
EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es
Álvaro Del Cristo Godoy revela, antes de someterse a una eutanasia, los abusos que sufrió en su infancia en el internado San Juan de Dios de Canarias
EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es
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Álvaro del Cristo Godoy tiene 65 años y padece un “dolor crónico no mitigable e irreversible”, según la Comisión de Garantía y Evaluación de la Comunidad Valenciana que ha aprobado su solicitud de eutanasia. La fecha límite elegida por el paciente es el 11de febrero. “Antes de morirme quiero contar los abusos sexuales y físicos que sufrí cuando tenía 11 años en el internado San Juan de Dios de Gran Canaria: destrozó mi infancia, hizo de mí una persona desconfiada. He vivido con miedo y vergüenza. Fui un niño abusado con una vida rota y no quiero irme con eso dentro, ha sido una carga aplastante todos estos años y todavía, en algunas ocasiones, vuelve el horror a mi memoria. Odié a todo aquel que me rodeara, viví un infierno. Contarlo es una forma de hacer justicia y de dejar de sentirme solo, porque a pesar de estar rodeado de adultos, no había quien me defendiera”, cuenta sentado en la silla de ruedas de su casa de Villalonga, al sur de Gandía en un caluroso día de septiembre. Relata a este periódico haber sido víctima de una violación por parte del hermano Francisco, el encargado de la enfermería; le ayudó, sujetándole, el hermano Calixto, responsable del comedor. Era 1972.
Godoy intentó denunciar formalmente los abusos sufridos ante el obispado de Canarias (2017): les llamó por teléfono y les habló de “tortura y abusos” sin entrar en detalle. Se le dijo que tendría que desplazarse a la sede y ante la negativa de que fueran ellos los que acudieran a su domicilio, la víctima, con problemas de movilidad, asegura que no volvió a saber nada. También les envió “desde la frustración y el rencor” un correo (en enero de 2017) en el que les manifestó la intención de un grupo de víctimas “de repetidos abusos sexuales y físicos” de “hacer público en medios de comunicación” lo que había pasado “en reiteradas ocasiones” en el San Juan de Dios, en Gran Canaria. “Queremos y haremos públicas las imágenes de los maltratadores”, se lee en el mail. Ese correo fue remitido a la orden San Juan de Dios, que a su vez le envió un mail para pedirle más información; no recibieron respuesta de él.
Godoy denunció los abusos ante el Defensor del Pueblo este pasado abril, que le explicó los pasos a seguir para solicitar una reparación. En el mismo periodo los denunció ante la oficina de atención al menor del obispado de Valencia, desde donde remitieron el correo a la propia orden hospitalaria. La encargada de buen trato [figura que se ocupa de garantizar entornos seguros para menores] de la orden le llamó el 28 de abril asegurándole que “estaban haciendo unas averiguaciones” y que “contactarían con él la siguiente semana”. Ante la ausencia de información, Godoy la volvió a llamar el 11 de junio; pidieron más tiempo para “las averiguaciones”. Han pasado cuatro meses y no ha vuelto a tener noticias hasta que este periódico contactó con la orden este lunes para avisar de la publicación del reportaje.
Aseguran que la encargada de buen trato ha tenido “varias conversaciones telefónicas” con él y que tienen pendiente ir a visitarle a su domicilio para “tomarle declaración” y “explicarle cómo solicitar una reparación ante el Defensor del Pueblo”. 24 horas después de la llamada de este periódico, la orden llamó a Godoy para fijar una entrevista presencial.
El internado San Juan de Dios pertenece a la orden religiosa hospitalaria San Juan de Dios y abrió sus puertas en septiembre de 1972 para proporcionar “una atención educativa, asistencial y rehabilitadora a niños con discapacidad o en situaciones de necesidad social”. Godoy cuenta que en el centro había sobre todo niños con secuelas de poliomielitis (uno de ellos denunció en este periódico el infierno de abusos del que fue víctima en el Hospital Infantil San Rafael de Madrid, perteneciente a la misma orden hospitalaria). Según la contabilidad de este periódico, la única existente en España sobre abusos en la Iglesia, constan cinco casos y cinco víctimas en la orden. En el informe del Defensor del Pueblo se mencionaban dos.
Godoy cuenta que su suerte fue la de pasar allí solo media jornada, se iba a casa a dormir. “Yo era un niño aparentemente normal, con un TDAH [Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad] y una enfermedad en la rodilla que no sabían si era tuberculosis ósea o un sarcoma [finalmente con 16 años le diagnosticaron osteocondritis disecante] y era huérfano de padre desde los cinco años. Por eso mi madre accedió a matricularme en la ciudad de San Juan de Dios en 1972″, relata.
Los primeros días cuenta que vio algo que la aterrorizó. “Jugando al escondite vi al hermano Francisco haciéndole una felación a un niño de unos cuatro añitos. No era capaz de distinguir el alcance de lo que estaba sucediendo, pero me dio miedo. Procuraba evitar ir a la enfermería, porque él era el responsable y siempre me decía que el protocolo era que me hiciera un chequeo. Durante algún tiempo lo esquivé”.
