
Dice Raimon que ya no tiene tiempo, que ahora el tiempo lo tiene a él. Quizá por ello, a los 85 años, prefiere el silencio y la calma. Sin añoranza de los días de camerino y rosas en el Olympia de París. Sin nostalgias de aquel gris Madrid del 68 que su voz vistió, por unas horas, de libertad. Sin melancolía por la Nova Cançó que él sacudió, cantando en catalán, en aquel concierto del 66 cercado por la policía en los aledaños del Institut Químic de Sarrià. Era su agitado mundo de ayer. Hoy busca el silencio y la quietud. Por eso minimiza las turbaciones que puedan azorar a este “vulnerable anciano —no venerable—” que cada mañana lidia con los tormentos de la edad. Maldita espalda. Punxa de temps.
El periodista Miquel Alberola publica el retrato más completo, humano y contextualizado sobre el artista que marcó el antifranquismo y despertó conciencias lingüísticas
Dice Raimon que ya no tiene tiempo, que ahora el tiempo lo tiene a él. Quizá por ello, a los 85 años, prefiere el silencio y la calma. Sin añoranza de los días de camerino y rosas en el Olympia de París. Sin nostalgias de aquel gris Madrid del 68 que su voz vistió, por unas horas, de libertad. Sin melancolía por la Nova Cançó que él sacudió, cantando en catalán, en aquel concierto del 66 cercado por la policía en los aledaños del Institut Químic de Sarrià. Era su agitado mundo de ayer. Hoy busca el silencio y la quietud. Por eso minimiza las turbaciones que puedan azorar a este “vulnerable anciano —no venerable—” que cada mañana lidia con los tormentos de la edad. Maldita espalda. Punxa de temps.
Sin embargo, el mito sigue ahí: el del cantante más peligroso para el franquismo cuyas actuaciones iban acompañadas de prohibiciones, censuras, multas, detenciones, interrogatorios, visitas policiales con timbrazo en casa, informes secretos, altercados, cargas de porra y disparos al aire con heridos. Ese mito permanece anclado en el imaginario colectivo de varias generaciones de españoles que cantaron sus himnos bajo la llarga nit de la dictadura hasta que la democracia quiso fosilizar a su icono y depositarlo en el museo de la resistencia mientras la Movida y el Bakalao desleían el pasado y divertían al personal. Comenzaba la gran evasión; en ella no cabía Raimon.

Ahora, de la forma más extensa y mejor contextualizada que nunca se había acometido, aquel mito por fin adquiere contornos humanos en el retrato Raimon. Aquest jo que jo soc(Ara Llibres, sin traducción al castellano), escrito por el periodista Miquel Alberola. Y lo primero es que Raimon no siempre fue Raimon. Antes fue Ramón Pelegero, el chico de familia pobre que tocaba el flautín en una banda del pueblo y pinchaba discos en Radio Játiva. Luego fue el Pele, que acudía con becas a la universidad, soñaba con ejercer de profesor de Historia y cobraba 40 duros por cantar en la tasca Casa Pedro de València en aquella noche crucial del año 61 en la que el escritor Joan Fuster, su primer apoyo, quedó deslumbrado ante su grito cantado. Más adelante fue el Pancho. Así lo llamaban, porque les parecía mexicano, cuando a los 20 años llegó al Reino Unido para manejar una perforadora en la construcción de la autopista Londres-Bristol y, de ese modo, conocer mundo, aprender inglés y beber whisky escocés. Pelegero era el chico inquieto que viajó en autoestop hasta París, con mil pesetas en el bolsillo y las viandas de su madre en la tartera, para ver las luces de Sartre, Camus, Jacques Brel o Brassens y toparse con las sombras obreras de las banlieus.
Todos esos heterónimos concitó el chico del carrer Blanc antes de la definitiva metamorfosis en Raimon: el nombre que él mismo creó, de una forma improvisada, para actuar en Barcelona junto a Els Setge Jutges el 15 de diciembre del 62. Faltaban solo tres meses para que su primer disco, el epé amarillo con diseño de Jordi Fornas y atrevida fotografía de Oriol Maspons, llegara a las tiendas con cuatro temas: Al vent, La pedra, Som y A colps. Ya nada volvería a ser igual en su vida.

