El asesinato por error de Nacho en Málaga: “Una muy buena persona con muy mala suerte”

Sentado en el alféizar del escaparate de un bazar, un chico joven consulta el móvil mientras da caladas a su cigarrillo. Lleva gorra y una riñonera cruzada en el hombro derecho. Pasa desapercibido para los viandantes que se cruzan con él, pero no para tres personas que, desde una ventana, le graban en vídeo. En el audio que le acompaña, alguien dice, en sueco, que el chaval está armado. Horas más tarde, los autores de las imágenes se le acercan y le disparan a bocajarro a plena luz del día cerca del centro de Málaga. Tenía 20 años, se llamaba Nacho y falleció horas más tarde en el hospital. Según la Policía Nacional, quienes le atacaron se equivocaron de persona. Sus asesinos, procedentes del mundillo de la delincuencia de Malmö (Suecia), creyeron que era el miembro de una banda rival que les estaba vigilando. No era así. Tampoco portaba arma alguna: en la bandolera solo llevaba las llaves de casa. “Es víctima de la extrema violencia instaurada en la sociedad y, últimamente, en Málaga”, sostenía Laura, su madre, en un escueto comunicado enviado días más tarde.

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 El joven, de 20 años, fue tiroteado por tres sicarios suecos que lo confundieron con un rival. Uno de ellos quedó en libertad el año pasado, solo días después de ser detenido por un intento de asesinato en Marbella  

Sentado en el alféizar del escaparate de un bazar, un chico joven consulta el móvil mientras da caladas a su cigarrillo. Lleva gorra y una riñonera cruzada en el hombro derecho. Pasa desapercibido para los viandantes que se cruzan con él, pero no para tres personas que, desde una ventana, le graban en vídeo. En el audio que le acompaña, alguien dice, en sueco, que el chaval está armado. Horas más tarde, los autores de las imágenes se le acercan y le disparan a bocajarro a plena luz del día cerca del centro de Málaga. Tenía 20 años, se llamaba Nacho y falleció horas más tarde en el hospital. Según la Policía Nacional, quienes le atacaron se equivocaron de persona. Sus asesinos, procedentes del mundillo de la delincuencia de Malmö (Suecia), creyeron que era el miembro de una banda rival que les estaba vigilando. No era así. Tampoco portaba arma alguna: en la bandolera solo llevaba las llaves de casa. “Es víctima de la extrema violencia instaurada en la sociedad y, últimamente, en Málaga”, sostenía Laura, su madre, en un escueto comunicado enviado días más tarde.

Nacho era un vecino del barrio de Barcenillas que no tenía antecedentes ni relación con el tráfico de drogas. Aquella mañana soleada de septiembre se convirtió en la última víctima colateral del crimen organizado en la Costa del Sol, al menos de momento. Su muerte ha conmocionado a sus vecinos. Durante días se convirtió en el principal tema de conversación —también porque hubo otro tiroteo días después— y el pleno municipal le dedicó un minuto de silencio. Para los agentes que trabajan en la zona, sin embargo, no ha sido ninguna sorpresa: llevan años avisando de que algo así podía ocurrir. “Estamos al límite de que utilicen las armas contra nosotros o contra cualquier ciudadano que pase por su lado sin tener nada que ver con ellos”, advertía un policía en primavera de 2025 tras una secuencia de cuatro tiroteos producidos en una semana en distintos puntos del litoral malagueño.

Sabía de lo que hablaba porque solo unos meses antes, en diciembre de 2024, Jasin Ajar, neerlandés de 25 años, había sido asesinado en Fuengirola también por error. Su ejecutor, que entonces tenía 17 años, le disparó hasta 18 veces con un arma de guerra, pero se confundió: el hombre al que en teoría debía matar a cambio de dinero era otro. Un poco más atrás, en 2021, un pinchadiscos falleció en Marbella a causa de una bala perdida en una fiesta ilegal. Más lejos queda la muerte, en 2004, de un niño de siete años —José Manuel— y un hombre de 36 —Cosimo Pizzi— en un ajuste de cuentas con el que nada tenían que ver. El caso nunca fue resuelto.

