Es la primera vez que un Pontífice pisa la Roca desde 1538; los Grimaldi, exultantes ante una jornada excepcional Leer Es la primera vez que un Pontífice pisa la Roca desde 1538; los Grimaldi, exultantes ante una jornada excepcional Leer
El Papa León XIV realiza este sábado su primer viaje apostólico a un país europeo desde su elección en mayo del año pasado. Y para este estreno ha escogido una de las naciones más singulares del continente, el Principado de Mónaco, donde unos orgullosos y fervorosos Alberto II y Charlene ejercen de anfitriones del Santo Padre en una jornada histórica. Histórica porque es la primera vez que un Pontífice pisa la Roca en la era contemporánea, y la segunda desde que lo hizo el Papa Pablo III allá por 1538. Ya ha llovido desde entonces.
El Santo Padre ha aterrizado a las 9:03 de la mañana en el Helipuerto del Principado, hasta donde ha viajado en helicóptero desde el Vaticano. Una guardia de honor del ejército monegasco le ha recibido con honores junto a la escalerilla de la aeronave. Y allí mismo los príncipes Alberto y Charlene han recibido calurosamente a su ilustre huésped, bajo un sol radiante y con el profundo azul mediterráneo de fondo. En ese momento, se ha izado la bandera del Vaticano y han comenzado a repicar las campanas de los templos de Mónaco. A continuación, se han lanzado salvas de cañón como parte del recibimiento oficial a quien, además de líder espiritual de 1.200 millones de católicos en todo el globo, es el jefe de Estado del Vaticano. El Papa y los príncipes se han desplazado después al Palacio del Príncipe, donde estaba prevista la ceremonia de recibimiento oficial.
Allí aguardaban todos los Grimaldi al completo, incluidas las princesas Carolina y Estefanía, junto a su extensa prole. Todos vestidos de rigurosísimo negro. Y ellas con mantillas tradicionales, en señal de respeto por el Pontífice en una jornada para la Historia. Así ha destacado aún más que Charlene luciera de blanco, haciendo uso del privilegio reservado a las reinas y princesas consortes de naciones católicas, igual que se vio a la Reina Letizia en la reciente visita de los Monarcas españoles a Mónaco. Miles de ciudadanos abarrotan las inmediaciones del Palacio del Príncipe.
Durante su discurso asomado al balcón del Palacio de los Príncipes, ha advertido de que «la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz».
El Papa se ha mostrado «contento» de ser «el primero entre los Sucesores del Apóstol Pedro en visitar el Principado de Mónaco en tiempos modernos» y ha resaltado que esta pequeña ciudad-Estado (segundo Estado más pequeño del mundo después de la Ciudad del Vaticano) se encuentra «entre los países fundadores de la unidad europea», así como su «vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia».
Para los Grimaldi, la llegada de León XIV a su diminuto reino es no sólo un motivo de enorme alegría. Supone también un éxito diplomático del príncipe Alberto II, quien está demostrando una extraordinaria capacidad en el trono para dar a Mónaco una proyección internacional infinitamente superior a la del tamaño del territorio. Y, sobre todo, es un gesto claro por parte del Vaticano de reconocimiento a las políticas de esta nación mediterránea donde el catolicismo sigue siendo religión oficial de Estado.
A pesar de que entre los casi 40.000 habitantes de la Roca hay ciudadanos de casi 200 nacionalidades y de todas las confesiones, la Iglesia de Roma mantiene un estatus de absoluta prevalencia que marca la orientación de muchas leyes. Sin ir más lejos, cabe recordar la polémica suscitada el pasado noviembre cuando el soberano se negó a dar el preceptivo trámite a una ley para regular el aborto que había sido aprobada por mayoría en la Asamblea monegasca. Alberto II protagonizó un choque institucional e hizo valer sus enormes prerrogativas constitucionales, subrayando que su profunda fe católica y el reconocimiento oficial de la religión en el Principado le impedía rubricar una norma que por primera vez despenalizaba la interrupción del embarazo en algunos supuestos.
Su decisión levantó ampollas políticas, aunque ningún dirigente monegasco se atrevió a ir más allá de las críticas al ejercicio de la autoridad del príncipe. Sin embargo, representantes de la Iglesia católica aplaudieron la decisión de Alberto II, algo que presumiblemente aceleró las gestiones para que este sábado haya sido posible la visita del Papa.
