las siete seleccionadas entre más de 1500 intérpretes jóvenes.

Era para hacer de Jess en la obra de teatro Jess and Joe Foerecer, con la que haría un tour nacional siendo, claro, la protagonista. «El dinero no te hace feliz, pero mucha gente no sabe lo terrible que es el estrés financiero. No puedes pensar en nada más: siempre sin blanca y aceptando trabajos que no me gustaban y que luego no me dejaban tiempo para ir a todas las audiciones», reconocería sobre aquella época.

Aquel papel sería la antesala de otro, esta vez en una serie, con el que de verdad se dio a conocer, Clare Devlin en Derry Girls, una ficción que tuvo un importante recorrido en Reino Unido. De ahí dio el salto a otros papeles relevantes antes de aterrizar en Los Bridgerton, aunque no era el primer casting que hacía para la compañía, ya que intentó conseguir un papel en Stranger Things.

Su nueva situación le ha dado una enorme visibilidad para hablar e intentar concienciar sobre algunos de los problemas que considera imprescindible que la industria cambie, gracias además a los más de 6 millones de seguidores que tiene en Instagram. Por ejemplo, el escrutinio constante del cuerpo femenino, algo que ella misma ha vivido, sobre todo desde las redes sociales. Asimismo, también cruzó en 2019 el puente de Westminster de Londres para reclamar la despenalización del aborto en Irlanda del Norte.

Asimismo, ha recaudado fondos en varias ocasiones: para las víctimas de la pandemia del coronavirus, para un hospicio infantil irlandés o para la organización benéfica de personas trans Not A Phase, después de que la Corte Suprema del Reino Unido publicase su fallo sobre la definición legal de mujer. Asimismo, se mostró en contra de la privatización de una cadena británica, Channel 4, así como se ha pronunciado siempre a favor de Palestina durante el genocidio israelí, pidiendo siempre un alto el fuego y acusando a los gobiernos de «tolerar crímenes de guerra».

 La actriz estrena en Netflix la cuarta temporada de la serie con la que ha alcanzado la fama.  

Algo que sorprende a la hora de hablar de Los Bridgerton es que bien podría haber sido un fracaso absoluto. La serie de Chris Van Dusen apadrinada por la poderosa productora Shonda Rhimes se la jugaba a que el público conectara no tanto con lo que se conoce como «cine de tacitas», una suerte de telenovela a principios del siglo XIX británico en el que los jóvenes quieren casarse por amor antes que por conveniencia, sino con el formato. Porque la adaptación del bestseller de la escritora Julia Quinn se hacía desde la actualidad, con música moderna adaptada al boato de los bailes de la época, escenas subidas de tono y, por supuesto, intrigas.

La serie no solo consiguió que su primera temporada fuera un éxito, sino que a pesar de que muchos de los actores se han marchado, va a estrenar ahora su cuarta temporada siendo uno de los platos fuertes de Netflix este 2026. Entre otras cosas, porque hay rostros que continúan, como el de Nicola Coughlan, quien da vida a Penelope Featherington, un personaje que se ha convertido en uno de los favoritos de los espectadores y que no cabe duda de que le ha cambiado la vida a la actriz. De hecho, no ha tenido ningún problema en reconocerlo así desde que se estrenó la ficción prácticamente.

Porque Nicola creció sabiendo que quería dedicarse a la actuación. El punto de giro tuvo lugar cuando tenía cinco años. Ella, que había nacido a principios de enero de 1987 en Galway, en Irlanda, vio a su hermana mayor en una obra escolar y quiso saber qué se sentía al meterse en la piel de otra persona. Y, poro después, mientras todavía estaba en primaria en la Scoil Mhuire, le llegó su primera oportunidad.

«Mi primer papel como actriz profesional me llegó a los 9 años. Me fui a una escuela de teatro y contraté a un agente, aunque no conseguí ninguna audición, así que hice un anuncio», rememoró para la revista Elle, si bien poco después obtuvo, aunque sin acreditar, un papel en la película My brother’s war. «Y actuaba de vez en cuando, pero no me ganaba la vida con ello. Es muy difícil abrirse camino en esta industria. Pero creo en que un poco de ilusión hace mucho y en lo de fingir haberlo conseguido hasta que de verdad lo consigues. Si tú te lo crees, los demás también te creerán», añadió.

Eso no fue óbice para que continuase con sus estudios. Así, tras cursar la secundaria en Calasanctius College, entró en la Universidad Nacional de Irlanda, en su ciudad natal, sacándose así el título de Inglés y Estudios Clásicos. Pero el sueño de la interpretación seguía ahí, latente, por lo que cruzó la frontera y, en Inglaterra, se formó en la Oxford School of Drama y en la Birmingham School of Acting. Y es que durante ese tiempo sí parecía que podía lograr descolar en la industria, pues tras un cortometraje een 2004, The Phantom Cnut, comenzó a encadenar proyectos.

Eran apariciones breves en películas y series o participando en el doblaje en series animadas o películas musicales como Svengali, de 2013, mismo año en el que debuta en el teatro. Pero aquellos años son especialmente duros: apenas si tiene audiciones y económicamente estaba al borde de la quiebra. «Mis 20 fueron increíblemente difíciles. Estaba en bancarrota todo el día. Si me quería comprar un café, me daba miedo que rechazaran mi tarjeta», reveló.

Comenzó a sufrir depresión, aunque su familia, dado que hubo de volver a casa de sus padres, la ayudó. Trabajaba en una óptica a tiempo parcial y ella misma pensaba que su carrera se había terminado ahí. Sin embargo, una última audición en Londres le cambió la vida, siendo una de las siete seleccionadas entre más de 1500 intérpretes jóvenes.

Era para hacer de Jess en la obra de teatro Jess and Joe Foerecer, con la que haría un tour nacional siendo, claro, la protagonista. «El dinero no te hace feliz, pero mucha gente no sabe lo terrible que es el estrés financiero. No puedes pensar en nada más: siempre sin blanca y aceptando trabajos que no me gustaban y que luego no me dejaban tiempo para ir a todas las audiciones», reconocería sobre aquella época.

Aquel papel sería la antesala de otro, esta vez en una serie, con el que de verdad se dio a conocer, Clare Devlin en Derry Girls, una ficción que tuvo un importante recorrido en Reino Unido. De ahí dio el salto a otros papeles relevantes antes de aterrizar en Los Bridgerton, aunque no era el primer casting que hacía para la compañía, ya que intentó conseguir un papel en Stranger Things.

Su nueva situación le ha dado una enorme visibilidad para hablar e intentar concienciar sobre algunos de los problemas que considera imprescindible que la industria cambie, gracias además a los más de 6 millones de seguidores que tiene en Instagram. Por ejemplo, el escrutinio constante del cuerpo femenino, algo que ella misma ha vivido, sobre todo desde las redes sociales. Asimismo, también cruzó en 2019 el puente de Westminster de Londres para reclamar la despenalización del aborto en Irlanda del Norte.

Asimismo, ha recaudado fondos en varias ocasiones: para las víctimas de la pandemia del coronavirus, para un hospicio infantil irlandés o para la organización benéfica de personas trans Not A Phase, después de que la Corte Suprema del Reino Unido publicase su fallo sobre la definición legal de mujer. Asimismo, se mostró en contra de la privatización de una cadena británica, Channel 4, así como se ha pronunciado siempre a favor de Palestina durante el genocidio israelí, pidiendo siempre un alto el fuego y acusando a los gobiernos de «tolerar crímenes de guerra».

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