Lejos de plegarse y en contraste con el perfil dócil adoptado por otros mandatarios internacionales, el presidente chino ha contraatacado a cada golpe propiciado por EEUU Leer Lejos de plegarse y en contraste con el perfil dócil adoptado por otros mandatarios internacionales, el presidente chino ha contraatacado a cada golpe propiciado por EEUU Leer
El quinto volumen publicado este año de Xi Jinping: La gobernanza de China, el último bestseller del líder supremo de la segunda potencia mundial, acaba de sacar nuevas ediciones traducidas al húngaro, griego, iraquí y tailandés. La obra, piedra angular del canon ideológico del Partido Comunista Chino, también ha sido presentada recientemente en Fráncfort (Alemania) y en Nairobi, la capital de Kenia, dos escenarios lejanos pero cuidadosamente elegidos para proyectar el alcance global del mensaje de Pekín.
«El libro establece una base sobre un experimento de gobernanza que realmente ha funcionado. Muchos países pueden coger el modelo chino y adaptarlo a sus contextos nacionales», sostuvo en el acto de Nairobi Hassan Omar Hassan, secretario general de la Alianza Democrática Unida de Kenia, el partido actualmente en el poder en el país africano. No se trata de una cita inocente: China lleva años cultivando élites políticas en África, Asia y América Latina, ofreciendo su modelo autoritario de crecimiento como alternativa pragmática a las democracias liberales occidentales.
El nuevo libro de Xi contiene 91 discursos políticos que el presidente de China dio entre mayo de 2022 y diciembre de 2024. La maquinaria de propaganda de Pekín ya lo ha traducido a medio centenar de idiomas y distribuido en 185 países. La próxima edición probablemente incorpore una de las frases más explícitas que ha pronunciado Xi en los últimos meses, lanzada a mediados de diciembre durante una importante conferencia económica para cerrar el ejercicio: «Se ha demostrado que los esfuerzos por estrangular a China no pueden tener éxito. La columna moral y la fortaleza de China se han ganado el respeto de la comunidad internacional».
No es habitual que Xi se exprese con este grado de frontalidad. El destinatario implícito de ese mensaje es Donald Trump, el dirigente que intentó «estrangular» a China mediante una guerra comercial que, según interpretan no pocos funcionarios y analistas del país asiático, ha terminado produciendo efectos contrarios a los deseados por Washington. En Pekín sostienen que el choque aceleró la reconfiguración del orden internacional y abrió espacios que China ha sabido ocupar con rapidez.
Desde hace tiempo, los altavoces mediáticos del régimen celebran no sólo que Xi haya sostenido con firmeza el pulso arancelario al ex presidente estadounidense, sino que también presumen de que la errática estrategia proteccionista de Trump -aderezada con exabruptos lanzados a golpe de teclado o ante un micrófono- ha facilitado que el poder blando chino se expanda en regiones donde Estados Unidos ha reducido su presencia diplomática, comercial y de ayuda humanitaria.
Trump volvió este año a la arena con una vigorosa ofensiva arancelaria contra el mundo. China, lejos de plegarse y en contraste con el perfil mucho más dócil adoptado por otras grandes economías, contratacó a cada bofetada comercial. Los voceros del régimen abrazaron con fuerza una frase que terminaron convirtiendo en mantra: «Lucharemos hasta el final».
En Pekín recuerdan con especial deleite cómo fue el propio Trump quien, después de soltar que había muchos países que le estaban «besando el culo» -en referencia a los aliados que lo llamaban desesperados para negociar los aranceles-, terminó descolgando el teléfono para llamar a Xi -y no al revés- y desbloquear así el inicio de unas negociaciones comerciales entre dos rivales atrapados en una guerra fría de golpes en caliente.
Si uno asestaba una cuchillada quirúrgica elevando aranceles, el otro replicaba de forma simétrica. Si Washington cerraba el grifo de los semiconductores para frenar el desarrollo tecnológico chino, Pekín respondía bloqueando la exportación de minerales críticos imprescindibles para fabricar esos mismos chips. Ambos han refinado durante todo el año la vieja táctica del ‘ojo por ojo’, pero con los chinos jugando dos cartas que han resultado especialmente eficaces: las tierras raras y las exportaciones.
China domina el suministro mundial de numerosos minerales estratégicos y ostenta un cuasi monopolio en el procesamiento de tierras raras, la sangre vital de la electrónica moderna, desde los vehículos eléctricos hasta los sistemas de defensa avanzados. A mediados de octubre, Pekín amplió los controles sobre la exportación de algunos de estos materiales, una maniobra que encendió las alarmas en Washington y en las principales capitales europeas. Las restricciones se levantaron después, no sin antes dejar un mensaje inequívoco: China no solo produce tierras raras, sino que decide cuándo, cómo y a quién las entrega.
La otra carta que exhibe el Gobierno de Xi es su imponente músculo exportador. El superávit comercial del país superó en noviembre, por primera vez, el billón de dólares, un umbral simbólico que confirma la capacidad del aparato industrial chino para inundar mercados internacionales incluso bajo el fuego cruzado de los aranceles estadounidenses. Para Pekín, el dato refuerza la narrativa de que el tiempo juega a su favor en la competencia sistémica con Estados Unidos.
El desafío de China al liderazgo estadounidense no se limita al terreno comercial, ya que Xi lo ha reforzado mediante una cuidada arquitectura de alianzas con otros actores enfrentados a Washington. Su relación con el ruso Vladimir Putin, sellada poco antes de la invasión rusa de Ucrania con la promesa de una asociación «sin límites», se ha consolidado como un eje político y energético. La imagen más elocuente de esa convergencia se produjo en septiembre durante un gran desfile militar en Pekín, cuando Xi presidió el acto flanqueado por líderes autoritarios afines, entre ellos el norcoreano Kim Jong-un, quien llevaba unos años alejado de su vecino asiático.
En el actual contexto de rivalidad abierta por la hegemonía global, los líderes de las dos superpotencias se reunieron por primera vez este año en una base de la fuerza área de Corea del Sur, que a finales de octubre acogió el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC), una cumbre regional. De aquel encuentro salió la confirmación de una tregua comercial que ambos vendieron como una victoria en sus respectivas casas.
Trump sacó pecho por haber logrado sentar finalmente a su gran rival en la mesa de negociación. Xi, por su parte, se aseguró de que los medios estatales subrayaran que China se había convertido en un ejemplo de resistencia frente a la coacción comercial estadounidense. Además, el líder chino arrancó de Trump el compromiso de una visita oficial a Pekín en abril del próximo año, que Xi devolverá más adelante con un viaje a Washington. Una coreografía diplomática que refleja un pulso abierto por definir quién escribirá las siguientes reglas del orden internacional.
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