El jefe de los Grimaldi invitó en varias ocasiones a su predecesor, Francisco, y en algunos momentos se llegó a hablar de su desplazamiento a Mónaco, algo que no se acabó materializando. Sí acudió en su nombre en 2021 el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolín, con motivo del 40º aniversario del convenio entre la Santa Sede y el Principado por el que éste quedó establecido como archidiócesis. Ya este 2026, a comienzos de enero Alberto II fue recibido por León XIV en el Palacio Apostólico Vaticano, en una audiencia en la que se cerraron los flecos de esta visita, y los dos soberanos abordaron algunas de las preocupaciones que comparten, como la lucha medioambiental y la ayuda humanitaria internacional -tan golpeada desde la llegada de Trump a la Casa Blanca-, así como cuestiones geopolíticas como la convulsa situación en Oriente Próximo y el Magreb.
Mónaco es en la actualidad uno de los escasísimos países europeos donde el catolicismo sigue teniendo reconocimiento de religión de Estado, junto a Malta o Liechtenstein. Y la relación de los Grimaldi con el Papado a lo largo de la Historia ha sido estrechísima. Los príncipes soberanos de Mónaco siguen siendo entronizados bajo la fórmula «por la gracia de Dios» que mantienen algunos de los monarcas cristianos de la Vieja Europa.
En el siglo XII, la pequeña comunidad de pescadores y agricultores que habitaba el territorio que hoy es la urbe plagada de edificios que es Mónaco, pasó a depender de Génova por decisión del emperador del Sacro Imperio Germánico Enrique VI. Eso ocurrió tiempo antes de que Francesco Malizia, disfrazado de monje, capturara en 1297 la fortaleza que se alzaba sobre el peñasco monegasco y se convirtiera en el primer Señor del terruño, fundando la dinastía Grimaldi. Para entonces ya se había construido la primera iglesia en el lugar, dedicada a San Nicolás.
A lo largo de los siglos, el Señorío mantuvo siempre un fuerte vínculo con Roma y estuvo bajo la protección de diferentes soberanos, incluido el emperador y rey de las Españas Carlos V. Ya en el siglo XVII, Mónaco se transformó en Principado, con Honoré II, quien sustituyó la fidelidad a España por la que prometió a Francia. Aunque la verdadera transformación de la Roca llegaría en el siglo XIX, cuando Carlos III puso a Montecarlo en el mapa con su espectacular desarrollo. El Vaticano, por su parte, asumió la autoridad directa de la Iglesia local, reforzando el vínculo con los sucesivos príncipes soberanos. En 1887, el Papa León XIII estableció Mónaco como obispado, con Monseñor Theuret como primer titular, a quien se debe el impulso de la construcción de su bellísima catedral. La Constitución del Principado ya recogió entonces que el catolicismo sería religión oficial, algo que no ha cambiado. Juan Pablo II, el Papa viajero, elevó a Mónaco a arzobispado en 1981, en reconocimiento de la gestión del inolvidable Rainiero III, quien había convertido a la pequeña nación en uno de los principales destinos de la jet set mundial tras su matrimonio con la bellísima Grace Kelly.
En esta víspera del Domingo de Ramos, la agenda de León XIV en Mónaco, donde pasará unas ocho horas, está repleta de actos. Tras los saludos oficiales y una recepción formal de las autoridades en el Palacio del Príncipe, en lo alto de la Roca, el Papa se reunirá con la comunidad católica local en la Catedral. Después mantendrá un encuentro con jóvenes y catecúmenos en una explanada frente a la iglesia de Santa Devota, en el barrio de La Condamine. Y sin duda uno de los platos fuertes será la misa multitudinaria prevista para primera hora de la tarde en el estadio Louis II.
León XIV presidirá en Roma desde este domingo numerosos actos en la que es su primera Semana Santa como Papa. Y, después, ya tiene en agenda un viaje apostólico de 10 días en África, que le llevará a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Y su esperadísima visita a España en junio. Recordemos que Francisco falleció sin haber pisado nunca nuestro país. «Iré cuando haya paz», solía repetir, sin que quedara jamás claro a qué se refería exactamente el Papa argentino.
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