
Desde que el 30 y 31 de julio unas 80.000 personas entraran en Ceuta, las calles que llevan a las instalaciones de Loma Margarita, en el oeste de la ciudad, son un perfecto repaso de todas las guerras, hambrunas y fundamentalismos que golpean al Sahel, la franja de países que va del Sáhara al Mar Rojo, donde se suceden todas las desgracias inimaginables.

Cientos de subsaharianos acarician la posibilidad de pedir de forma legal la protección en España
Desde que el 30 y 31 de julio unas 80.000 personas entraran en Ceuta, las calles que llevan a las instalaciones de Loma Margarita, en el oeste de la ciudad, son un perfecto repaso de todas las guerras, hambrunas y fundamentalismos que golpean al Sahel, la franja de países que va del Sáhara al Mar Rojo, donde se suceden todas las desgracias inimaginables.
Tirados por las aceras, mirando el móvil o caminando sin rumbo, pasan las horas adolescentes como armarios que se libraron de empuñar un arma en Malí. Otros huyeron de grupos yihadistas en Níger y otros, simplemente, se quedaron sin nada para comer cuando grupos armados en Burkina Faso llenaron de glifosato las huertas de todo el pueblo para matarlos de hambre. Si quedaba alguna crisis sin rostro, es posible encontrarla a las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), donde más chicos de Chad, Mauritania o Sudán pasan las horas. Después de muchos meses de penurias, todos ellos duermen en una cama y comen tres veces al día.
Loma Margarita es una explanada propiedad del Ejército donde se han instalado enormes tiendas de campaña verde oliva para 1.100 personas. Después de días de locura para migrantes y trabajadores, por fin reina cierto orden en estas instalaciones, vigiladas desde dentro por una empresa privada de seguridad y desde fuera por un grupo de legionarios.
Agarrado a la verja, Abdallah, de 21 años, dice que volver a Sudán sería tener que “integrarse en un grupo armado”. Su amigo, el mediano, de 17 años, cuenta que hace tres meses que salió de su país, pero que está contento porque podrá “legalizar su situación y contarle a alguien lo que pasa en su país”, explica en un correcto inglés. El más joven, de 15 años, tiene una herida infectada en el tobillo desde hace 25 días. No tiene muchas ganas de hablar y solo muestra una foto en el móvil de un primo de su madre que vive en Madrid con una camiseta de la selección española. “En Marruecos vivíamos como perros, pero nos han dicho que aquí vamos a hacer una entrevista para tener los papeles. Si me llevan a Sudán, terminarían matándome”, dice Abdallah. Aquí no solo duermen en una cama, sino que pueden cargar el móvil o curarse una herida.

Según cifras aproximadas, de los 5.000 jóvenes que siguen pululando por la ciudad de Ceuta, hay entre 1.100 y 1.500 subsaharianos repartidos, principalmente, en dos centros. Según Accem, la Policía ha comenzado las entrevistas y el triaje para distinguir quiénes son aptos para solicitar asilo. El primer triaje, sin embargo, comenzó mucho antes, cuando las autoridades separaron, por un lado, a mujeres y niñas en un lugar seguro, garantizando que no se repitieran los abusos sexuales; por otro, a los subsaharianos en otras instalaciones; y, por último, a los marroquíes. Una pareja de argelinos prefiere, sin embargo, seguir durmiendo en la playa al ver que no encaja en ninguno de los tres espacios.

Todos los que duermen en Loma Margarita “son hombres de entre 18 y 35 años”, describen en Accem, la ONG encargada por el Ministerio de hacerse cargo de la situación. La mayoría de ellos aguardaban en el norte de Marruecos una oportunidad para pasar a España cuando el 31 de julio se sumaron a la caravana de gente que iba hacia la frontera. “Los policías indicaban que pasáramos por el mar”, recuerda sobre aquel jueves. Al albergue de Loma Margarita se puede entrar y salir con libertad, pero durante los turnos de comidas y cenas se cierran las puertas del lugar para ordenar el reparto. En la playa de El Trampolin, Mohamed Camara de Guinea- Konacri, espera a que comience el reparto diario de comida. Camara es de la región de Siguizin, conocida por sus minas de oro. Con solo 20 años, “la mayoría de mis amigos fueron capturados para hacer trabajos forzados en las minas”, explica en francés. Desde esta semana, la policía ya tiene sus nombre y podrá comenzar los tramites para solicitar el asilo.
El Sahel es una franja semiárida de unos 6.000 kilómetros, situada entre el desierto del Sáhara y las sabanas tropicales, desde el Atlántico hasta el mar Rojo. Una región que engloba, según la ONU, a Senegal, Gambia, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger, el norte de Nigeria y Camerún, Chad, Sudán, Sudán del Sur y Eritrea, lo que es lo mismo, 400 millones de habitantes de doce países. El Gobierno aseguró en un primer momento que saldrían todos los que entraron de forma irregular en España, pero la obligación de gestionar las solicitudes de asilo y la devolución de los menores hace imposible cumplir tal cosa. En España, el año pasado se aprobaron un total de 75.275 resoluciones favorables de protección internacional y estatutos humanitarios, y las solicitudes procedentes del Sahel encabezan las listas de peticiones, con un reconocimiento cercano al 100 %.
En la carretera que sube por delante de la Hípica y conduce al CETI, un joven de Malí pasa las horas sentado y con la espalda apoyada en la pared. Sobre las piernas estiradas tiene la cabeza de Omar. No habla y no juega con el móvil. Solo mira al infinito y pasa la mano por la cabeza de su compañero. Omar y Ahmed detallan los secuestros yihadistas que hacen imposible tener una vida normal. Después de un rato, reconoce que son pareja y que ese es otro motivo para no volver.
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