“Siempre supe que no estaba vinculado a nada delictivo”, contaba la madre de Nacho en el texto enviado a los medios de comunicación. Después publicaba una carta en el diario Sur, donde se abría en canal. “Aunque a veces se esforzaba por parecer mayor, era aún un niño”, reconocía. Ambos formaban “una familia de dos” que tenía sus raíces en la barriada de Ciudad Jardín, al norte de Málaga, donde el chico se crio. Hacía tres años que se habían mudado a una zona humilde cerca del centro. Allí el joven paseaba a sus perros, Pepito y Martín o pasaba tiempo charlando con sus vecinos en la plaza de la iglesia de La Victoria, cerca también de la casa de su novia. Y a un paso del lugar donde los asesinos, que pensaban que les vigilaba y guardaba una pistola en la riñonera, le dispararon dos veces. Un tiro en la espalda y otro en la pierna acabaron con su vida en el hospital.

Un vídeo, en el que se le ve pidiendo ayuda, herido, en dirección al supermercado donde recibió los primeros auxilios, corrió por los platós de televisión, algunos medios digitales y redes sociales. La familia se quejó, igual que la Asociación de la Prensa de Málaga o el Colegio Profesional de Periodistas de Andalucía. “El interés público no justifica la difusión de escenas morbosas o impactantes que no aportan información relevante”, criticaba el Consejo Audiovisual de Andalucía.

“Tenía grandes valores en torno a la igualdad, a la justicia social y a los derechos laborales, herencia de su mami”, señalaba su progenitora en la misiva, donde subrayaba que el chico tenía pasión por la música. “Principalmente la guitarra eléctrica, algo que le venía de familia, y últimamente pasaba horas en casa con su mesa de mezclas”, insistía. También narraba que su hijo quería trabajar como mecánico de trenes en Renfe. “Se podía pasar horas y horas montando y desmontando su ciclomotor y ayudando a sus amigos a reparar los suyos”, escribía la mujer. Varias decenas de jóvenes se acercaron al velatorio, todos vestidos de negro, a despedirse de él. Días más tarde encendían bengalas y lanzaban fuegos artificiales en su recuerdo. “Le querían mucho”, cuentan fuentes cercanas a la familia. Y añaden: “Era imposible que un chico tan bueno, tan inocente y lindo tuviera algo que ver con narcotráfico. Ha sido una muy buena persona con muy mala suerte. Es muy doloroso”.

Sicarios con antecedentes

La investigación del crimen de Nacho, declarada secreta, está en manos del grupo especializado de ajustes de cuentas en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco) y el Grupo de Respuesta Especial para el Crimen Organizado (Greco) Costa del Sol, quienes han evitado ya una decena de asesinatos solo en lo que va de año. Su rápida actuación aquel viernes permitió, en primer lugar, detener cerca del lugar de los hechos a uno de los tres delincuentes implicados en el asesinato. Poco más tarde, arrestaron al segundo, que se encontraba en el piso que compartían. El tercero se cambió de ropa y aspecto, pero fue atrapado en Fuengirola esa misma noche. Son tres sicarios de nacionalidad sueca —de entre 22 y 29 años— que, sospechan los especialistas, habían acudido a Málaga para completar algún encargo. Nadie se sorprendió de su nacionalidad, puesto que las bandas del país nórdico llevan al menos una década asentadas en la zona. Tampoco de que los tres tuviesen antecedentes.

Uno de ellos es, de hecho, viejo conocido de la policía española. Fue arrestado en Marbella hace apenas un año durante una intervención que evitó que un adolescente de 16 años cometiera un asesinato en la localidad. En aquella operación, denominada Hitman, se registraron seis detenciones. A un lado, el menor y otro chico de 19 años, que fueron atrapados mientras viajaban encapuchados, con mascarilla y pasamontañas en un patinete. Al otro, las cuatro personas que les habían facilitado toda la logística —el vehículo, la vivienda donde se alojaban y las dos armas de fuego que fueron encontradas en el inmueble—, quienes quedaron en libertad días después, según informaron fuentes jurídicas. Entre ellos se encontraba uno de los ahora presuntos autores del crimen de Barcenillas, según se quejan desde la Policía Nacional, donde el enfado porque la justicia permitiese su salida de prisión es mayúsculo. “Es lo que pasa por dejar a gente tan peligrosa en la calle”, lamentan.

