Leer Leer
Del cerdo se comen hasta los andares, dicen… pero ahora parece que nos vamos a comer un buen marrón con la peste porcina. Orwell imaginó a los cerdos como los animales que, por listos, acababan gobernando la granja. Lo inquietante hoy no es que los chanchos manden: es que, en cuestiones biológicas, no manda nadie. Un territorio sin vigilancia es siempre más vulnerable que una novela. Y eso ilumina una realidad menos visible: en España, una parte del territorio sigue dependiendo más de la vigilancia natural que de la intervención humana, como si confiáramos en que el propio paisaje se bastara para mantener el orden.
Sin embargo, el caos sucede. Un virus que solo afecta a los cerdos vuelve a asomarse en Europa y aquí, como siempre, la economía se sobresalta. No porque el animal tenga importancia simbólica, sino porque la prosperidad española descansa sobre una naturaleza que no entiende de pactos ni de convenios colectivos. La Peste Porcina Africana no es un incidente veterinario: es la sombra que revela nuestra fragilidad biológica, esa condición que ignoramos mientras nos sonríe y dramatizamos cuando nos da la espalda.
El porcino español es un gigante discreto, casi clandestino. Exporta millones, sostiene miles de empleos rurales, alimenta una red industrial compacta y eficaz. Pero es un gigante que vive pendiente de un hilo microscópico. Un positivo en una granja basta para que un barco no descargue en Asia, para que los precios internos se alteren, para que mataderos, fábricas de pienso y transportistas replieguen su actividad.
Y mientras el cerdo ocupa titulares, el jabalí escribe el pie de página. Hace unos días encontré dos, impasibles, en la entrada de mi portal, como si fueran ellos los propietarios charlando y yo el intruso. No eran anécdota: eran diagnóstico. El jabalí vive en un limbo administrativo, demasiado urbano para el monte y demasiado silvestre para la ciudad. Un animal político moderno: nadie quiere hacerse responsable. Su presencia creciente —en parques, carreteras, urbanizaciones— revela una geografía que se desordena sola, sin gestión ni vigilancia. Si un animal salvaje circula con más libertad que un camión de pienso, la bioseguridad es una ficción.
España arrastra una vulnerabilidad biológica que otros países no padecen con tanta intensidad. Dependemos del clima para las cosechas, del mar para el turismo, del agua para la hostelería costera, de la sanidad animal para un sector exportador entero. Una toxina puede arruinar una temporada turística, una ola de calor puede tumbar una campaña agrícola, un virus porcino puede mover puntos de PIB. Aquí la naturaleza no es un decorado, es la realidad que pisamos mientras miramos las pantallas.
Escuchamos tarde. Los ganaderos advirtieron del riesgo del jabalí, de la necesidad de vigilancia veterinaria, del coste creciente de la bioseguridad. Pero España practica esa extraña forma de gestión en la que los riesgos se desprecian hasta el minuto anterior a convertirse en pérdidas. En seguridad agroalimentaria somos punteros de cara al mercado. Sin embargo, en riesgo biológico, primero llega el aviso, luego el brote, después la rueda de prensa.
Mientras tanto, el mundo sigue girando. Cuando Europa duda, otros países ocupan su lugar en los mercados internacionales. Las proteínas alternativas avanzan. Las empresas de bioseguridad se vuelven indispensables. El mercado no tiene paciencia con las vulnerabilidades: las aprovecha.
Conviene, por tanto, leer esta amenaza sin histeria, pero con claridad. España es un país donde un jabalí puede plantarse en la puerta de su casa y un cerdo puede volverse geopolítico. No es una metáfora: es un recordatorio. La biología ya forma parte de nuestra contabilidad, y si no la vigilamos nosotros, lo hará ella a su manera. Y suele hacerlo sin avisar.
Francisco Rodríguez es catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas
Actualidad Económica // elmundo