Pero un día, rememora, el hermano Francisco [los hermanos de la orden son los que han profesado votos, y en este caso temporales, pero no son necesariamente sacerdotes] le cogió entrando al aula, en la puerta contigua a la enfermería. “Me obligó a entrar, tenía muchísimo miedo. Me hizo quedarme en calzoncillos y acostarme en la camilla. Él sabía que era huérfano y trataba de hacerme sentir seguro: que era un sustituto de mi padre, que el amor que sentía por mí era igual que si fuera mi padre, y que tenía que estar relajado, porque tenía que analizar mi cuerpo. Mientras hablaba me acariciaba los muslos”.
El relato prosigue así: “Cuando me di cuenta, ya estaba bajándome el calzoncillo, y llevando a cabo una pequeña masturbación, a la cual no hubo reacción, ni erección, yo ni siquiera tenía todavía despertada esa sensibilidad. Empezó a hacerme una felación. Rompí en llanto. En aquel momento entró el hermano Calixto. Intenté aprovechar la ocasión para levantarme y vestirme, pero los dos me sujetaron con fuerza. Esto no me he atrevido a contarlo nunca a nadie: al obispado dije que afortunadamente no me penetraron, pero no fue así. Siempre lo he ocultado por vergüenza, miedo y porque me sentía humillado. La realidad es que el hermano Francisco me penetró. Gritaba que me soltaran, pero el hermano Calixto me apretaba la cabeza contra la camilla”.
Le salvó, afirma, la alarma de un simulacro de incendio. “No sabría decir si en esa camilla estuve tres segundos o tres minutos, perdí la noción del tiempo. Me salvó la alarma, empezaron a abrirse las puertas de las aulas y a salir niños. ‘Vístete’, me ordenaron”.

Antes de salir, rememora lo que le dijo el hermano Francisco: “Esto forma parte del deseo de Dios y tiene que quedar entre nosotros. Si lo compartes con alguien, Dios se va a enfadar contigo y puede pasarle algo malo a tu familia. Salí de ahí ahuyentado y me escapé del colegio”.
Al día siguiente, al volver, dice que recibió la paliza “más grande” de su vida. “Patadas y puñetazos delante de otros niños. Fue Francisco. Me rompió unas costillas, la nariz, y me tiró por una ladera de tres metros. Yo usaba bastones para caminar y me fui hasta mi casa con ellos. Ni siquiera tuve la oportunidad de poder contarle a mi madre lo que me estaba sucediendo, porque a ella ya la habían llamado del centro y le habían dicho que era un niño muy malo, que insultaba a todo el mundo, que pegaba a otros niños. Cuando traté de explicarle la verdad, me pegó dos bofetones. No fui a que me viera un médico”.
Lo de las costillas rotas que le perforaron un pulmón dice que se lo comunicaron los médicos muchos años después cuando se sometió a una de sus muchas operaciones de espalda.
Cuenta que hubo otro intento de forzarle a entrar a la enfermería pero que fracasó. También relata haber sido víctima de violencia física en el comedor. “Yo me fugaba de allí porque la comida me parecía una bazofia. Pero entre Francisco y Calixto me la metían en la boca a base de golpes: hacían palanca con una cuchara entre mis dientes y me retorcían los brazos”.
Uno de sus compañeros en aquella época, que pide mantener el anonimato, cuenta en conversación telefónica que fue víctima y testigo de abusos del hermano Francisco. “Le veía entrar por la noche en la habitación y veía como se acostaba en la cama del chico de enfrente. Yo me hacía el dormido. A mí, un día, me sentó en sus rodillas, se masturbó con mi mano. Me daba besos en la boca, yo la mantenía cerrada para que no me penetrara con la lengua. Conmigo no pasó de esa vez porque ya después me escondía”.
Godoy se quedó en el centro unos meses más. No se atrevió a contar los abusos sufridos a nadie. Pero una vez fuera de allí, ya con 16 años e ingresado en el hospital para la operación de rodilla, asegura que el que era director del centro fue a visitarle. “No le detallé lo del abuso sexual porque me sentía intimidado y asustado. Pero sí le dije que el hermano Francisco me había dado una paliza y que tocaba a los niños y abusaba de ellos. Me dijo que no lo interpretara así, que el hermano Francisco simplemente era cariñoso. Hasta me pidió que volviera al San Juan de Dios, me negué y le dije que iba a matar al hermano Francisco. Me contestó que él ya no estaba, que le habían destinado a África”.
La orden asegura que, efectivamente, estuvo destinado a Camerún, donde permaneció “más o menos ocho o nueve meses”. Preguntados por el motivo del traslado, dicen desconocerlo porque “no figura en las fichas”. Tampoco figura el motivo por el que, el 20 de diciembre de 1977 “Francisco S. M.” deja de pertenecer a la orden. “No se le renuevan los votos y se le comunica”. Tampoco tienen conocimiento de si sigue vivo. De Calixto, dicen, “no están autorizados a dar más información” y aseguran que Godoy únicamente les contó que “le forzaba para comer”; algo que entienden se hacía porque “eran personas frágiles que necesitaban alimentarse”.
Y añaden: “Lo que sí sabemos es que no nos constan más denuncias. Muchas veces no podemos esclarecer hechos del pasado porque no hay testigos o no queda registro de determinadas conductas, pero nuestro compromiso es atender y acompañar a las víctimas y reparar el daño que sufrieron”.
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