Dos tiroteos en una semana

Los tiroteos se producen en la Costa del Sol de manera periódica. A veces se distancian en el tiempo y, en otras ocasiones, se repiten casi cada semana. Ocurrió el año pasado, con tres víctimas mortales en apenas tres meses: una en Mijas y dos en Fuengirola. Y ya había pasado en 2024, cuando Marbella registró seis tiroteos en pocas semanas. La hemeroteca registra un sinfín de incidentes recientes con armas de fuego —como la veintena ocurrida en 2018 y la decena de 2019— pero, hasta ahora, el crimen organizado rara vez había actuado en Málaga, donde otros pistoleros actuaron apenas cinco días más tarde del asesinato de Nacho. Fue el martes 23 de septiembre, sobre las 22.30 horas, cuando dos hombres se acercaron a una mesa del restaurante Plaza, en Muelle Uno, la zona de ocio del puerto. Allí dispararon a un varón de 47 años, identificado más tarde como Ümit Yalçin, de nacionalidad turca y vinculado a los grupos ultra del fútbol de su país. Recibió un tiro en la cara y fue trasladado a un hospital donde aún se recupera de las graves heridas. La investigación sigue abierta, aunque todo apunta a un ajuste de cuentas que viene de lejos por el enfrentamiento de bandas turcas de narcotraficantes, según fuentes cercanas al caso.

Para los policías que conocen bien la zona, que estos episodios se hayan producido en la ciudad de Málaga “es circunstancial”. “Es un fenómeno que se irradia desde la costa a la capital”, explica uno de los agentes, quien relata que al igual que los enfrentamientos entre bandas en Suecia, Reino Unido, Países Bajos o, ahora, Turquía, a veces acaban con asesinatos en el litoral malagueño; puede haber problemas en Marbella que terminen resolviéndose en Málaga, a poco más de media hora en coche. Además, que el objetivo de unos sicarios salga a cenar a Puerto Banús o Muelle Uno —espacios que, además, comparten similitudes como zona de ocio, con muchos restaurantes y yates de lujo— es lo de menos a la hora de cumplir su cometido. “Creo que es casualidad”, recalca otro policía. Es la misma tesis que defiende un tercer investigador, que suma otro factor: la presión policial en Marbella y su entorno. “Un porcentaje muy alto de los tiroteos con resultado de muerte o heridos allí han culminado con la detención de sus autores e ingreso en prisión” y, por eso, cree, “algunas organizaciones podrían haber decidido tener a sus efectivos alejados de la zona caliente o llevar a cabo sus acciones en la capital”.

Los dos tiroteos han hecho saltar así las alarmas de un territorio que permanecía ajeno a los disparos del entorno marbellí, de ahí que el subdelegado del Gobierno, Javier Salas, anunciara hace unos días que el Plan Costa del Sol —impulsado en abril de 2024 en Marbella por el Ministerio del Interior tras la sucesión de tiroteos de aquella primavera y que se fue ampliando a municipios cercanos en meses posteriores— llega ahora también a la capital. “Supondrá un refuerzo policial importante para afrontar estos sucesos”, indicó Salas. La madrugada del viernes 25 de septiembre ya se produjeron los primeros controles aleatorios en distintos puntos de la ciudad, entre ellos el propio Muelle Uno, “para aumentar el factor sorpresa”, según la subdelegación del Gobierno. Efectivos de las unidades de Intervención Policial y Prevención y Reacción se desplegarán en las próximas semanas por lugares donde se produzcan aglomeraciones de personas y realizarán filtros en urbanizaciones residenciales.

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