Tigres y leones, artistas y periodistas

Supongo que son los inconvenientes de haber visto demasiada televisión. No tiene demasiada lógica, pero ocurre así: cuando me encuentro en petit comité y la conversación deriva hacia la relación entre artistas y periodistas, me asalta un añejo estribillo de Torrebruno. Seguro que muchos lo recuerdan: “Tigres, leones, todos quieren ser los campeones”.

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 Ahora que mandan los ‘like’, conviene recordar un tiempo en que las estrellas andaban obsesionadas por la opinión de los medios  

Supongo que son los inconvenientes de haber visto demasiada televisión. No tiene demasiada lógica, pero ocurre así: cuando me encuentro en petit comité y la conversación deriva hacia la relación entre artistas y periodistas, me asalta un añejo estribillo de Torrebruno. Seguro que muchos lo recuerdan: “Tigres, leones, todos quieren ser los campeones”.

Ya sé que no hay una conexión directa, excepto la nebulosa sospecha de que, en ambos casos, las especies están condenadas a no entenderse. Y mejor no intentar buscar culpables. En sus relaciones interpersonales, las estrellas no tienen muchas oportunidades de profundizar en el prójimo: sencillamente, conocen a demasiadas personas.

El mismo trato con periodistas está codificado en encuentros rituales, unas entrevistas que se desarrollan alrededor de consignas que los representantes de la discográfica o el management insisten en machacarnos: “evita los asuntos delicados, céntrate en el último disco y en la próxima gira”.

¿Qué quieren que les diga? No recuerdo ningún artista que no me haya sugerido que el disco en cuestión sea otra cosa que el mejor/el más interesante/el más satisfactorio que ha hecho. Algo que el plumilla difícilmente puede discutir, al no haber tenido muchas oportunidades de escucharlo. Antes, el periodista disponía de la posibilidad de convivir semanas (o al menos días) con un adelanto de la novedad de turno. Ahora, con la obsesión por controlar redes y piratería, eso ya no parece posible.

Asunto más peliagudo es la realidad laboral del redactor musical, obligado a moverse dentro de al menos dos trajes bien distintos. Ejerce frecuentemente de entrevistador, encajado en el calendario promocional de la estrella, pero también debe ponerse la toga para juzgar su obra más reciente. Eso no ocurre en otros campos culturales, como la literatura o el cine, donde se tiende a diferenciar entre informador y crítico.

En aras de la eficiencia, lo de combinar ambos papeles podría tener sentido. Pero no aquí: el espacio reservado para las reseñas de música popular en la prensa española tiende hacia lo ridículo. Cierto que no es imposible juzgar discos en textos mínimos: la fama de un veterano como Robert Christgau, retratado en el reciente documentalThe Last Critic, se basa precisamente en escribir píldoras concisas sobre todo tipo de lanzamientos. Pero el impacto de Christgau derivaba de publicar mensualmente en medios de alta visibilidad, lo que no está al alcance de cualquier currito de base.

Las figuras de la canción tampoco tienen mucha idea de cómo funcionan las empresas periodísticas: identifican, por ejemplo, las opiniones de un reportero con la línea editorial de su medio, cuando lo cierto es que en las plantas nobles, en cada momento, apenas son levemente conscientes de la existencia de un artista (en la peana está ahora, ya imaginan, Rosalía).

Tampoco pienso que los especialistas en música estemos muy al día de lo que supone la realidad profesional de un artista. Hay un miedo universal a dejarnos indagar, por ejemplo, en el dinero. Jamás veremos un contrato para un bolo ni, mucho menos, un contrato de grabación. Y si lo tuviéramos en la mano, necesitaríamos una traducción que eliminara tecnicismos, incluso una versión ajustada a las prácticas consuetudinarias. Aun con esas carencias, los artistas nos aceptan y nos quieren. O eso necesitamos creer.

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