Cuando Europa habla con una sola voz, el mundo escucha. No es la renuncia al modelo europeo, sino la única forma de salvarlo Leer Cuando Europa habla con una sola voz, el mundo escucha. No es la renuncia al modelo europeo, sino la única forma de salvarlo Leer
El mundo se está repartiendo ahora mismo. No en mesas de conferencias con banderas y micrófonos, en estrechos bloqueados, en aranceles anunciados por madrugada desde una red social, en misiles que deciden qué vale el barril de petróleo esta semana, en llamadas telefónicas entre Washington y Moscú de las que Europa no forma parte. Trump. Putin. Netanyahu. Xi. Cuatro hombres que comparten una sola convicción, quizás la única que les une: que el poder no se negocia, se toma. Y nosotros, mirando.
El precio del gas europeo disparado más de un 70%. El Banco de España revisando sus previsiones de inflación al 3%, con el aviso de que podría rozar el 6% si la guerra se alarga. La OCDE recortando una décima al crecimiento español, cuatro a la eurozona. Y mientras tanto, Bruselas publicando comunicados.
Hay una dimensión en todo esto que los economistas evitan porque no cabe en ningún modelo. Stefan Zweig la intuyó antes que nadie. En 1942, exiliado en Brasil, a pocas semanas de quitarse la vida, terminó de escribir El mundo de ayer, sus memorias de la Europa que había amado y visto desmoronarse. Lo que le rompía el alma no era solo la guerra. Era la certeza de que aquella civilización -la Viena de los cafés, de los debates interminables, de la convivencia imposible entre lenguas y religiones y culturas- había muerto para siempre. Se equivocó. Europa resucitó. Construyó algo que Zweig no imaginó posible. Y ahora nosotros, herederos de esa resurrección, asistimos a una paradoja que él no vivió: el modelo que Europa exportó a América durante dos siglos -la Ilustración, los derechos individuales, la idea de que la libertad necesita un contrato social para no devorarse a sí misma- está siendo desmontado precisamente por quien más lo adoptó. Estados Unidos no solo está girando a la derecha. Está dejando de ser europeo. Eso debería helarnos la sangre.
Hoy habría que venir a Europa a buscar lo que América está perdiendo: la convicción de que la complejidad es un valor, no un obstáculo. Que la diversidad, gestionada con instituciones, produce civilización. Trump es el síntoma de una sociedad que ha empezado a creer que la simplicidad es una virtud y el matiz una debilidad. La alienación política y tecnológica que recorre América es la negación de todo lo que Europa, con sus imperfecciones enormes, todavía representa.
Europa no nació libre. Nació encorsetada. Como respuesta al horror, como antídoto al fascismo, como arquitectura de contención levantada sobre las ruinas de 1945 para que aquello no volviera a pasar. Cada uno de sus grandes saltos -el Tratado de Roma, el mercado único, el euro, la ampliación al Este- fue una reacción a algo: al miedo soviético, a la crisis del petróleo, a la caída del Muro, al pánico financiero de 2008. Europa ha crecido siempre empujada desde fuera, moldeada por amenazas externas que le daban forma como el agua da forma a la roca. El corsé ha cambiado de nombre en cada generación, pero siempre ha habido corsé.
Mario Draghi lo escribió con una precisión que incomoda: en los últimos cincuenta años, Europa no ha creado ni una sola empresa tecnológica con capitalización superior a los 100.000 millones de euros. El diagnóstico es magnífico. El problema es que un año después de publicado, apenas el 11% de sus casi novecientas propuestas se han aplicado. Eso también es el corsé: la incapacidad estructural de actuar sin unanimidad, sin que los veintisiete digan sí al mismo tiempo.
