Teherán apuesta a que la presión militar terminará obligando a Estados Unidos a aceptar su control sobre esta vía crucial para la energía mundial Leer Teherán apuesta a que la presión militar terminará obligando a Estados Unidos a aceptar su control sobre esta vía crucial para la energía mundial Leer
El estrecho de Ormuz debe su nombre, según algunas versiones, a una deidad zoroastriana destinada a salir victoriosa tras un enfrentamiento de 9.000 años con un adversario.
El liderazgo iraní siente que su propia victoria está al alcance de la mano y que, a diferencia de aquella batalla mitológica, no necesitará la misma paciencia épica.
Teherán apuesta a que la presión militar terminará obligando a Estados Unidos a aceptar su control sobre esta vía marítima crucial para la energía mundial. Y cree que el tiempo juega a su favor.
Los dirigentes iraníes saben que las reservas estadounidenses de armas clave, como los avanzados interceptores de misiles, están disminuyendo. Saben también que la guerra es profundamente impopular entre los estadounidenses y que, mientras el estrecho permanezca en gran medida cerrado, los precios de la gasolina y de otros productos seguirán elevados a las puertas de las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos.
También son conscientes de que intentar reabrir el paso por la fuerza sería costoso y podría requerir incluso el despliegue de tropas terrestres estadounidenses. Y cuentan con que sus aliados hutíes en Yemen podrían ampliar el conflicto e interrumpir otra importante ruta comercial.
Según esta lógica, el presidente estadounidense, Donald Trump, no tendría más opción que capitular.
Pero la estrategia iraní entraña grandes riesgos.
Trump pone sobre la mesa los ataques que han diezmado a la cúpula militar iraní, así como a su Armada y su Fuerza Aérea. Alterna las amenazas de una escalada con declaraciones en las que asegura que las conversaciones avanzan. Mientras tanto, la economía de la República Islámica ha quedado gravemente golpeada, en parte por el bloqueo estadounidense.
La población iraní protagonizó protestas masivas hace apenas unos meses y podría volver a salir a las calles. Y los dirigentes de Irán solo tienen que observar cómo la que Trump presentó como una «excursión a corto plazo» en Oriente Medio se ha ido empantanando para recordar que las guerras rara vez se desarrollan como estaba previsto.
Irán asegura estar cerca de alcanzar un acuerdo con Omán para gestionar el estrecho, que se extiende entre ambos países. Sin embargo, Teherán dejó claro el sábado que la vía marítima no se abrirá hasta que Estados Unidos «corrija su comportamiento».
Según las condiciones planteadas por Irán, Washington debería poner fin de forma permanente a la guerra, levantar el bloqueo naval de los puertos iraníes y retirar sus fuerzas militares de la zona. También tendría que «compensar completamente» a Irán por los daños causados durante el conflicto, levantar las sanciones y liberar «incondicionalmente» los activos iraníes congelados.
La Casa Blanca no hizo comentarios al respecto.
Un acuerdo con Omán formalizaría el control de Teherán sobre una vía marítima que, antes de la guerra, era un corredor internacional abierto por el que transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas comercializados en todo el mundo.
Abdolreza Davari, analista que en el pasado asesoró al expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, considera que el control efectivo del estrecho ha proporcionado a Teherán una importante capacidad de presión frente a Washington y frente a otros países de la región, algo que, a su juicio, puede contribuir a garantizar la seguridad de Irán.
«Más que los ingresos del estrecho, Irán quiere confirmar su gestión y su soberanía sobre él», afirmó en una conversación telefónica desde Teherán.
El reconocimiento formal de ese control, aunque solo fuera sobre una parte del estrecho, supondría una clara victoria para Irán y una derrota para Estados Unidos, que todavía no ha conseguido alcanzar algunos de los objetivos, cambiantes, que se ha marcado durante la guerra.
También supondría un golpe para las normas internacionales sobre la libertad de navegación y sentaría un precedente que buena parte de la comunidad internacional consideraría inquietante: que los países puedan cerrar a voluntad puntos estratégicos para el comercio mundial.
China, que compra petróleo iraní y mantiene una considerable influencia sobre Teherán, afirmó todavía en mayo que debía restablecerse el «tránsito normal y seguro» por el estrecho.
Por utilizar una expresión habitual en la propia teoría geopolítica de Trump, Irán cree tener todas las cartas en la mano.