***
La voz que responde es la de siempre: fuerte, juvenil, pícara. Sonríe al oír que la llamada viene de Xàtiva, a 900 metros del carrer Blanc, un Macondo del antifranquismo al que él —decía— sabía que algún día volvería.
—Jo vinc d’un silenci, cantaba usted. ¿Vamos a otro silencio?
—No se puede comparar. Antes muchas cosas no podían ni decirse. Había censura, prohibiciones, represión: un tiempo muy jodido. Ahora la situación es compleja, dificilísima, pero muy diferente. Antes veníamos de un silencio; ahora venimos de un ruido. Y las redes sociales todo lo enredan. Todo lo enmierdan.
—¿El artista tiene que ser valiente siempre, sea en dictadura o en democracia?
—Eso es muy personal. Yo, pese a las dificultades, mantuve un criterio que siempre puse en práctica y eso me alegra. Cuando las dificultades no pueden contigo, te hacen más fuerte. Y no solo en lo relativo a la represión política. Por ejemplo, yo nunca me presté, ni por dinero ni por nada, a hacer lo que algunos quisieron hacer de mí. Después del éxito de mi primer disco, querían que cantara en castellano, en francés, en inglés, en italiano… Pero yo seguí cantando en mi lengua, y con mi fonética, la de Xàtiva, que es mucho más bonita que la de Barcelona [ríe].

—¿En su vida ha sido más importante Al vent o Annalisa?
—No hay color: Annalisa. Llevamos juntos 60 años y todo lo hemos hecho juntos. No sabemos vivir el uno sin el otro. Ha sido lo mejor de mi vida y de mi carrera: estar los dos juntos.
—“Nosaltres sabíem d’un únic senyor i vèiem com esdevenia gos”. ¡Parece Trump! ¿Qué opina de él?
—Es el típico rico que se cree que el dinero lo puede todo. Que con dinero lo tiene todo y que, por su dinero, todos le tienen que obedecer. Un personaje repugnante.
—¿Cree que a Europa pueden volver las barricadas?
—Eso nunca se sabe. Si empeoran las condiciones de la gente y la cabrean sin límites, o harán barricadas o habrá asaltos. Y lo pagaremos todos.
—Cincuenta años después de la muerte de Franco, ¿le ha satisfecho la democracia?
—La democracia es una bonita palabra que queda muy bien, pero la aplicación de las leyes que comporta la democracia no es igual en todos los sitios ni para todos. Hay mucha vigilancia, mucha injusticia, mucho castigo.

—Por ejemplo, con el migrante: ¿qué opina de su demonización?
—En Estados Unidos todos son emigrantes que llegaron allí, pero ahora se los persigue. Nosotros somos un país del que mucha gente marchó al extranjero para ganarse la vida, y aun así se habla mal del extranjero.
—Desde hace un tiempo vuelve a hablarse con insistencia de fascismo. ¿Qué siente cuando lo oye?
—Que es una actitud, la del fascista, la de la España Una, Grande y Libre, que no se ha ido. Eso todavía está aquí, y lo que te rondaré morena… No lo hemos sabido parar.
—Su canción advertía: “Contra la por, sense por”. ¿Y eso cómo se hace?
—Tal cual: sin miedo. No hay otra forma. Te quitas el miedo y vas contra él.
—¿Y eso hace falta hoy?
—Hace falta hoy y hará falta siempre.
–“Negaré decepcions, continuaré esperances”. ¿Cuáles son hoy sus esperanzas?
—A mi edad, ir al cielo. Diuen que en el cel mengen coquetes amb mel.
***
Al preguntarle a Miquel Alberola por qué ha dedicado dos años y tantas horas de archivos, lecturas y conversación para componer este retrato de trescientas páginas sobre un artista retirado de los escenarios hace nueve años, él —periodista culto, discreto y cabal, periodista de nervio fácil y pluma elegante que durante 30 años ha escrito en las páginas de EL PAÍS— cuenta d’un temps i un país donde un adolescente de pueblo mezclaba el humo de Celta emboquillado con la música hecha de poesía, gritos y rebeldía que sonaba por Radio Andorra o Radio París en aquel punto perdido de las comarcas centrales valencianas, un pueblo adormilado en un valle de tierra blanca cercado a lo lejos por montañas. Cuenta cómo escuchar entonces a Raimon en el pueblo de Quatretonda era como beber a tragos un licor subversivo; sentir una descarga energética en un corazón adolescente que ensanchaba el horizonte y abría una puerta desconocida.

—Yo no tenía conciencia lingüística antes de escuchar a Raimon. Mi lengua solo era útil en casa, con los amigos y poco más. Cuando ibas al colegio, al instituto, a misa o al cine, cuando veías la tele, escuchabas la radio o escribías la lista de la compra constatabas que vivías en un gueto a la intemperie. Todo lo serio y lo importante era en castellano, salvo las riñas de mi padre. En cambio, a partir de Raimon esa percepción cambió en mí. Me descubrió que por debajo de mi ignorancia latía una cultura con una lengua que tenía las mismas posibilidades que cualquier otra. Una lengua indisociable de nuestra alma. Y este libro es un agradecimiento a Raimon. Una deuda personal insoslayable.
Sí: quizás mucha gente sepa que Al vent, su primera canción, se le ocurre en un ventoso día de octubre del 59 cuando iba de paquete en una Vespa de Xàtiva a València. Y sí: quizás muchos imaginen la preocupación del régimen por aplacar al cantante al que veta la radio española y al que le prohíben un centenar de conciertos entre 1965 y 1977. Pero aquí, en el libro, están todos los detalles.
Qué hace Raimon en aquel viaje en Vespa —enseñarle Xàtiva a un amigo asturiano de la facultad, Andrés Mori, y subirlo al castillo de la ciudad de los dos papas, de las mil fuentes y del gran incendio de 1707 ordenado por Felipe V por haberse mantenido antiborbónica en la Guerra de Sucesión—, y qué cuentan de Raimon los informes secretos que tejen los servicios de espionaje franquista.