Macron lo vio antes que nadie, con una claridad que sonó a epitafio: «Nuestra Europa es mortal, puede morir». El mundo va demasiado rápido para los que necesitan unanimidad. Y sin embargo hay algo que ninguno de los cuatro hombres que se reparten el mundo tiene, y que Europa posee en una concentración que no existe en ningún otro lugar del planeta. Lo que podríamos llamar, con toda la torpeza que admite el lenguaje económico aplicado a la historia, una reserva de centralidad. Basta cruzar cualquier ciudad europea vieja para sentirlo sin necesidad de nombrarlo: la catedral gótica a doscientos metros del barrio judío medieval a tres manzanas del café donde se escribió un manifiesto político que cambió el siglo. Las capas. La densidad. La memoria física de que aquí han convivido, a veces con violencia y a veces con asombrosa gracia, civilizaciones que en cualquier otro lugar del mundo se habrían exterminado sin remordimiento. Europa sabe eso en sus huesos porque lo ha vivido todo: el Imperio Romano, las guerras de religión, Napoleón, el nazismo, el comunismo. Ha probado todos los extremos y ha vuelto, una y otra vez, al centro.
Ese es el activo que Trump no tiene. No la riqueza, no la tecnología, no el ejército. La densidad histórica. ¿Qué tendría que ocurrir para que Europa dejara de mirar y empezara a actuar? Tres cosas concretas, no un nuevo tratado ni una conferencia intergubernamental.
La primera: federalizar lo que ya funciona sin esperar a los que no quieren. Draghi tiene razón en un punto que pasa desapercibido: allí donde Europa se ha federado de verdad -el comercio exterior, la política de competencia, el mercado único, la política monetaria- actúa como un actor respetado. Negocia con Estados Unidos de igual a igual porque nadie puede entrar en el mercado europeo sin pasar por Bruselas. Cuando habla con una sola voz, el mundo escucha. No es una renuncia al proyecto europeo. Es la única forma de salvarlo.
La segunda: convertir la regulación en poder. Europa regula mejor que nadie en privacidad de datos, en inteligencia artificial, en estándares medioambientales, en derechos laborales. Hasta ahora ha vivido eso como un coste competitivo, como una desventaja frente a la agilidad americana o la permisividad china. Hay que invertir la ecuación. El estándar regulatorio europeo -el llamado efecto Bruselas- ya funciona de facto: las empresas de todo el mundo adaptan sus productos al mercado europeo porque no pueden permitirse perderlo. Hay un mundo entero que no quiere elegir entre el extractivismo chino y el condicionamiento ideológico americano. Europa puede ser la tercera opción.
La tercera: una doctrina económica propia hacia el Sur Global, ahora que el hueco existe. Con USAID desmantelado por la administración Trump, con China comprando puertos e infraestructuras a cambio de silencio político, hay un vacío de propuesta que Europa podría ocupar. No con ayuda al desarrollo al estilo antiguo, condicionada y paternalista. Con inversión directa, con transferencia tecnológica, con acuerdos que traten a los países del Sur como lo que son: economías emergentes con agenda propia, no con receptores pasivos de benevolencia occidental.
Nada de esto requiere un nuevo tratado. Ni que Hungría diga que sí. Requiere que Europa deje de definirse por lo que no es -no Trump, no Putin, no China- y empiece a definirse por lo que puede ser. Una potencia que apuesta por la complejidad en un mundo que quiere simpleza. Que defiende el matiz cuando el resto compra y vende certezas.
Los corsés que salvan en la infancia asfixian en la madurez. Y hay algo profundamente triste -y profundamente esperanzador al mismo tiempo- en que sea ahora, cuando el modelo que Europa exportó a América se quiebra desde dentro, cuando la alienación tecnológica y política convierte al ciudadano americano en un individuo solo frente a fuerzas que no controla ni comprende, cuando la democracia liberal más poderosa de la historia empieza a parecerse a todo lo que Europa aprendió a no ser, cuando el espejo se rompe, precisamente ahora, que Europa tenga la oportunidad de recordar quién es.
*Francisco Rodríguez Fernández es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas. – En X: @franrodfe
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