«Ellos empezaron la guerra, pero su final nunca estuvo en sus manos. Nosotros siempre decidimos por nosotros mismos cuándo termina», escribió en redes sociales Mahdi Mohammadi, asesor del principal negociador iraní. «Irán busca la derrota del enemigo, no un acuerdo».
Mohammadi sostuvo que un ataque sorpresa iraní contra Jordania en julio «compensó» la caída de los precios del petróleo. Esa acción contribuyó al colapso de un acuerdo provisional alcanzado en junio que contemplaba importantes concesiones a Teherán, entre ellas una exención estadounidense que le permitía vender crudo en los mercados internacionales y la promesa de un alivio más amplio de las sanciones.
Irán ha reiterado en numerosas ocasiones que el estrecho de Ormuz no volverá a ser una vía marítima abierta y que continuará atacando a los barcos que intenten atravesarlo sin su autorización. El mando militar conjunto iraní lo ha definido como una «línea roja inquebrantable».
«Para Irán, el estrecho de Ormuz se ha convertido en una herramienta estratégica de disuasión, para mantener el equilibrio regional de poder y para redefinir las reglas de seguridad en el golfo Pérsico», explicó Mostafa Najafi, analista de seguridad radicado en Teherán.
Esta situación supone un enorme obstáculo para poner fin al conflicto y, aún más, para resolver la disputa de larga duración en torno al programa nuclear de la República Islámica.
«La cuestión nuclear, debido al conflicto en el estrecho de Ormuz, ha quedado relegada, y en realidad eso beneficia a Irán», afirmó Rahman Ghahremanpour, analista radicado en Irán. El control del estrecho proporcionaría a Teherán una importante baza si se reanudaran las negociaciones nucleares, añadió.
Las consecuencias económicas de la guerra se han extendido por todo el mundo, pero están siendo especialmente duras dentro de Irán.
Los ataques de Estados Unidos e Israel han castigado su base industrial, mientras que el bloqueo estadounidense ha estrangulado buena parte de sus exportaciones de petróleo. Los iraníes afrontan además una inflación alimentaria de tres dígitos. Trump ha amenazado repetidamente con lanzar grandes ataques contra infraestructuras civiles, incluidos los sistemas de agua y electricidad.
En diciembre, una crisis monetaria desencadenó algunas de las mayores protestas antigubernamentales de los 47 años de historia de la República Islámica. Las autoridades respondieron con una violenta represión en la que miles de personas murieron y decenas de miles fueron detenidas.
Muchos iraníes, incluidos algunos sectores próximos al presidente moderado Masoud Pezeshkian, temen que el país pueda estar llevando demasiado lejos su estrategia.
Mohammad Javad Zarif, quien como ministro de Exteriores participó en la negociación del acuerdo nuclear de 2015, escribió recientemente que los logros de Irán durante la guerra habían abierto «una ventana excepcional para la diplomacia». Sin embargo, advirtió de que, si no se alcanza pronto un acuerdo, «la recuperación económica será difícil» y no puede descartarse «la posibilidad de agitación interna o de una nueva agresión, especialmente después de las elecciones en Estados Unidos».
La guerra ya ha estado marcada por las sorpresas.
Después de que la primera oleada de ataques aéreos estadounidenses e israelíes, el 28 de febrero, acabara con la vida del líder supremo de Irán y de otros altos cargos, Trump sugirió que el conflicto terminaría en cuestión de semanas.
Ocurrió lo contrario. La guerra ha reforzado la posición de los dirigentes iraníes y movilizado a sus partidarios. Teherán está utilizando el estrecho «para demostrar que no ha sido derrotado», explicó Ghahremanpour. «Puede aumentar su legitimidad a nivel nacional».
Pero la estrategia también podría volverse contra Irán. La capacidad de resistencia de la población tiene un límite y existe preocupación por que un colapso económico pueda desencadenar nuevos disturbios.
«Irán no puede mantener esta estrategia para siempre y, en algún momento, tendrá que llegar a un acuerdo» con Estados Unidos, sostuvo Ghahremanpour.
Davari, sin embargo, considera que, al menos por ahora, Irán todavía puede soportar la presión.
«Pese a las dificultades económicas, es poco probable que Irán dé marcha atrás en sus posiciones», afirmó.
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