Y esos informes dicen de él, según recopila Miquel Alberola, que Ramón Pelegero Sanchis, nacido en el frío otoño de 1940, hijo de un carpintero que había militado en la CNT y que ha sido detenido y encarcelado varias veces por sus antecedentes políticos, hijo también de una ama de casa a la que llamará por teléfono cada Primero de Mayo para cantar juntos, en voz baja, una letra satírica y popular de La Internacional, el joven al que todo el mundo conoce como Raimon, ese chico al que ya han conducido en tres ocasiones a la comisaría del terror de Via Laietana para que declare ante la Brigada Político-Social y luego las mecanógrafas le pidan autógrafos antes de que abandone el edificio, ese Raimon se mueve “con intelectuales revoltosos de Valencia”, que es “símbolo y bandera” para los “elementos separatistas catalanes y valencianos”, que es autor de “canciones anti-Régimen” y de discos “de matiz filo-comunista, pacifista y de protesta”, que es “dócil” a las indicaciones del PCE, que “tiene acreditada su ideología y su idoneidad para promover escándalos” y que, “aparte de sus actividades políticas, el epigrafiado es considerado como invertido, manteniendo relaciones con individuos de esta índole”. Por el Imperio hacia Dios.
***
En el libro figura esa parte del mito antifranquista que unirá a la resistencia, que ilusionará a los exiliados y que llevará la llengua de Xàtiva —una lengua sin Estado y periférica dentro de la periferia— a los escenarios de París, Roma, Berlín, Londres, Nueva York, Washington, San Francisco, Gotemburgo, Róterdam, Berna, Bucarest, Buenos Aires, Montevideo, Estocolmo, México DF, La Habana, Santiago de Chile, Moscú, Caracas, Toronto o Tokio, con una gira nipona en la que vendió más de 10.000 copias del disco con portada de Miró. Sin embargo, también se entrevén aspectos muy personales de alguien que acostumbra a parapetarse detrás del chascarrillo y la ironía para preservar su intimidad.

Basten tres ejemplos.
Uno es el pasaje en el que Alberola cuenta que Raimon y Annalisa —su fiel compañera, su fiel mánager, su fiel todo— llegaron a acordar el suicidio de ambos si el dolor que ella sufría por un cáncer se exacerbaba, pues vivir sin ella no sería vivir para Raimon. Por fortuna, se curó.
Otro es cómo la muerte de su madre, aludida en algunas canciones míticas de su repertorio, ha sido una herida siempre abierta en su interior.
El tercer ejemplo es cómo aquel ídolo del país del miedo que soñaba libertades, el cantante rebelde y existencialista, a ratos amoroso y siempre complejo, que un día fue insertado en la constelación en la que brillaban Léo Ferré, Jacques Brel, Georges Brassens, Víctor Jara, Violeta Parra, Pete Seeger, Bob Dylan o Joan Baez, tuvo que sufrir con la democracia y adaptarse a ser una vieja moda que había dejado de estar de moda. Y que lo hizo fiel a sus principios, aunque eso supusiera refugiarse en los poetas en catalán de los siglos XV y XVI y ponerles música a Ausiàs March, Roís de Corella, Jordi de Sant Jordi o Joan de Timoneda. Eso pasó, cuenta Alberola, porque Raimon decidió y mantuvo una constante artística y vital: “Ser él mismo y no lo que otros (las discográficas, el público, los partidos) han querido que fuera”. Desde sus primeras tabernas hasta el boom independentista que sacudió Cataluña.

En su breve prólogo al libro, Raimon reconoce que “no ha sido fácil ir a contracorriente de las tendencias dominantes y los impedimentos administrativos, pero no dejar de ser uno mismo tiene satisfacciones muy estimulantes”. Personales, creativas y colectivas. Y en la última línea de su texto, con sabor a coda final, a último verso después de 151 canciones y de algunos poemarios y dietarios publicados, el artista que tocaba el flautín en la Música Nova de Xàtiva remacha: “Sin ninguna duda, lo volvería a hacer”. Eso sí: lo dice sin nostalgias. Como un simple animal d’esperances i memòria.
Cultura en EL PAÍS
